«Pero la teoría se convierte también en una fuerza material desde el momento en que penetra en las masas. La teoría prende en las masas... desde el momento en que se hace radical».
Marx
I
Dos fuerzas, que tienen su fuente la una en la otra, una espiritual y otra material, provocan la transformación del capitalismo en el comunismo. La evolución material de la economía crea el conocimiento, y éste produce la voluntad de la revolución. De las tendencias evolutivas generales del capitalismo ha nacido la ciencia marxista que constituye la teoría del partido, socialista primero, y comunista después, y que confiere al movimiento revolucionario una intensa fuerza espiritual unitaria. Mientras que esta teoría penetra lentamente en una parte del proletariado, la experiencia personal desarrolla en las masas el reconocimiento práctico del carácter insostenible del capitalismo. La guerra mundial y la rápida debacle económica crean ahora la necesidad objetiva de la revolución antes incluso de que las masas hayan comprendido espiritualmente el comunismo; y de esta contradicción nacen los contrastes, las vacilaciones, los retrocesos, los cuales hacen de la revolución un proceso largo y atormentado. Pero incluso si la teoría toma ahora un nuevo impulso y prende en las masas aceleradamente, no lo hace hasta el punto de ir al compás del crecimiento gigantesco y súbito de las tareas prácticas.
Para Europa occidental, el desarrollo de la revolución está determinado principalmente por dos fuerzas motrices: la debacle de la economía capitalista y el ejemplo de la Rusia de los Soviets. No es éste el lugar para examinar las razones por las que, en Rusia, el proletariado pudo vencer con una relativa rapidez y facilidad: la debilidad de la burguesía, la alianza con los campesinos, la explosión de la revolución en el curso de la guerra. El ejemplo de un Estado, en el que el pueblo trabajador que está en el poder, ha eliminado el capitalismo y está atareado en edificar el comunismo, debía ejercer una gran influencia en el proletariado de todo el mundo. Naturalmente, este ejemplo no habría sido suficiente por sí solo para despertar a los obreros de los demás países para hacer la revolución proletaria. El espíritu humano se mueve fundamentalmente bajo la influencia del ambiente material circundante; por consiguiente, si el capitalismo indígena hubiese conservado su forma antigua, las noticias de la lejana Rusia no habrían podido nada contra él. «Plenas de admiración y de veneración, pero también de terror pequeño-burgueses, sin valor para salvarse a sí mismas, a Rusia y a la humanidad»: así encontró Rutgers (2) a las masas cuando regresó a Europa occidental. Al acabar la guerra, se esperaba sobre todo la reactivación inmediata de la economía, mientras que la prensa mentirosa describía a Rusia como el lugar del caos y de la barbarie; por eso las masas tenían repugnancia a seguir ese ejemplo. Pero después, por el contrario, el caos se ha adueñado de los países de civilización antigua mientras que el orden nuevo muestra en Rusia su fuerza creciente. En adelante, también entre nosotros, las masas se ponían en movimiento.
La debacle económica es la principal fuerza motriz de la revolución. Alemania y Austria están ya totalmente aniquiladas económicamente y empobrecidas; Italia y Francia se encuentran en una decadencia persistente, Inglaterra es sacudida violentamente y es dudoso que los intentos vigorosos de reconstrucción por parte de su gobierno puedan evitar la ruina, y en América aparecen ya los primeros síntomas amenazantes de crisis. Y sobre todo —más o menos por el mismo orden— las masas comienzan a agitarse; se defienden del empobrecimiento por medio de grandes huelgas que sacuden aún más la economía; estas luchas se desarrollan poco a poco hasta convertirse en una lucha consciente y revolucionaria. Y las masas, sin ser comunistas, se comprometen cada vez más por la vía que les es indicada por el comunismo. Pues la necesidad práctica les empuja a ello.
Producida de modo concordante por esta necesidad y esta tendencia de los espíritus, crece en estos países la vanguardia comunista, que reconoce claramente los fines y se adhiere a la Tercera Internacional. El síntoma y la prueba de este revolucionarismo creciente son la profunda separación espiritual y organizativa del comunismo de la socialdemocracia. En los países de Europa central, sumergidos inmediatamente en una crisis económica aguda por el tratado de Versalles y en los que, para salvar al Estado burgués, era necesario un gobierno socialdemócrata, esta separación está hecha desde hace mucho tiempo. La crisis es tan irremediable y profunda que la masa de los trabajadores socialdemócratas radicales (Partido Socialdemócrata Independiente), aunque fieles todavía en gran medida a los antiguos métodos, a las antiguas tradiciones, a las viejas fórmulas y a los antiguos jefes de la socialdemocracia, tiende enérgicamente hacia la adhesión a Moscú y se declara por la dictadura del proletariado. En Italia, todo el partido socialdemócrata se ha adherido a la Tercera Internacional; a través de una mezcla teórica de concepciones socialistas, sindicalistas y comunistas, se percibe en él una orientación de las masas, clara, revolucionaria y lista para la lucha, que se manifiesta en una guerrilla permanente contra el gobierno y la burguesía. En Francia, hace poco que se han desligado del partido socialdemócrata y del movimiento sindical grupos comunistas: Se encaminan hacia la formación de un partido comunista. En Inglaterra, la profunda influencia de la guerra sobre las relaciones tradicionales del movimiento obrero ha dado nacimiento a un movimiento comunista, todavía compuesto por múltiples grupos y partidos de origen diverso, y a nuevas organizaciones. En América, dos partidos comunistas se han separado del partido socialdemócrata, mientras que este mismo partido se ha declarado a favor de Moscú.
La inesperada fuerza de resistencia de la Rusia de los Soviets contra los asaltos reaccionarios, obligando a la Entente a negociar —así opera siempre el éxito— ha ejercido una nueva y poderosa fuerza de atracción sobre los partidos obreros de Europa occidental. La Segunda Internacional se hunde y hacia Moscú se establece un movimiento general de grupos intermediarios empujado por la creciente orientación revolucionaria de las masas. Pero estos grupos, dándose el nombre de comunistas sin transformar mucho sus concepciones tradicionales fundamentales, transportan a la nueva Internacional los puntos de vista y los métodos de la antigua socialdemocracia. De síntoma de que tales países se habían hecho más maduros para la revolución, esto se convierte en el índice de un fenómeno inverso. Por su entrada en la Tercera Internacional, o por su reconocimiento de los principios de ésta (como se ha visto ya en el caso de los Independientes alemanes), se ha atenuado de nuevo la separación rigurosa entre comunistas y socialdemócratas. Por más que se pueda intentar mantener a tales partidos alejados formalmente de la Tercera Internacional, a fin de no renunciar en nada a toda coherencia de los principios, ellos consiguen, no obstante, en cada país, infiltrarse en la dirección del movimiento revolucionario y, a través de la adhesión superficial a las fórmulas nuevas, conservan su influencia sobre las masas que entran en acción. Toda capa dominante actúa así: en vez de dejarse eliminar por las masas, ella misma se hace «revolucionaria» para debilitar cuanto sea posible la revolución por su influencia. Y muchos comunistas están dispuestos a ver en ello un aumento de fuerzas y no un aumento de debilidades.
Podría parecer que la revolución proletaria hubiese adquirido un aspecto simple, un fin claro, con la aparición del comunismo y con el ejemplo ruso. En realidad ahora surgen, al mismo tiempo que las dificultades, las fuerzas que hacen de la revolución un proceso muy complicado y rudo.
II
Los problemas y las soluciones, los programas y la táctica no nacen de principios abstractos. Están determinados por la experiencia, por la práctica real de la vida. Los puntos de vista de los comunistas acerca del fin y de los caminos que conducen a él, debían y deben formarse sobre la base de la práctica revolucionaria que se ha desarrollado hasta el presente. La revolución rusa y el curso de la revolución alemana constituyen el material práctico de los hechos de que podemos disponer ahora para determinar las fuerzas motrices, las condiciones y las formas de la revolución proletaria.
La revolución rusa dio el poder político al proletariado a través de una arremetida tan rápida que sorprendió completamente ya en su momento al observador occidental y que ahora, comparada con las dificultades que encuentra en Europa occidental, continúa pareciendo maravillosa, aunque sus causas sean claramente reconocibles. El primer efecto debía ser necesariamente el subestimar, con el primer entusiasmo, las dificultades de la revolución en el resto del mundo. La revolución rusa ha puesto ante los ojos de todo el proletariado los principios del nuevo orden en su pura y resplandeciente fuerza: la dictadura del proletariado, el sistema soviético como nueva democracia, la organización nueva de la industria, de la agricultura y de la educación. En muchos aspectos, ha dado una imagen tan simple, clara y evidente, casi idílica, de la naturaleza y del contenido de la revolución proletaria, que nada podía aparecer más simple que seguir este ejemplo. Pero que no era tan simple ha quedado demostrado por la revolución alemana; y las fuerzas que han entrado en acción en ella, están representadas también en gran parte en el resto de Europa.
Cuando se hundió el imperialismo alemán en noviembre de 1918, la clase obrera estaba absolutamente falta de preparación para una dominación proletaria. Destrozada espiritual y materialmente por la larga guerra, enredada en las tradiciones socialdemócratas, no pudo adquirir, en el transcurso de las primeras y breves semanas de poder gubernamental efímero, una clara conciencia de sus propias tareas, como tampoco pudo la intensa, aunque breve propaganda comunista, compensar una deficiencia tan grande. La burguesía alemana supo aprovechar mejor que el proletariado el ejemplo ruso; maquillándose de rojo para adormecer a los trabajadores, se puso a reconstruir en seguida los órganos de su poder. Los consejos obreros dejaron caer espontáneamente de sus manos el poder en favor de los jefes socialdemócratas y del parlamento democrático. Los obreros, todavía armados como soldados, no desarmaron a la burguesía sino a sí mismos: los grupos más activos de obreros fueron masacrados por los guardias blancos de reciente formación, y la burguesía fue armada en forma de milicias cívicas. Con la ayuda de las direcciones de los sindicatos, los obreros, ya sin armas, fueron defraudados paulatinamente de todas las ventajas que habrían podido obtener en sus condiciones de trabajo. Así, se cerró el camino al comunismo con una alambrada de espino para que el capitalismo pudiese sobrevivir, es decir, hundirse cada vez más profundamente en el caos.
Sin duda, no se puede transportar, tal cual, esta experiencia de la revolución alemana a los otros países de Europa occidental, donde la evolución seguirá en cada caso líneas diferentes. Aquí no caerá el poder político de manera imprevista, por efecto de una catástrofe político-militar, en las manos de las masas faltas de preparación; el proletariado deberá luchar ásperamente para conquistarlo y, por tanto, habrá alcanzado ya, tras la conquista, un elevado estadio de madurez. Lo que sucedió febrilmente en Alemania después de la revolución de noviembre, se examina tranquilamente en los otros países: la burguesía saca sus conclusiones de la revolución rusa. Se prepara militarmente para la guerra civil al mismo tiempo que pone en escena el fraude político del proletariado por medio de la socialdemocracia. Pero a pesar de estas diferencias, la revolución alemana muestra algunos rasgos generales y ofrece algunas enseñanzas de importancia general. Nos muestra claramente, y por intermedio de qué fuerzas, que la revolución en Europa occidental debe ser un proceso más largo y lento.
La lentitud —aunque sólo es relativa— del desarrollo revolucionario en Europa occidental, ha dado origen a una oposición de tendencias tácticas, en lucha una contra otra. En los períodos de desarrollo revolucionario rápido, las diferencias tácticas son superadas rápidamente en la práctica o ni siquiera llegan a ser conscientes; la agitación intensa de los principios esclarece los espíritus, mientras que al mismo tiempo afluyen las masas y la praxis de la actividad revoluciona las concepciones antiguas. Pero cuando tiene lugar un período de marasmo; cuando las masas dejan que todo suceda y no reaccionan, y la fuerza de atracción de las soluciones revolucionarias parece paralizada; cuando las dificultades parecen multiplicarse por todos lados y el adversario parece salir más grande de cada lucha; cuando el partido comunista sigue siendo todavía débil y no cosecha más que reveses, entonces se dividen las opiniones y se buscan nuevas vías y nuevos medios tácticos. Es principalmente por esta razón por la que se enfrentan entonces dos tendencias, que se pueden reconocer en cada país, a pesar de las particularidades locales. Una de estas tendencias quiere esclarecer y revolucionar los espíritus con la palabra y por la acción y, en consecuencia, intenta oponer del modo más tajante los principios nuevos a las ideologías antiguas; la otra intenta ganar para la acción práctica a las masas que aún se mantienen al margen y pretende, en la medida de lo posible, evitar lo que puede contrariarlas y, más que las diferencias, pone siempre de relieve lo que puede unir. La primera aspira a la distinción clara y precisa, la segunda a la reunión de las masas; se debería designar a la primera radical, a la segunda oportunista. Teniendo en cuenta la situación actual en Europa —donde, por un lado, la revolución choca con una resistencia poderosa mientras que, por otro, la fuerza inquebrantable de la Rusia de los Soviets contra los intentos de aplastamiento por parte de la Entente produce una fuerte impresión en las masas y, por tanto, se puede contar con un aflujo importante de los grupos obreros que vacilaban hasta ahora hacia la Tercera Internacional— el oportunismo llegará a ser indudablemente una fuerza poderosa en la Internacional Comunista.
El oportunismo no implica necesariamente una moderación y un pacifismo más grande en el contenido y en el lenguaje, en oposición a una tonalidad radical más resuelta. Muy al contrario, con demasiada frecuencia, la ausencia de principios tácticos claros se oculta detrás de palabras vehementes y rabiosas, y es precisamente una característica de su naturaleza, en una situación revolucionaria, esperarlo todo, de una sola vez, del gran hecho revolucionario. Su naturaleza consiste en considerar sólo el momento, y no el desarrollo ulterior, en quedarse en la superficie de los fenómenos en lugar de preocuparse por las causas determinantes profundas. Cuando no se tienen fuerzas suficientes para realizar de inmediato un objetivo, el oportunismo no intenta hacer que las fuerzas se robustezcan sino que estudia el medio de realizar el objetivo por otras vías, rodeando las dificultades. Puesto que su fin es el éxito momentáneo, el oportunismo le sacrifica las condiciones de un éxito futuro y duradero. Proclama que con frecuencia es posible —por medio de la alianza con otros grupos «progresistas», por concesiones a opiniones atrasadas— conquistar el poder o, al menos, debilitar al enemigo, escindir la coalición de la clase capitalista y, por tanto, obtener condiciones de lucha más favorables. Pero en tales casos resulta siempre que este poder es solamente la apariencia del poder, un poder personal de algunos líderes pero no el poder de la clase proletaria, y este contraste conlleva la disgregación, la corrupción, la lucha. El poder gubernamental conquistado, sin que tras él se encuentre una clase obrera plenamente madura para la dominación, está destinado a ser perdido de nuevo o a tener que hacer tantas concesiones a las opiniones reaccionarias que se pudrirá interiormente. Una división de la clase enemiga —fórmula predicada por el reformismo— no impide la unidad y la cohesión burguesas, mientras que frente a ella el proletariado sigue estando burlado, extraviado, debilitado. Por supuesto, puede ocurrir que la vanguardia comunista del proletariado pueda adueñarse del poder antes de que se cumplan las condiciones normales; pero solamente lo que se adquiere entonces como claridad, perspicacia, cohesión, autonomía de las masas, será lo que tenga valor duradero como base de la evolución ulterior hacia el comunismo.
La historia de la Segunda Internacional está llena de ejemplos de esta política oportunista; y estos ejemplos comienzan ya a manifestarse en la Tercera. En la época de la Segunda Internacional, el oportunismo consistía en el esfuerzo por realizar objetivos socialistas con la ayuda de las masas de trabajadores no socialistas, o de otras clases. Esto trajo la corrupción de la táctica y, finalmente, provocó la catástrofe. Ahora, en la Tercera Internacional, las condiciones son esencialmente diferentes; en efecto, el tiempo del desarrollo tranquilo del capitalismo mientras la socialdemocracia no podía hacer, en el mejor de los casos, más que una política de propaganda de los principios como preparación para futuras épocas revolucionarias, ese tiempo ha pasado. El capitalismo se hunde; el mundo ya no puede esperar hasta que nuestra propaganda haya proporcionado a la mayoría una concepción clara del comunismo. Las masas deben actuar enseguida, y con la mayor rapidez posible, para salvarse de la ruina a sí mismas y al mundo. Pero, ¿qué puede hacer un partido tan pequeño, además tan rígidamente apegado a los principios, cuando son necesarias las masas? El oportunismo, que quiere reunir a las masas rápidamente, ¿no es ahora un imperativo de la necesidad?
De la misma manera que un pequeño partido radical no puede hacer una revolución, de igual modo tampoco puede hacerla un gran partido de masas o una coalición de partidos diversos. Aquélla surge espontáneamente de las masas; las acciones decididas por un partido revolucionario, a veces pueden dar el impulso (aunque esto sucede raramente), pero las fuerzas decisivas se encuentran en otro lugar, en los factores psíquicos, en el fondo del subconsciente de las masas y en el fondo de los grandes acontecimientos de la política mundial. La tarea de un partido revolucionario consiste en divulgar por adelantado nociones claras, de manera que en todas partes dentro de la masa se encuentren elementos que sepan lo que deben hacer en tales momentos y sepan juzgar por sí mismos la situación. Y durante la revolución, el partido debe determinar los programas, las soluciones, las directrices que sean reconocidas justas por la masa —que actúa espontáneamente— porque encuentra en ellas en forma perfecta sus propios objetivos y se eleva hacia ellos por una claridad mayor; es así como el partido llega a ser un guía en la lucha. Mientras las masas permanezcan amorfas, puede parecer que semejante trabajo es ineficaz; pero la claridad de los principios actúa interiormente en muchas personas que primeramente se mantienen alejadas de la revolución, y muestra su fuerza activa dándoles una directriz clara. Si, por el contrario, se intenta formar un gran partido edulcorando los principios, haciendo coaliciones y concesiones, cuando llega la revolución se da a elementos dudosos la posibilidad de adquirir influencia sin que las masas puedan percatarse de su insuficiencia. La adaptación a los puntos de vista tradicionales es un intento de conseguir el poder sin que se verifique la condición previa, la subversión de las ideas. Esto actúa, pues, en el sentido de retener el curso de la revolución. Además, es una ilusión, pues las masas, cuando se ponen en revolución, no pueden sino captar las ideas más radicales; por el contrario, mientras la revolución no llega, no captan más que las ideas moderadas. Una revolución es, al mismo tiempo, un período de conmoción profunda de las ideas de las masas; crea las condiciones de tal conmoción y está condicionada, a su vez, por ella; y es por esto, por la fuerza de los principios claros que han de transformar a todo el mundo, por lo que la dirección de la revolución recae en el partido comunista.
En vez de manifestar firme y resueltamente los nuevos principios que separan al comunismo de la socialdemocracia (sistema soviético y dictadura), el oportunismo de la Tercera Internacional se apoya, en la medida de lo posible, en las formas y métodos transmitidos por la Segunda Internacional. Después que la revolución rusa substituyese el parlamentarismo por el sistema de los Soviets y basase el movimiento sindical en las empresas, la primera tendencia de Europa occidental fue seguir ese ejemplo. El partido comunista de Alemania boicoteó las elecciones a la Asamblea nacional e hizo propaganda para la salida inmediata o progresiva de los sindicatos. Pero cuando en 1919 la revolución retrocedió y se estancó, la dirección del partido comunista alemán adoptó otra táctica, basada en el reconocimiento del parlamentarismo y en el apoyo a las ligas sindicales antiguas contra las Uniones. El argumento más importante para defender esa táctica es que el partido comunista no puede perder el contacto con las masas, todavía imbuidas de ideas parlamentarias y a las que se puede atraer sobre todo gracias a la lucha electoral y los discursos parlamentarios y que, por su entrada masiva en los sindicatos, han elevado los afiliados a éstos a 7 millones. El mismo pensamiento fundamental se manifiesta en Inglaterra en la actitud del BSP (British Socialist Party): no quiere desligarse del Partido Laborista a pesar de que éste pertenece a la Segunda Internacional para no perder contacto con las masas laboristas. Estos argumentos son reunidos y formulados del modo más riguroso por nuestro amigo Karl Radek, cuyo escrito, compuesto durante su cautividad en Berlín, «El desarrollo de la revolución mundial y las tareas del partido comunista», debe ser considerado como el escrito programático del oportunismo comunista (3). En él se explica que la revolución proletaria en Europa occidental será un proceso de larga duración durante el cual el comunismo deberá utilizar todos los medios de propaganda, en el que el parlamentarismo y el movimiento sindical deberán seguir siendo las principales armas del proletariado, y añadiendo como nuevo fin de la lucha la realización del control obrero en las empresas.
La exactitud de nuestra posición será demostrada por el examen de las causas, de las condiciones y de las dificultades de la revolución proletaria en Europa occidental.
III
Se ha hecho varias veces la observación de que en Europa occidental la revolución debe ser más larga porque aquí la burguesía es más fuerte que en Rusia. Analicemos la esencia de esta fuerza. ¿Consiste en el mayor número de individuos que pertenecen a esta clase? Pero las masas proletarias son relativamente más importantes. ¿Consiste en el poder de la burguesía sobre toda la vida económica? Sin duda, esto es un elemento considerable de poder. Pero este dominio se le escapa, y en Europa occidental la economía está en plena quiebra. ¿Consiste, finalmente, en que la burguesía tiene a su disposición el Estado con todos sus medios de violencia? De hecho, ella ha reprimido siempre a las masas por este medio y, por esto, la conquista del poder de Estado era el primer objetivo del proletariado. Pero en noviembre de 1918 el poder de Estado, en Alemania y en Austria, cayó sin dificultad de manos de la burguesía. Los instrumentos de la violencia del Estado estaban totalmente paralizados. Las masas eran las dueñas. Y sin embargo, la burguesía pudo reconstruir este poder de estado, pudo someter de nuevo a los obreros. Esto demuestra que aún había para la burguesía otra fuente secreta de poder, que había quedado intacta y que le permitió, cuando todo parecía perdido, restaurar su poder. Este poder oculto es la influencia espiritual de la burguesía sobre el proletariado. Como las masas proletarias estaban aún completamente dominadas por la ideología burguesa, restauraron con sus propias manos, tras la catástrofe, la dominación de la burguesía (4).
Esta experiencia alemana nos pone precisamente ante el gran problema de la revolución en Europa occidental. En estos países, el viejo sistema burgués de producción y la cultura burguesa altamente desarrollada que de él se deriva, han impregnado totalmente, durante muchos siglos, el pensamiento y el sentir de las masas populares. Por eso, el carácter espiritual, íntimo, de las masas populares es totalmente diferente del de los países orientales, que no han conocido este dominio de la cultura burguesa. Y es sobre todo de aquí de donde se deriva la diferencia entre el curso de la revolución en Oriente y en Occidente. En Inglaterra, Francia, Holanda, Italia, Alemania, Escandinavia, existía desde la Edad Media una burguesía poderosa basada en una producción pequeño-burguesa y capitalista primitiva; al ser abatido el feudalismo, se desarrolló también en el campo un campesinado poderoso, independiente, dueño, como aquélla, en sus pequeñas explotaciones. Sobre esta base, la vida espiritual burguesa se desarrolló hasta convertirse en una sólida cultura nacional, sobre todo en los Estados costeros, Francia e Inglaterra, que comenzaron la evolución capitalista antes que los otros. En el siglo 19, el capitalismo, sometiendo a su poder toda la economía y atrayendo al círculo de la economía mundial los centros rurales más alejados, favoreció esta cultura nacional, la refinó y, a través de sus medios espirituales de propaganda, escuela, prensa, Iglesia, la grabó sólidamente en los espíritus tanto de las masas que había proletarizado y empujado a las ciudades como de las que había dejado en el campo. Esto vale no sólo para los países de origen del capitalismo, sino también, aunque bajo formas un tanto diversas, para América y Australia, donde los europeos fundaron Estados nuevos, así como para los países de Europa central adormecidos hasta entonces, Alemania, Austria, Italia, donde la nueva evolución capitalista pudo soldarse a una pequeña economía agraria antigua y en estancamiento, y a una cultura pequeño-burguesa. El capitalismo encontró un material y tradiciones muy diferentes cuando llegó a las regiones orientales de Europa. Allí, en Rusia, Polonia, Hungría, y en los territorios al este del Elba, no había una poderosa clase burguesa que hubiese dominado la vida espiritual desde tiempo atrás. Las relaciones agrícolas primitivas, con la gran propiedad de la tierra, el feudalismo patriarcal y el comunismo aldeano, determinaron la vida espiritual. Por consiguiente, allí, frente al comunismo, se encontraron las masas primitivas, simples, abiertas, impresionables como la cera virgen. Algunos socialdemócratas de Europa occidental expresaron frecuentemente con burla su extrañeza ante el hecho de que los rusos «ignorantes» pudiesen ser los campeones del nuevo mundo del trabajo. Respondiéndoles, un delegado inglés en la conferencia comunista de Ámsterdam (5) caracterizó muy justamente la diferencia de esta manera: los rusos pueden haber sido ignorantes, pero los obreros ingleses están imbuidos de prejuicios hasta el punto que hacen mucho más difícil entre ellos la propaganda comunista. Estos «prejuicios» son sólo el aspecto exterior del modo burgués de pensamiento, que penetra en las masas proletarias de Inglaterra, de toda Europa occidental y de América.
El contenido de esta mentalidad, opuesta a la concepción proletaria y comunista del mundo, es tan complejo que difícilmente puede ser resumido en algunas frases. Su primer rasgo distintivo es el individualismo, que se deriva de las formas anteriores del trabajo campesino y pequeño-burgués; y sólo poco a poco cede el lugar al sentimiento colectivista proletario nuevo y a la necesaria disciplina voluntaria. En los países anglosajones este rasgo está impreso de la manera más fuerte tanto en la burguesía como en el proletariado. Su perspectiva se circunscribe a su lugar de trabajo y no se extiende a toda la sociedad; prisionero del principio de la división del trabajo, el hombre considera la política, la dirección de toda la sociedad, no como el interés particular de cada uno, sino como un monopolio de una capa dominante, como una rama particular de especialistas, de los políticos. La cultura burguesa, tras siglos de comercio material y espiritual, por medio de la literatura y el arte, ha sido inculcada profundamente en las masas proletarias y crea un sentimiento de comunidad nacional —arraigado más profundamente en el subconsciente precisamente cuando se manifiesta en forma de indiferencia hacia el exterior o, incluso, bajo forma de internacionalismo aparente— que puede expresarse en una solidaridad nacional de clase y hace difícil el internacionalismo de hecho.
La cultura burguesa vive en el proletariado ante todo como tradición espiritual. Las masas que son prisioneras de ella piensan ideológicamente más bien que de manera realista; el pensamiento burgués fue siempre ideológico. Pero esta ideología, esta tradición, no es unitaria; los reflejos espirituales que se derivan de las innumerables luchas de clase de los siglos pasados, transmitidos en forma de sistemas de pensamiento político y religioso, dividen al antiguo mundo burgués y, por tanto, al proletariado mismo que ha surgido de él, en grupos, Iglesias, partidos divididos según puntos de vista ideológicos. Y así, en segundo lugar, el pasado burgués perdura en el proletariado como tradición organizativa que cierra el paso a la unidad particular de clase del orden nuevo. En estas organizaciones, los proletarios constituyen el segundo plano, el séquito de una vanguardia burguesa. Los jefes inmediatos de estas luchas ideológicas son proporcionados por la intelectualidad. Ésta —curas, maestros, literatos, periodistas, artistas, políticos— forma una clase abundante que tiene como función alimentar, formar y propagar la cultura burguesa. Estos intelectuales la transmiten a las masas y juegan el papel de intermediarios entre la dominación del capital y los intereses de las masas. La dominación del capital está ligada a la preponderancia de estos intelectuales sobre las masas. En efecto, si las masas se rebelaron frecuentemente contra el capital y sus órganos, sólo lo hicieron bajo la dirección de estos jefes inmediatos; cuando, más tarde, estos jefes se pasan abiertamente al lado del capitalismo, la estrecha ligazón y disciplina adquiridas en estas luchas comunes se convierten en el más firme apoyo del sistema. De esta manera es como se manifiesta la ideología cristiana de las capas pequeñoburguesas decadentes que, como expresión de la lucha de estas capas contra el Estado moderno capitalista, había llegado a ser una fuerza viva y que, a continuación, lo más frecuentemente, se convierte en un sistema de gobierno reaccionario y conservador de gran valor como, por ejemplo, el catolicismo en Alemania después de la Kulturkampf (6). Se puede decir más o menos otro tanto de la socialdemocracia, aunque en las cuestiones teóricas haya proporcionado una contribución muy valiosa para la destrucción y expulsión de la vieja ideología del seno de la clase obrera, para sublevarse. Sin embargo, la socialdemocracia dejó persistir la dependencia espiritual de las masas respecto de los jefes políticos o de otra especie, a los cuales, en tanto que especialistas, las masas confiaron la dirección de todos los grandes intereses de clase, en lugar de ocuparse de ello ellas mismas. Las relaciones estrechas y la disciplina que se habían forjado en la lucha de clases, a menudo encarnizada, de medio siglo, no enterraron al capitalismo. En efecto, esas relaciones significaban el poder de la organización y de la capa dirigente sobre las masas, las cuales, a causa de ello, se convirtieron en agosto de 1914 y noviembre de 1918 en un instrumento poderoso de la burguesía, del imperialismo y de la reacción. El poder espiritual del pasado burgués sobre el proletariado significa en muchos países de Europa occidental (como en Alemania y Holanda) escisiones del proletariado en grupos separados ideológicamente que impiden la unidad de clase. La socialdemocracia había querido originalmente realizar esta unidad de clase, pero sin lograrlo, en parte a causa de su táctica oportunista que ponía la acción puramente política en el lugar de la política de clase. No ha hecho más que añadir un nuevo grupo a los antiguos.
La dominación de la ideología burguesa sobre las masas no puede impedir que en tiempos de crisis, que empujan a estas masas a la desesperación y a la acción, la fuerza de tales tradiciones quede ahogada temporalmente, como ocurrió en Alemania en noviembre de 1918. Pero después resurgió la ideología y causará otra vez la pérdida de la victoria temporal. El ejemplo alemán revela las fuerzas concretas que nosotros sintetizamos con la expresión de la dominación de las concepciones burguesas: la veneración por las fórmulas abstractas como la de «democracia», la fuerza de las costumbres mentales antiguas y de los viejos puntos programáticos, como la realización del socialismo gracias a los jefes parlamentarios y por un gobierno socialista; falta de confianza del proletariado en sí mismo, que se puede reconocer en la influencia de la enorme ola cenagosa de noticias mentirosas sobre Rusia, falta de fe en su propia fuerza; pero, por encima de todo, la confianza en el partido, en las organizaciones, en los jefes, que durante décadas habían sido la personificación de la lucha del proletariado, de sus objetivos revolucionarios, de su idealismo. La potente fuerza espiritual, moral y material, de las organizaciones, esas máquinas gigantescas construidas por las masas mismas durante largos años de trabajo perseverante, que representan la tradición de las formas de lucha de un período en que el movimiento obrero era un miembro del capitalismo en desarrollo, ahoga en el presente todas las tendencias revolucionarias que se despertaban en el seno de las masas.
Este ejemplo no será único. El contraste entre la inmadurez espiritual, el poder de la tradición burguesa sobre el proletariado y la debacle rápida del capitalismo lo que no es un contraste fortuito, pues mientras el capitalismo florece, el proletariado no puede adquirir madurez para el poder y la libertad —este contraste no puede resolverse más que en el proceso revolucionario de la evolución, en la sucesión de levantamientos espontáneos, conquistas del poder y retrocesos. Esto determina un curso de la revolución tal que, durante un largo período, el proletariado se lanza, siempre en vano, con los antiguos y los nuevos medios de lucha, contra la fortaleza del capital, hasta que es finalmente conquistada, y entonces definitivamente, al menos según toda probabilidad. Y así cae también la táctica del asedio prolongado y complicado, expuesto en las consideraciones de Radek. El problema de la táctica no consiste en investigar de qué modo se puede conquistar el poder lo más rápido posible, pues en tal caso sólo puede ser un poder aparente —y éste caerá suficientemente rápido en manos de los comunistas— sino en cómo deben formarse en el proletariado los fundamentos de un poder duradero. Ninguna «minoría resuelta» puede resolver los problemas que sólo pueden ser resueltos por la аctividad de toda la clase; y cuando la población deja, con una indiferencia aparente, que se lleve a cabo tal toma de poder, de hecho no es una masa realmente pasiva sino que, en cuanto no está ganada para el comunismo, es capaz en todo instante de revolverse contra la revolución, como continuación activa de la reacción. Incluso una «coalición con la horca al lado» sólo sería un paliativo insuficiente para semejante dictadura de partido (7). Si el proletariado, por un levantamiento violento, destruye el poder burgués en bancarrota, y su vanguardia más consciente, el partido comunista, asume la dirección política, sólo tiene entonces un deber: poner en obra todos los medios para extirpar las causas de la debilidad del proletariado y acrecentar sus fuerzas a fin de capacitarlo al más alto nivel para las luchas revolucionarias futuras. Entonces hay que empujar a las masas a la actividad más grande, estimular sus iniciativas, reforzar su confianza en sí mismas a fin de que se den cuenta por sí mismas de las tareas que recaen en ellas, pues solamente así podrán realizarlas. Para alcanzar ese objetivo es necesario acabar con la preponderancia de las formas tradicionales de organización y de los viejos jefes —y, por tanto, en ningún caso formar con ellos una coalición gubernamental, que sólo puede debilitar al proletariado—, es necesario construir las formas nuevas, reforzar las defensas materiales de las masas; sólo así será posible dar una nueva organización a la producción, defender verdaderamente la revolución contra los asaltos del capitalismo provenientes del exterior, y esto es la primera condición para impedir la contrarrevolución.
El poder que la burguesía tiene todavía en la hora presente está basado en la servidumbre espiritual y la falta de independencia del proletariado. El desarrollo de la revolución corresponde al proceso de auto-liberación del proletariado de tal dependencia y de la tradición de los tiempos pasados; y esto sólo es posible a través de su propia experiencia en la lucha. Allí donde el capitalismo es ya antiguo y donde la lucha del proletariado contra él dura ya varias generaciones, el proletariado tuvo que crear en cada período los métodos, las formas y los instrumentos de lucha que en cada caso se adaptaron al grado preciso de la evolución del capitalismo; pero bien pronto, estos métodos, formas e instrumentos no fueron considerados en la realidad como necesidades limitadas en el tiempo sino que, por el contrario, fueron supervaloradas como formas eternas, absolutamente buenas, divinizadas ideológicamente y, por tanto, se convirtieron más tarde en obstáculos para la evolución, obstáculos que hay que derribar. Mientras que la clase se ve sometida a una transformación, en una evolución cada vez más rápida, los jefes se quedan en un estadio determinado, como representantes de una fase determinada, y su influencia considerable puede obstaculizar el movimiento; las formas de acción son elevadas al rango de dogmas y las organizaciones se convierten en fines en sí mismas, lo que hace difícil una orientación nueva y la adaptación a nuevas condiciones de lucha. Esto vale también para ahora; cada fase evolutiva de la lucha de clases debe superar la tradición de las fases precedentes a fin de poder reconocer claramente sus objetivos propios y alcanzarlos; sólo que, en la hora presente, la evolución progresa a un ritmo mucho más acelerado. Así es como la revolución se desarrolla en el proceso de la lucha interna. En el seno del proletariado mismo crecen las resistencias que debe remontar. Al remontarlas, el proletariado supera su propia limitación y crece hacia el comunismo.
IV
En la época de la Segunda Internacional, las dos formas principales de lucha fueron el parlamentarismo y el movimiento sindical.
La primera Asociación Internacional de los Trabajadores puso en sus Congresos las bases de esta táctica cuando, de acuerdo con la teoría marxista de la sociedad y en oposición a las concepciones primitivas de la época precapitalista, pequeñoburguesa, estableció el carácter de la lucha de clases como una lucha incesante contra el capitalismo por las condiciones de vida del proletariado, hasta la conquista del poder político. Una vez cerrada la época de las revoluciones burguesas y de las insurrecciones armadas, esta lucha política tuvo que desarrollarse dentro de los límites de los estados nacionales de formación nueva o antigua, y, la lucha sindical, en límites todavía más estrechos. La Primera Internacional hubo de hundirse, pues; y la lucha por la táctica nueva que no podía poner en obra, la hizo disolverse, mientras que la tradición de las viejas concepciones y de los viejos métodos de lucha permanecía viva en el anarquismo. Dejó en herencia la táctica nueva a aquellos que podían realizarla prácticamente, es decir, a los partidos socialdemócratas surgidos por todas partes, y a los sindicatos. Cuando de ellos surgió la Segunda Internacional en forma de una federación con vínculos flojos, todavía tuvo que luchar contra las tradiciones del período precedente representadas por el anarquismo; pero el legado de la Primera Internacional constituía ya su base táctica autónoma.
Hoy, todo comunista sabe por qué razones, en esta época, fueron necesarios estos métodos de lucha. La clase obrera que hace su aparición con el capitalismo no puede concebir, de un solo golpe, la idea de crear los órganos por medio de los cuales le será posible dominar y regular la sociedad. Su vanguardia, el partido socialdemócrata, debe desvelar, por su propaganda, la esencia del régimen y, proponiendo las reivindicaciones de clase, debe mostrar a las masas cuáles son sus objetivos. Con este fin, era necesario que sus representantes penetrasen en los parlamentos, esos centros del poder burgués, elevasen su voz y participasen en las luchas políticas de los partidos.
Pero las cosas cambian en el momento en que la lucha del proletariado entra en un estadio revolucionario. Nosotros no nos ocupamos aquí de las razones por las que el parlamentarismo, en tanto que sistema de gobierno, no se adapta al autogobierno de las masas y debe ceder el lugar al sistema de los soviets, sino de la utilización del parlamento como medio de lucha por el proletariado (8). En cuanto tal, el parlamentarismo es la forma típica de lucha por medio de los jefes, mientras que las masas tienen un papel subordinado. La práctica del parlamentarismo consiste en el hecho de que los diputados, personas individuales, llevan el combate esencial; y, en consecuencia, esto debe despertar en las masas la ilusión de que otros pueden combatir por su cuenta. Hubo un tiempo en que se creyó que los jefes podrían obtener en el parlamento reformas importantes para los obreros; o bien, se tuvo la ilusión de que los parlamentarios podrían realizar la transformación hacia el socialismo por medio de leyes. Hoy, se oye el argumento según el cual los diputados pueden hacer grandes servicios a la propaganda comunista en el parlamento (9). Pero incluso en esta acepción, la preponderancia pertenece siempre a los jefes; y al ser determinada la política ya sea por especialistas, ya sea bajo el hábito democrático de las discusiones y deliberaciones de los Congresos, se comprende fácilmente que la historia de los partidos socialdemócratas es una serie ininterrumpida de vanos esfuerzos para dejar a los miembros mismos determinar su política. Desde el momento en que el proletariado lucha en el terreno parlamentario, todo esto es inevitable, mientras las masas no han creado todavía ningún órgano de acción autónoma, es decir, que la revolución está todavía por venir. Desde el momento en que las masas entran en acción ellas mismas, en que actúan y, por tanto, pueden decidir, los inconvenientes del parlamentarismo se hacen preponderantes.
Como decíamos más arriba, el problema de la táctica consiste en poner en obra el medio por el cual se pueda borrar en las masas proletarias la ideología burguesa tradicional que paraliza sus fuerzas; todo lo que da una fuerza nueva a las concepciones tradicionales es nocivo.
El elemento más tenaz y sólido de esta ideología es la falta de independencia de las masas respecto de los jefes, a quienes se deja decidir sobre las cuestiones generales y la dirección de los intereses de clase de las masas. El parlamentarismo tiende inevitablemente a obstaculizar la actividad específica necesaria a la revolución. Se pueden pronunciar bellos discursos para incitar a la acción revolucionaria; ésta no depende de tales discursos, sino de la dura y cruda necesidad, cuando ya no queda otro camino.
La revolución exige incluso algo más de lo que requiere el acto combativo de las masas que abate un sistema de gobierno y del cual sabemos que no está determinado por los jefes, sino que sólo puede surgir del impulso profundo de las masas. La revolución exige que se afronten los grandes problemas de la reconstrucción social, que se tomen graves decisiones, que todo el proletariado se lance a un movimiento creador, y esto no es posible más que si la vanguardia primeramente, y después una masa cada vez mayor, se hace cargo de todas estas cuestiones, sabe tomar la responsabilidad de ello, investiga, hace propaganda, lucha, reflexiona, se atreve, actúa y ejecuta. Pero todo esto es difícil y penoso. Por eso, desde el momento en que la clase laboriosa crea distinguir un camino más fácil dejando que los demás actúen por su cuenta —llevando a cabo la agitación desde una tribuna elevada, dando las señales para la acción, haciendo las leyes— la masa dudará y permanecerá pasiva bajo la influencia de los viejos hábitos de pensamiento y de las debilidades antiguas.
Si, por un lado, el hecho de dar importancia al parlamentarismo refuerza la preponderancia de los jefes sobre las masas, actuando por tanto en un sentido contrarrevolucionario, por otro lado, este hecho tiende a corromper a los jefes mismos. Si la habilidad personal debe compensar lo que falta en las masas, entonces se sigue una diplomacia minuciosa; el Partido, incluso si está movido por otras perspectivas, debe intentar conquistar un terreno legal, crear para él una base de poder parlamentario; de suerte que, al final, se invierte la relación entre medios y fines y el parlamento no sirve ya como medio para alcanzar el comunismo, sino que el comunismo, como fórmula de cebo, está al servicio de la política parlamentaria. Pero así el partido comunista reviste otro carácter: en lugar de ser una vanguardia que reúne tras de sí a toda la clase para la acción revolucionaria, se convierte en un partido parlamentario, con la misma posición legal que los otros, maniobrando de la misma manera que los otros, es decir, una edición nueva de la antigua socialdemocracia con fórmulas radicales nuevas.
Mientras que, en lo que concierne a la naturaleza interna, no hay ninguna diferencia esencial entre la clase obrera revolucionaria y el partido comunista y es impensable un antagonismo entre ellos, pues el partido personifica de alguna manera la conciencia de clase más clara y sintética, así como la unidad creciente del proletariado, el parlamentarismo, por el contrario, rompe esta unidad y crea la posibilidad de tal antagonismo: en lugar de abarcar a toda la clase, el comunismo se convierte en un nuevo partido, con sus jefes de partido, que se alía a los otros partidos y perpetúa así la división política del proletariado. Y se presentarán situaciones en las que el partido intentará con todas sus fuerzas destruir la fuerza y la compacidad de la clase por medio de concesiones, de compromisos y otros pretextos.
Sin duda, todas estas tendencias serán eliminadas próximamente por el desarrollo revolucionario de la economía; pero sus primeros indicios sólo pueden dañar al movimiento proletario impidiendo la evolución espiritual hacia una clara conciencia de clase, y si la situación económica toma temporalmente una dirección contrarrevolucionaria, semejante política emprenderá la lucha para desviar la revolución a las aguas de la reacción.
Lo que hay de grande y de verdaderamente comunista en la revolución rusa es, ante todo, el hecho de haber despertado la actividad específica de las masas y haber desarrollado en ellas una energía psíquica y física tal que las hace aptas para fundar y representar la sociedad nueva. Este despertar de las masas a semejante conciencia de sus fuerzas y a una potencia semejante no se consigue de golpe, sino gradualmente; el rechazo del parlamentarismo es una etapa en el camino que conduce a la autonomía y la auto-liberación. El nuevo partido comunista de Alemania decidió en diciembre de 1918 boicotear la Asamblea Nacional, no bajo el efecto de una ilusión prematura en una victoria fácil y rápida, sino por necesidad de liberarse de la sujeción espiritual hacia los parlamentaristas —reacción necesaria contra la tradición socialdemócrata— porque en lo sucesivo se creía abierta ante sí la ruta de una acción independiente por la creación del sistema de los Consejos. Pero una parte de los que entonces estaban juntos, es decir, los que han permanecido en el KPD (Spartakusbund), tras el retroceso de la revolución han adoptado de nuevo el parlamentarismo; con qué consecuencias, lo veremos a continuación y se ha visto ya en parte. En otros países también están divididas las opiniones de los comunistas y muchos grupos se niegan a utilizar el parlamentarismo, incluso antes del estallido de la revolución. De suerte que, probablemente, en un próximo futuro la discusión sobre el parlamentarismo como método de lucha será uno de los puntos de táctica más controvertidos en la Tercera Internacional.
Por otro lado, todos están de acuerdo en estimar que esto sólo constituye un punto secundario de nuestra táctica. La Segunda Internacional pudo desarrollarse mientras no había extirpado y aclarado el punto central de la táctica nueva, que es el siguiente: el proletariado no puede vencer al imperialismo más que con el arma de la acción de las masas. Pero en lo sucesivo ya no podía emplear este arma; hubo de hundirse a partir del momento en que la guerra mundial hubo colocado la lucha revolucionaria de clases sobre bases internacionales. El resultado alcanzado por la Internacional precedente constituye naturalmente la base de la nueva, y la acción de masas del proletariado hasta la huelga general y la guerra civil constituye el terreno táctico común de los comunistas. En la acción parlamentaria, el proletariado está dividido en secciones nacionales y no es posible una acción internacional efectiva; en la acción de las masas contra el capital internacional, las divisiones nacionales se derrumban y cada movimiento, a cualquier país que se extienda o se restrinja, es una parte de la única lucha mundial común.
V
De igual modo que el parlamentarismo personifica el poder espiritual de los jefes sobre las masas laboriosas, de la misma manera el movimiento sindical representa su poder material. En régimen capitalista, los sindicatos constituyen las organizaciones naturales con vistas al agrupamiento del proletariado; y bajo este aspecto, Marx resaltó muy pronto su importancia. En el período del capitalismo desarrollado y, más aún, en la época del imperialismo, estos sindicatos se han convertido cada vez más en ligas gigantescas que presentan las mismas tendencias evolutivas ya determinadas en el cuerpo del Estado burgués mismo. En ellos se ha formado una clase de funcionarios, una burocracia, que dispone de todos los medios de poder de la organización: dinero, prensa, nombramiento de los funcionarios subalternos; con frecuencia tiene poderes todavía más amplios, de manera que de servidora de la colectividad, se ha convertido en la dueña y se identifica incluso con la organización. Y los sindicatos se corresponden también con el Estado y su burocracia porque, a pesar de la democracia que reina en ellos, los miembros no pueden hacer valer su voluntad contra la burocracia; toda rebelión, antes incluso de poder conmocionar las cúspides, se estrella contra el aparato artificioso de los reglamentos y estatutos. Sólo con una tenacidad obstinada logra a veces una oposición, después de años, obtener un éxito modesto que se limita, como máximo, a un cambio de personas. Por esto, en los últimos años, tanto antes como después de la guerra, en Inglaterra, en Alemania, en América, han tenido lugar frecuentemente revueltas de los afiliados, que se pusieron en huelga por su propia iniciativa contra la voluntad de los jefes o las decisiones de las asociaciones mismas. Que esto haya ocurrido y haya sido considerado como una cosa natural, demuestra ya que la organización no es el conjunto de los que están organizados, sino algo que es extraño a ellos; que los obreros no se identifican con su asociación, sino que ésta se mantiene por encima de ellos como un poder externo, contra el cual pueden rebelarse, aunque haya salido de ellos, es decir, una vez más, igual que ocurre con el Estado. Apenas ha sido apaciguada la revuelta, la dominación antigua es restablecida. A pesar del odio y del rencor impotente de las masas, aquélla consigue mantenerse apoyándose en la indiferencia de éstas, en su falta de visión clara y de voluntad unitaria y continua y en la necesidad interna del sindicato como único medio para los obreros de encontrar una fuerza en los conflictos contra el capital.
El movimiento sindical, en la medida en que luchaba contra el capital, contra las tendencias absolutistas y generadoras de miseria del capital, conteniéndolo y haciendo así posible una existencia obrera limitada a su función en el marco del capitalismo, el sindicato, pues, era a su vez un miembro de la sociedad capitalista. Pero con la llegada de la revolución, cuando el proletariado, de miembro de la sociedad capitalista se convierte en destructor de esta sociedad, el sindicato entra en conflicto con el proletariado.
El sindicato se hace legalista, apoyo declarado del Estado y reconocido por él, o bien presenta como consigna la «reconstrucción de la economía antes que la revolución», es decir, el mantenimiento del capitalismo. En Alemania, millones de proletarios que hasta este momento no se habían atrevido a hacerlo a causa del terrorismo ejercido desde arriba, afluyen ahora a los sindicatos con una mezcla de veneración timorata y deseo de lucha. Ahora, el parentesco entre las asociaciones sindicales, que abarcan a la casi totalidad de la clase obrera, y el organismo de Estado, se ha estrechado aún más. Los funcionarios sindicales están de acuerdo con los funcionarios del Estado no sólo en cuanto, por su poder, tienen en sus manos a la clase obrera en provecho del capital, sino también porque su «política» tiende cada vez más a engañar a las masas por medios demagógicos y ganárselas únicamente con miras a su acuerdo con los capitalistas. Además, el método cambia según las circunstancias: grosero y brutal en Alemania, donde los jefes de los sindicatos imponen a los obreros, por la fuerza y la mentira hábil, el trabajo a destajo y la prolongación del tiempo de trabajo; astutamente refinado en Inglaterra, donde esta burocracia sindical —al igual que el gobierno— aparenta dejarse llevar a regañadientes por los obreros cuando en realidad sabotea sus reivindicaciones.
Por consiguiente, lo que Marx y Lenin han precisado a propósito del Estado debe valer también para las organizaciones sindicales, es decir, que a pesar de la democracia formal, su organización imposibilita hacer de ellos un instrumento de la revolución. La fuerza contrarrevolucionaria de los sindicatos no puede ser debilitada y destruida por un cambio de personas, por la substitución de dirigentes sindicales o «revolucionarios» en lugar de los jefes reaccionarios. Es justamente la forma de esta organización la que hace a las masas poco menos que impotentes y les impide hacer de los sindicatos órganos de su voluntad.
La revolución no puede vencer más que destruyendo esta organización, transformando, por así decir, la forma de la organización para hacer de ella algo radicalmente nuevo: el sistema de los soviets. Su instauración está en condiciones de extirpar y eliminar no sólo la burocracia estatal, sino también la del sindicato; no sólo formará los órganos políticos nuevos del proletariado en oposición al parlamento, sino también las bases de los sindicatos nuevos. En las luchas de los partidos en Alemania, con frecuencia se ha ironizado sobre la afirmación de que una forma organizativa dada puede ser revolucionaria, cuando esto depende solamente de los sentimientos revolucionarios de los hombres, de las organizaciones. Pero si el contenido más importante de la revolución consiste en el hecho de que las masas mismas toman en sus manos sus propios asuntos, la dirección de la sociedad y de la producción, entonces es contrarrevolucionaria y dañina toda forma de organización que no permite a las masas dominar y gobernar por sí mismas; en consecuencia, debe ser reemplazada por otra forma que es revolucionaria en cuanto permite a los obreros decidir activamente por sí mismos acerca de todo. Esto no debe significar que, dada una clase obrera aún pasiva, se debe ante todo crear y perfeccionar esta forma nueva en la que después puede ser activado el espíritu revolucionario de los obreros. Esta nueva forma organizativa no puede crearse, a su vez, sino en el curso del proceso revolucionario por los obreros que comienzan a estar en revolución. Pero el reconocimiento de la significación de la forma organizativa actual determina la actitud que los comunistas deben asumir frente a los intentos, que se manifiestan ya, de debilitar o suprimir tal forma.
En el movimiento sindicalista, y aún más en el movimiento de los sindicatos «industriales», se manifiesta ya la tendencia a restringir lo más posible el aparato burocrático y buscar todas las fuerzas en la actividad de las masas. Por esto los comunistas se han pronunciado, en su mayoría, por el apoyo a estas organizaciones contra las asociaciones centrales. Pero mientras el capitalismo siga dominando, tales formaciones nuevas no pueden alcanzar gran importancia; la importancia de la organización americana IWW proviene de la circunstancia especial de la existencia de un proletariado numeroso, poco instruido, de origen extranjero las más de las veces, y fuera de las viejas asociaciones. El sistema de los soviets está mucho más cerca del movimiento de los Shop Committees y los Shop Stewards en Inglaterra, que son los órganos de la masa en oposición a la burocracia, y que provienen de la práctica de la lucha. Modeladas de manera aún más precisa según la idea de los soviets, pero débiles por el estancamiento de la revolución, en Alemania tenemos las Uniones. Cada formación nueva de este género, que debilita las asociaciones centralizadas y su compacidad interna, quita un obstáculo a la revolución y debilita el poder contrarrevolucionario de la burocracia sindical. Sin duda sería una idea seductora hacer entrar estas fuerzas revolucionarias de oposición dentro de esas viejas organizaciones a fin de poder conquistar la mayoría dentro de ellas y poder transformarlas. Pero, en primer lugar, sería una ilusión, de la misma manera que sería ilusoria la idea parecida de conquistar el partido socialdemócrata, pues la burocracia conoce bien el arte de limitar una oposición antes de que llegue a ser peligrosa; en segundo lugar, la revolución jamás se desarrolla según un programa uniforme. Las explosiones elementales de los grupos que actúan apasionadamente juegan en ella un papel importante en tanto que fuerza popular. En consecuencia, si los comunistas se opusiesen a tales fuerzas, por consideraciones oportunistas con miras a éxitos inmediatos, para provecho de las asociaciones centrales, reforzarían los obstáculos que se opondrían a ellos más tarde, con una energía más grande.
La creación, por parte de los obreros, de sus propios órganos de poder y de acción, los Soviets, implica ya la dislocación y la disolución del Estado. Al ser el sindicato una organización mucho más joven, moderna, nacida espontáneamente, se mantendrá un poco más de tiempo pues tiene sus raíces en una tradición de relaciones que se han creado y desarrollado de manera autónoma y que, en consecuencia, conserva aún un lugar en la ideología del proletariado, incluso después que este último ha superado ya las ilusiones democrático-estatales. Pero lo mismo que los sindicatos han salido del proletariado mismo como producto de su propia creación, también habrá siempre en este dominio formaciones nuevas en tanto que intentos de adaptar cada vez los sindicatos mismos a las relaciones nuevas; en este dominio, siguiendo el proceso de la revolución, se crearán, según el modelo de los Soviets, formas nuevas de lucha y de organización en continua transformación y evolución.
VI
La concepción según la cual la revolución proletaria en Europa occidental puede ser comparada a un asedio en toda regla de la fortaleza capitalista que el proletariado, agrupado por el partido comunista en un ejército bien organizado, asalta con ataques repetidos siguiendo sus métodos bien experimentados hasta que el enemigo se rinde, mientras que, al mismo tiempo se ha conquistado paso a paso el control de la industria, todo esto es una concepción neo-reformista que ciertamente no responde a las condiciones de lucha en los países de capitalismo antiguo. En ellos pueden producirse revoluciones y tomas de poder abocadas de nuevo al fracaso, conquistando la burguesía el poder pero arruinando así todavía más desesperadamente la economía; pueden aparecer formas políticas intermedias, destinadas únicamente a prolongar el caos por su incapacidad. El proceso revolucionario consiste, ante todo, en la disolución de las condiciones antiguas, que deben existir en toda sociedad, pues ellas hacen posible el proceso global de la producción y de la vida en común y que, por una larga práctica histórica, han recibido la fuerza sólida de costumbres espontáneas y de normas morales (sentimiento del deber, de aplicación celosa, de disciplina). La destrucción de estas condiciones es un fenómeno concomitante necesario a la disolución del capitalismo mientras que, al mismo tiempo, no son todavía bastante fuertes las relaciones que caracterizan la nueva organización comunista del trabajo y de la sociedad —cuyo nacimiento observamos en Rusia. Por esto es inevitable un período transitorio de caos social y político. Allí donde el proletariado conquista rápidamente el poder y sabe mantenerlo firmemente en sus manos, como en Rusia, este período de transición puede ser breve y acabar rápidamente por el trabajo positivo de reconstrucción. Pero en Europa occidental el proceso de destrucción será mucho más lento. En Alemania vemos a la clase obrera dividida en grupos en los que esta evolución se ha producido con una amplitud diversa y que, por tanto, no pueden llegar todavía a una unidad activa. Los síntomas del último movimiento revolucionario muestran que todo el Estado alemán —y, en general, toda Europa central— se disloca; que las masas populares se dividen en categorías y en regiones, actuando inmediatamente cada una de ellas según su propia iniciativa: aquí, logrando armarse y adueñándose más o menos del poder político, allí, paralizando por las huelgas el poder burgués; en un lugar, encerrándose en una república campesina, en otro, convirtiéndose en una fuerza de apoyo de los Guardias Blancos o abatiendo los restos del feudalismo por medio de revueltas agrarias elementales. Es evidente que la destrucción de las fuerzas del mundo antiguo debe ser total antes de que se pueda hablar de una edificación efectiva del comunismo. Por consiguiente, la tarea del partido comunista no consiste en enseñar esta revolución ex cátedra o en hacer vanos intentos de encerrarla en la camisa de fuerza de las formas tradicionales sino, por el contrario, en apoyar por todas partes las fuerzas del movimiento proletario, englobando todas las acciones espontáneas para darles conciencia de su conexión con el marco inmenso de la revolución a fin de preparar así la unificación de las acciones aisladas y colocarse de esta manera a la cabeza de todo el movimiento.
En los países de la Entente, donde la dominación del capitalismo no ha sido estremecida todavía, percibimos la primera fase de su disolución, es decir, la introducción de este proceso disolutivo, bajo la forma de un descenso irresistible de la producción y de la moneda, de una oleada de huelgas y de una fuerte repugnancia al trabajo por parte del proletariado. La segunda fase, el período de contrarrevolución, es decir, la dominación política de la burguesía en plena época revolucionaria, significa una debacle económica completa; podemos estudiarla mejor que en cualquier otro lugar en Alemania y en el resto de Europa central. Si inmediatamente después del derrocamiento político hubiese habido un sistema comunista, entonces, incluso a pesar de los tratados de Versalles y de Saint-Germain, a pesar del agotamiento y de la miseria, podía comenzar una reconstrucción orgánica. Pero los Ebert-Noske no pensaban en la reconstrucción organizada más de lo que lo hacían los Renner-Bauer (10): dejaron las manos libres a la burguesía y consideraron que su única tarea era reprimir al proletariado. La burguesía actúa, es decir, todo capitalista actúa como lo requiere su naturaleza de burgués: cada cual pensaba solamente en obtener la máxima ganancia posible, en salvar personalmente para él mismo lo que todavía podía ser salvado del desastre. Por supuesto que en los periódicos y en los manifiestos se hablaba de la necesidad de restaurar la vida económica por un trabajo ordenado, pero esto sólo estaba destinado a los trabajadores con el fin de ocultarles con frases bonitas la dura coerción al trabajo intensivo, a pesar de su agotamiento. Naturalmente, ningún burgués se preocupaba en realidad de la reconstrucción en tanto que interés general del pueblo, sino solamente desde el punto de vista de su ganancia personal. Primeramente, como en la prehistoria, el medio más importante de enriquecerse fue el comercio, pues la pulverización de la moneda hacía oportuna la venta al extranjero de todo lo que habría sido necesario a la reconstrucción económica o, incluso, a la simple existencia de las masas: materias primas, medios de subsistencia, productos, medios de producción, en fin, las fábricas mismas y los títulos de propiedad. La usura reinó en todas las capas burguesas, favorecida por la corrupción desenfrenada de la burocracia. Así, todo lo que había sido preservado de la antigua riqueza y que no hubo de ser entregado como indemnización de guerra, fue expedido al extranjero por los «dirigentes de la producción». Y de la misma manera, en el dominio de la producción, entró en escena la codicia de la ganancia privada, que destruye la vida económica por su indiferencia hacia el bien común. Para imponer a los proletarios el trabajo a destajo o la prolongación de la jornada de trabajo, o para librarse de los elementos proletarios rebeldes, se encerró a éstos y se cerraron las fábricas, sin preocuparse del marasmo que esto producía en el resto de la industria. A todo esto se añadió la incapacidad de la dirección burocrática de las empresas estatales, que se convirtió en una dejadez total al faltar la mano vigorosa del gobierno. Cobró actualidad la limitación de la producción, viejo medio primitivo de subir los precios, irrealizable a causa de la competencia cuando el capitalismo es floreciente. En las cotizaciones de la Bolsa el capitalismo parece volver a florecer, pero los dividendos elevados no representan más que el despilfarro de los restos del patrimonio anterior y son disipados en gastos de lujo. Lo que se observa en el transcurso de los últimos años en Alemania no es un hecho accidental sino el efecto del carácter general de la burguesía como clase. Su fin único es, y ha sido siempre, la ganancia personal. Pero mientras que en los períodos normales del capitalismo este impulso mantiene la producción en acción, en el capitalismo moribundo produce la destrucción total de la economía. Y lo mismo ocurrirá en otros países; una vez que la producción es desquiciada hasta cierto estadio y la moneda se debilita fuertemente, entonces, si se deja libre curso a la sed de ganancia de la burguesía —y ese es el sentido de la dominación política de la burguesía bajo la máscara de cualquier partido no comunista— el resultado será, igualmente, la ruina completa de la economía.
Las dificultades de reconstrucción que el proletariado europeo debe afrontar en tales circunstancias son inmensamente más grandes de lo que lo fueron en Rusia: la devastación posterior de las fuerzas productivas industriales por Kolchak y Denikin da una ligera idea de ello. El proletariado no puede esperar a que sea instaurada una nueva organización política sino que debe comenzar la reconstrucción ya durante el curso del proceso revolucionario, pues en todas partes donde se adueñe del poder debe poner en orden enseguida la producción y suprimir el poder de decisión de la burguesía sobre los elementos materiales de la vida. El control de la fábrica puede servir para vigilar en los lugares de trabajo el empleo de las mercancías, pero es evidente que, por sí mismo, no puede permitir dominar todos los artificios empleados por la burguesía en detrimento de la comunidad. Para ello es necesario todo el poder político armado, así como su utilización más severa. Allí donde los usureros, sin ningún miramiento por el bienestar común, saquean el bien del pueblo, allí donde la reacción armada asesina y destruye a ciegas, el proletariado debe entrar en acción sin contemplaciones y luchar para defender el bien común y la vida del pueblo.
Las dificultades de la reorganización de una sociedad completamente destruida son tan grandes que, al principio, parecen insuperables, lo mismo que es absolutamente imposible establecer de antemano un programa de reconstrucción. Pero estas dificultades deben ser superadas y el proletariado las superará con el ilimitado espíritu de sacrificio y abnegación, con la fuerza infinita de alma, con las inmensas energías morales y psíquicas que la revolución es capaz de despertar en su cuerpo débil y martirizado.
Hay que examinar brevemente dos cuestiones. La cuestión de los empleados técnicos de la industria no presentará dificultades más que momentáneamente. En efecto, aunque tengan una mentalidad netamente burguesa y sean profundamente hostiles a la dominación proletaria, acabarán por someterse. El funcionamiento de la distribución y de la industria será sobre todo una cuestión de aprovisionamiento de materias primas; y esta cuestión coincide con la de los medios de subsistencia. Este problema de los víveres es la cuestión central de la revolución en Europa occidental pues la población, fuertemente industrializada, ya no podía vivir bajo el capitalismo sin importar del extranjero. Pero la cuestión de los víveres en la revolución está ligada de la manera más estrecha a toda la cuestión agraria, y los principios de una organización comunista de la agricultura deben tener ya influencia en las medidas destinadas, durante la revolución, a hacer frente al hambre. Los bienes de los Junkers (aristocracia terrateniente prusiana), la gran propiedad de la tierra, están maduros para la expropiación y el cultivo colectivo. Los pequeños campesinos serán liberados de toda explotación capitalista y serán guiados hacia un cultivo intensivo gracias al apoyo, por todos los medios, de la ayuda estatal y la cooperación. El campesino medio, que en Alemania occidental y meridional posee la mitad del suelo y que tiene sentimientos fuertemente individualistas y, por tanto, anticomunistas, pero que ocupa una posición económica que no se puede atacar todavía y que, por consiguiente, no puede ser expropiado, será mantenido en el círculo de todo el proceso económico por medio de la organización del intercambio de los productos y el desarrollo de la productividad; el comunismo sólo introducirá en la agricultura esa evolución hacia una productividad superior y esa eliminación del individualismo que, en la industria, han sido producidas por el capitalismo. De ello resulta que los obreros deben considerar a los grandes propietarios terratenientes como una clase enemiga; a los trabajadores de la tierra y a los pequeños campesinos como a sus aliados en la revolución, al tiempo que no tienen motivos para enemistarse con los campesinos medios por muy hostiles que éstos puedan ser a priori. Esto significa que mientras no se lleve a cabo un intercambio regular de bienes, en el período caótico del principio, no pueden hacerse requisiciones de productos alimenticios entre estas capas campesinas salvo en caso de necesidad urgente, como repartición absolutamente inevitable del hambre entre la ciudad y el campo. La lucha contra el hambre debe llevarse a cabo principalmente por medio de importaciones. La Rusia de los Soviets, con sus ricas fuentes de productos alimenticios y materias primas, salvará y alimentará la revolución de Europa occidental. Especialmente por esto la clase obrera de Europa occidental tiene el mayor y particular interés en conservar y apoyar la Rusia de los Soviets. Aunque el problema de la reconstrucción económica sea extremadamente difícil, no es el primero que debe ser afrontado por el partido comunista. Las masas proletarias lo resolverán si despliegan su mayor fuerza intelectual y moral. La primera tarea del partido comunista consiste en despertar y poner en movimiento estas fuerzas. Debe erradicar todas las ideas tradicionales que hacen al proletariado inseguro y vacilante; debe oponerse a todo lo que despierta en los obreros las ilusiones de una vida más holgada y los aleja de las medidas más radicales; debe combatir enérgicamente todas las tendencias que se detienen a medio camino o a la búsqueda de compromisos. Y aún hay muchas tendencias semejantes.
VII
El paso del capitalismo al comunismo no se efectuará según el esquema simple: conquista del poder político, introducción del sistema de los consejos, supresión de la economía privada, aunque esta sea precisamente, de modo general, la línea de evolución. Esto sería posible sólo si se pudiese construir uniformemente en terreno libre. Pero las formas de trabajo y de organización nacidas del capitalismo tienen raíces sólidas en la conciencia de la masa y no pueden ser derrocadas más que por un proceso de revolución política y económica. Entre las formas de trabajo, mencionemos las formas agrarias, que están sometidas a una evolución particular. Bajo el capitalismo, según los países, han nacido en la clase obrera diversas formas de organización que representan una gran fuerza y que no pueden ser eliminadas súbitamente y, por consiguiente, están destinadas a jugar un papel importante en el curso de la revolución.
Esto se aplica sobre todo a los partidos políticos. El papel de la socialdemocracia en la crisis actual del capitalismo es suficientemente conocido, pero se acabará pronto en Europa central. Incluso sus fracciones más radicales (como el partido socialdemócrata independiente de Alemania) ejercen una influencia nefasta, no sólo porque dividen al proletariado sino, sobre todo, porque sus ideas socialdemócratas —como la preponderancia de los jefes políticos, que dirigen la historia del pueblo por medio de sus acciones y sus maniobras— perpetúan la confusión en las masas y las alejan de la acción. Y si un partido comunista se constituye en tanto que partido parlamentario que, en lugar de la dictadura de clase, quiera ejercer la dictadura de partido, es decir, la dictadura de los jefes de partido, entonces también él puede convertirse en un obstáculo a la evolución. La actitud del partido comunista de Alemania durante el movimiento revolucionario de marzo, cuando declaró que el proletariado no estaba aún maduro para la dictadura y que por eso se comportaría como «oposición leal» si se constituía un gobierno «puramente socialista», es decir, que habría desviado al proletariado de una lucha de clase más ruda contra un gobierno semejante, esta actitud ha sido criticada ya desde diferentes lados (11).
En el curso de la revolución puede aparecer un gobierno de jefes de partidos socialistas como forma de transición en la que se manifiesta la relación momentánea entre las fuerzas burguesas y revolucionarias. Semejante partido tiene tendencia a mantener y eternizar como resultado final de la revolución la relación momentánea entre la destrucción de lo antiguo y la creación de lo nuevo. Se podría decir que se trata de una reedición radical del gobierno Ebert-Haase-Dittman (12). Lo que se puede esperar de semejante gobierno resulta de las bases sobre las que se apoya: equilibrio aparente de las clases enemigas pero con predominio de la burguesía, mezcla de democracia parlamentaria con una especie de sistema de Consejos para los obreros, socialización limitada por el veto del imperialismo de la Entente y por el mantenimiento de la ganancia capitalista, intentos vanos para impedir que los conflictos de clases se hagan más agudos. En tal sistema, los engañados son siempre los trabajadores. Semejante gobierno no sólo no puede hacer nada para la reconstrucción, sino que ni siquiera puede intentarla pues su único fin es parar a medio camino el curso de la revolución. Y como se esfuerza en impedir la disolución ulterior del capitalismo al igual que la constitución del pleno poder político del proletariado, actúa directamente de manera contrarrevolucionaria. Los comunistas no pueden hacer otra cosa sino combatir tal gobierno sin el menor miramiento.
Si en Alemania la socialdemocracia era la organización dirigente del proletariado, lo mismo ocurría en Inglaterra con el movimiento sindical, que tiene raíces muy profundas en la clase obrera gracias a una historia casi centenaria. Allí, hace ya mucho tiempo que el ideal de los jóvenes jefes radicales de los sindicatos —del tipo Robert Smillie— es que la clase obrera domine la sociedad por medio de la organización de los sindicatos. De igual modo, los sindicalistas revolucionarios y los jefes de los IWW de América, aunque estén adheridos a la Tercera Internacional, se imaginan preferentemente la dominación futura del proletariado bajo una forma así. Los sindicalistas radicales consideran el sistema de los Soviets no como la forma más pura de la dictadura proletaria, sino más bien como un gobierno de políticos e intelectuales construido sobre bases formadas por organizaciones obreras. Para ellos, por el contrario, la organización de clase del proletariado, natural y creada espontáneamente, es el movimiento sindical en el cual el proletariado se gobierna por sí mismo y debería dominar todo el mundo del trabajo. Si se realiza el viejo ideal de la «democracia obrera» y si el sindicato es dueño de la fábrica, entonces el órgano común de los sindicatos, su Congreso, asume la función de dirigir y administrar toda la economía. El Congreso de los sindicatos es entonces el verdadero «Parlamento del trabajo», que asume el lugar del antiguo parlamento burgués. En estos ambientes, con frecuencia se manifiesta repugnancia contra una dictadura de clase unilateral e ilegal, considerada como un atentado a la democracia: el trabajo debe dominar, pero los demás no deben ser privados de derechos. Y por tanto, al lado del Parlamento del trabajo, que gobierna la base de toda vida, es decir, el trabajo, debería haber una segunda Cámara elegida por sufragio universal en tanto que representación de todo el pueblo y ejerciendo una influencia sobre las cuestiones públicas, cultural y de política general.
Esta concepción de un gobierno por los sindicatos no debe ser confundida con el «laborismo», con la política del «Partido Laborista» que dirige ahora a los sindicados. Esta política consiste en la tendencia de los sindicatos a introducirse en el parlamento burgués actual, formando un «Partido del trabajo» con el mismo título que los otros partidos, e intentando suplantarlos como partido de gobierno. Un tal partido es completamente burgués, y no hay ninguna diferencia entre Henderson y Ebert. Desde el momento en que la presión amenazante ejercida por abajo imponga su necesidad, suministrará a la burguesía inglesa la posibilidad de proseguir su vieja política sobre bases ampliadas, debilitando y desviando a los obreros por el hecho de que sus jefes son admitidos en el gobierno. Un gobierno del partido del trabajo —que aparecía próximo hace un año por la posición revolucionaria de las masas, pero que después ha sido rechazado bien lejos por los jefes mismos a causa de su oposición a la corriente radical— sería únicamente, como el gobierno de Ebert en Alemania, un gobierno en provecho de la burguesía. Pero aún está por ver si la astuta y previsora burguesía inglesa no tendrá más confianza en sí misma antes que en esa burocracia obrera para llevar a cabo ese trabajo de aturdimiento y contención de las masas.
Un verdadero gobierno de sindicatos, según la concepción radical, es respecto a esta política del partido del trabajo, de este «laborismo», como la revolución es respecto a la reforma. No podría ser introducido más que por una revolución real de las relaciones políticas, ya sea violenta, ya sea realizada según el antiguo modelo inglés, y entonces, en la conciencia de las masas, se trataría precisamente de la conquista del poder por el proletariado. Pero, no obstante, esto es completamente diferente del fin del comunismo. En efecto, tal concepción se basa en la ideología estrecha que se desarrolla en el transcurso de la lucha sindical y en la cual se tiene ante sí, no el capital mundial como un todo, bajo sus formas variadas y complejas de capital financiero, bancario, agrario, colonial, sino únicamente su forma industrial. Esta concepción se apoya en la economía marxista —que es estudiada hoy seriamente en el mundo inglés del trabajo— en cuanto muestra en la producción un mecanismo de explotación, pero sin la profunda doctrina social del marxismo, sin el materialismo histórico. Esta concepción sabe que el trabajo constituye la base del mundo y quiere, por tanto, que el trabajo domine el mundo; pero no ve que todos los dominios abstractos de la vida política y espiritual están condicionados por el modo de producción y, en consecuencia, tiene tendencia a abandonar estos dominios a la intelectualidad burguesa con tal de que ésta reconozca el predominio del trabajo. En realidad, un gobierno así sería un gobierno de la burocracia sindical, ayudada por la fracción radical de la antigua burocracia de Estado a la cual dejaría, como a especialistas, los dominios especiales de la cultura, de la política, etc. Y aun cuando es previsible que su programa económico corresponda a la expropiación comunista, se orientará únicamente hacia la expropiación del gran capital, del capital usurario de los bancos y de los propietarios terratenientes, mientras que la honesta ganancia de los pequeños empresarios despojados y dominados por el gran capital será respetada. Es igualmente dudoso que, en la cuestión colonial, ese nervio vital de la clase dominante inglesa, dicho gobierno acepte el punto de vista de la libertad completa para las Indias, que forma parte esencial del programa comunista.
No se puede prever de qué modo, en qué medida y con qué pureza se realizará una forma política semejante; sólo se pueden reconocer las fuerzas motrices y las tendencias, los tipos abstractos, pero no las formas concretas, siempre distintas, y las combinaciones en que se realicen. La burguesía inglesa siempre tuvo el arte de eludir, en el momento oportuno, los fines revolucionarios por concesiones parciales. Si es posible, y en qué medida, seguir esta táctica en el futuro, eso dependerá sobre todo de la amplitud de la crisis económica. Si la disciplina sindical fuese rota por abajo, por revueltas industriales desordenadas, los dirigentes sindicalistas reformistas y radicales se pondrían de acuerdo en una posición intermedia; si la lucha estuviese dirigida de modo riguroso contra la antigua política reformista de los dirigentes, entonces los sindicados radicales y los comunistas marcharían de pleno acuerdo.
Estas tendencias no están limitadas a Inglaterra. En todos los países, los sindicatos constituyen las organizaciones obreras más poderosas; bastará que un choque político abata el poder antiguo, para que pase de modo natural a manos de la potencia mejor organizada e influyente que exista. En Alemania, en noviembre de 1918, los estados mayores de los sindicatos constituyeron la guardia contrarrevolucionaria que estaba tras Ebert; y, en el transcurso de la última crisis de marzo, aparecieron en el primer plano de la escena política en un intento de conquistar una influencia directa en la formación del gobierno. Con este apoyo al gobierno de Ebert sólo se trataba de timar una vez más astutamente al proletariado con el engaño de un «Gobierno bajo el control de la organización obrera». Pero de nuevo aparece aquí la misma tendencia que en Inglaterra. Y aun cuando los Legien y los Nauer (13) estuviesen demasiado comprometidos en una orientación contrarrevolucionaria, nuevos responsables, más radicales, de la tendencia del partido independiente, ocuparían su lugar, de la misma manera que los Independientes de Dissmann conquistaron ya el último año la dirección de la gran liga de los metalúrgicos. En el caso en que un movimiento revolucionario abatiese el gobierno de Ebert, esa potente fuerza organizada de siete millones de miembros intentaría sin duda adueñarse del poder político, al lado del partido comunista o contra él.
Semejante «gobierno de la clase obrera» por medio de los sindicatos no puede ser estable, pues incluso si pudiese mantenerse mucho tiempo, suponiendo un lento proceso de descomposición económica, no puede existir en un período de revolución aguda más que como estado de transición vacilante. Su programa, tal como lo hemos esbozado más arriba, no puede ser radical. Una tendencia que no admite esas disposiciones como formas provisionales de transición, como sí hace el comunismo, que las desarrolla conscientemente con miras a una organización comunista, sino que por el contrario las considera como un programa definitivo, esta tendencia debe acabar necesariamente oponiéndose y luchando contra las masas; y eso es así porque, en primer lugar, no reduce completamente a la impotencia a los elementos burgueses, sino que les deja cierta posición de fuerza en la burocracia y, quizá, en el parlamento, donde pueden continuar llevando adelante la lucha de clases. La burguesía se esforzará en reforzar estas posiciones de fuerza, mientras que el proletariado, al no poder abatir de esta manera a la clase adversa, debe intentar realizar el verdadero sistema soviético como órgano de su dictadura. En esta lucha entre dos poderosos adversarios, será imposible la reconstrucción económica (14). En segundo lugar, un tal gobierno de jefes de sindicatos no puede resolver los problemas planteados por la sociedad. Éstos no pueden ser resueltos más que por la iniciativa propia y por la actividad de una masa proletaria impulsada por una abnegación y un entusiasmo que únicamente el comunismo puede suscitar por su perspectiva de libertad completa y de extrema elevación espiritual y moral. Una tendencia que quiere suprimir la pobreza material y la explotación, pero que se limita a esto conscientemente y no toca en absoluto la superestructura burguesa, no sabe transformar al mismo tiempo todo el modo de ver, toda la ideología del proletariado, y no puede liberar esas poderosas energías de las masas; por eso será incapaz de resolver el problema material de la reconstrucción económica y eliminar el caos.
Al igual que el gobierno «puramente socialista», el gobierno de los sindicatos intentará conservar y estabilizar el resultado momentáneo del proceso revolucionario, en un estadio, sin embargo, mucho más avanzado puesto que ya ha sido destruido el predominio de la burguesía y le ha sucedido cierto equilibrio entre las clases bajo la preponderancia del proletariado, por el hecho de que ya no puede conservarse toda la ganancia capitalista sino sólo su forma pequeño-capitalista menos chocante; porque ya no se tenderá hacia la restauración burguesa sino, seriamente, a la construcción socialista, aunque con medios insuficientes. Por tanto, este gobierno constituye la última línea de la burguesía: cuando la burguesía ya no puede resistir el asalto de las masas en la línea Scheidemann-Henderson-Renaudel, se retira a su última línea de defensa, la línea Smillie-Dissmann-Merrheim (15). Si no pudiese ya engañar al proletariado por medio de «trabajadores» en un gobierno burgués o socialista, podría aún desviar al proletariado de sus fines radicales extremos por medio de un «gobierno de las organizaciones obreras», a fin de conservar así una parte de su posición privilegiada. El carácter de un tal gobierno es contrarrevolucionario por cuanto intenta contener a mitad de camino el desarrollo necesario de la revolución, con vistas a destruir completamente el mundo burgués, con la vista puesta en el comunismo integral. Hacer propaganda de semejante tendencia es un acto contrarrevolucionario, porque intenta desviar al proletariado, por una fórmula bien tramada, de proseguir hacia sus fines más grandes y claros. Actualmente, la lucha de los comunistas puede parecer con frecuencia que es paralela a la de los sindicalistas radicales, pero sería una táctica nefasta no poner de relieve los contrastes flagrantes que hay en los principios y en los objetivos. Y estas consideraciones son importantes también con relación a la actitud que los comunistas deben tener frente a las asociaciones sindicales actuales: todo lo que contribuye a reforzar su compacidad y fuerza consolida esta potencia que, en el futuro, se atravesará en el camino del progreso de la revolución.
El comunismo, al llevar a cabo una lucha de principio enérgica contra estas formas políticas de transición, es el representante de las tendencias revolucionarias vivas del proletariado. La acción revolucionaria del proletariado, al romper el aparato burgués del poder y al abrir la vía a la dominación de la burocracia sindical, empuja inmediatamente las masas a la creación de sus propios órganos, los Consejos, los cuales minan enseguida por la base el mecanismo burocrático de los sindicatos. La organización del sistema de los Soviets representa al mismo tiempo la lucha del proletariado para sustituir la forma imperfecta de la dictadura por su forma perfecta. Pero teniendo en cuenta el trabajo intenso requerido por estos intentos incesantes de dar a la economía una «nueva organización», una burocracia de dirigentes podrá conservar todavía durante mucho tiempo un gran poder, y la capacidad de las masas para desembarazarse de él sólo irá creciendo lentamente. Estas formas y fases diversas de la evolución no se suceden por orden, del modo abstractamente regular en que las exponemos lógicamente, una tras la otra, como expresión de los diversos estadios de madurez de la evolución. Sino que estas formas y fases se desarrollan una al lado de la otra, se mezclan y se entrecruzan como un caos de tendencias que se completan, se combaten y se neutralizan y cuya lucha contiene todo el desarrollo de la revolución. «Las revoluciones proletarias —decía ya Marx— se critican a sí mismas constantemente, interrumpen continuamente su propio curso, vuelven a lo que aparentemente ya era perfecto, para volver a comenzar; se burlan con una severidad radical de las medias medidas, de las debilidades y de las vacilaciones de sus primeros intentos; parecen abatir a sus enemigos sólo para que éstos puedan extraer de la tierra fuerzas nuevas y levantarse de nuevo, desmesuradas, contra ellas...». Los poderes que surgen del proletariado como expresión de su fuerza todavía insuficiente deben ser sobrepasados en el proceso del desarrollo de esta fuerza, desarrollo por antagonismos y, por tanto, catastróficos, por medio de la lucha. Al principio hubo acción. Pero ésta no es más que el principio. Abatir una dominación requiere un solo momento de voluntad unitaria; pero sólo la unidad permanente —posible únicamente si se tiene una visión clara— puede hacer que la victoria se mantenga. Si no, sobreviene el retroceso, no como un retorno de los antiguos dueños, sino como un poder nuevo, bajo una forma nueva, con personas e ilusiones nuevas. Cada fase nueva de la revolución hace aparecer una capa nueva de dirigentes aún no utilizados, en tanto que representantes de formas determinadas de organización. Y la superación de esta capa significa, a su vez, un estadio más elevado en la auto-liberación del proletariado. La fuerza del proletariado no es la fuerza ciega de la acción momentánea, que expulsa al enemigo, sino el poder espiritual que remonta la sujeción espiritual antigua y, así, sabe conservar fuertemente agarrado lo que se conquistó en el impulso del asalto. El crecimiento de esta fuerza en el curso de las diversas etapas de avance y retroceso de la revolución es el crecimiento de la libertad del proletariado.
VIII
Mientras que en Europa occidental el capitalismo se descompone cada vez más, en Rusia, a pesar de las dificultades enormes, la producción se organiza bajo un nuevo orden. La dominación del comunismo no significa que toda la producción se realice de modo comunista —esto no es posible más que después de un largo proceso evolutivo— sino que la clase obrera dirige la producción hacia el comunismo con una determinación consciente (16). En ningún momento, tal evolución puede ir más allá de lo que permite el substrato técnico y social existente, y tiene que presentar formas de transición en las que aparecen restos del antiguo mundo burgués. Por lo que sabemos en Europa occidental sobre la situación rusa, esas formas se encuentran allí en acción.
Rusia es un gigantesco país de campesinos en el que la industria no se ha desarrollado como en Europa occidental hasta convertirse en una «manufactura» del mundo y hacer de la exportación y de la expansión una cuestión vital; se ha desarrollado justo lo suficiente como para permitir la formación de una clase industrial capaz, en tanto que clase evolucionada, de hacerse cargo de la dirección de la sociedad. La agricultura da ocupación a la masa del pueblo, y las grandes explotaciones modernas son allí una minoría, de gran interés, no obstante, para la evolución comunista. La parte principal está constituida por pequeñas explotaciones —no pequeñas empresas miserables y explotadas— sino empresas capaces de garantizar el bienestar a los campesinos y a las que el gobierno de los Soviets intenta ligar cada vez más al conjunto, por medio de suministros de materias auxiliares e instrumentos, al igual que a través de una enseñanza intensiva, cultural y técnica. Dicho esto, se comprende que esta forma de explotación produzca cierto espíritu individualista, extraño al comunismo, que en los campesinos ricos se convierte frecuentemente en un sentimiento hostil, netamente anticomunista. Sin duda alguna, la Entente ha especulado con esta circunstancia en sus proyectos de comercio con las cooperativas, a fin de suscitar un movimiento burgués de oposición, atrayendo a estos elementos al círculo de la avidez burguesa de ganancia. Pero el miedo a la reacción feudal, actuando como un poderoso interés, les une al gobierno actual. Tales intentos están destinados al fracaso y, si se hunde el imperialismo de Europa occidental, este peligro desaparecerá totalmente.
La industria es una producción donde no hay explotación, regulada en su mayor parte de modo centralizado; es el corazón de la organización nueva, y la dirección del Estado se basa en el proletariado industrial. Pero incluso esta producción se encuentra en un período de transición; los funcionarios técnicos y administrativos ejercen, en la fábrica y en el Estado, un poder más grande que el compatible con un comunismo en desarrollo. La necesidad de acrecentar rápidamente la producción y, más aún, la necesidad de crear un buen ejército contra los asaltos de la reacción, constriñe a poner remedio, en un tiempo muy acelerado, a la escasez de fuerzas dirigentes; la amenaza del hambre y los asaltos enemigos no permitieron volcar todas las fuerzas en la elevación, a un ritmo más lento, de la capacidad general y del desarrollo de todos como base de una comunidad (Gemeinwesen) comunista. De manera que de los nuevos jefes y funcionarios ha tenido que salir una burocracia nueva que absorbe en sí los restos de la antigua y cuya existencia es considerada a veces con preocupación como un peligro para el orden nuevo. Este peligro sólo puede ser alejado por un profundo desarrollo de las masas, y se pone atención en ello con un celo inflamado, pero la base duradera de tal desarrollo sólo puede estar constituida por la abundancia comunista, gracias a la cual el hombre deja de ser esclavo de su trabajo. Únicamente la abundancia crea la condición material de la igualdad y de la libertad; mientras la lucha contra la naturaleza y contra las potencias del capital es aún una lucha enconada, seguirá siendo necesaria una especialización excesiva.
Según nuestro análisis, es notable que el curso diferente de la evolución en Europa occidental —donde la prevemos sólo en el desarrollo ulterior de la revolución— y en Rusia engendre la misma estructura político-económica: una industria organizada de modo comunista en la que los consejos obreros constituyen el elemento de la administración autónoma, bajo la dirección técnica y la dominación política de una burocracia obrera; mientras que, al mismo tiempo, en las numerosas explotaciones pequeñas y medianas, la agricultura conserva un carácter individualista y pequeño-burgués. Sin embargo, esta coincidencia no es extraña puesto que una estructura social semejante no está determinada por la historia política pasada, sino por las condiciones técnico-económicas fundamentales —el grado de desarrollo de la técnica industrial y agrícola, al igual que la cultura de las masas— que son idénticas en un lugar y en otro (17). Pero al lado de esta coincidencia, hay también una gran diferencia de significación del objetivo. En Europa occidental, esta estructura político-económica constituye un estado de transición en el que la burguesía intenta, en última instancia, detener su ruina, mientras que en Rusia se intenta conscientemente dirigir la evolución hacia el comunismo. En Europa occidental, esta estructura constituye una fase de la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía; en Rusia, una fase de la nueva organización económica. Bajo formas externas idénticas, Europa occidental se encuentra en la línea descendente de una civilización moribunda: Rusia, en el movimiento ascendente de una civilización nueva.
Cuando la revolución rusa era todavía joven y débil y esperaba su salvación del estallido rápido de la revolución europea, predominaba otra concepción sobre su importancia. Se decía entonces: Rusia no es más que una avanzadilla de la revolución en la que, por un venturoso azar de circunstancias, el proletariado ha podido adueñarse del poder tan rápidamente, pero este proletariado es débil e inculto y casi desaparece entre la masa infinita de campesinos. El proletariado de la Rusia atrasada económicamente no puede marchar en cabeza más que temporalmente; pero desde el momento en que las masas enormes del proletariado de Europa occidental se hayan levantado, con sus conocimientos y su preparación cultural, con su instrucción técnica y organizativa, y hayan tomado el poder en países industriales más desarrollados, de civilización antigua y rica, entonces se asistirá al florecimiento del comunismo, a cuyo lado el meritorio comienzo ruso parecerá débil y pobre. Allí donde el capitalismo despliega su mayor fuerza: en Inglaterra, en América, en Alemania, y allí donde ha preparado el nuevo modo de producción, allí se encuentra el núcleo y la fuerza del nuevo mundo comunista.
Este modo de ver no tenía en cuenta las dificultades de la revolución en Europa occidental. Allí donde el proletariado no alcanza sino lentamente una dominación sólida, y donde la burguesía sabe reconquistar aquí y allá el poder, o una parte del poder, no se llega a una organización de la economía. Una reconstrucción capitalista es imposible. Cada vez que la burguesía tiene las manos libres, crea un nuevo caos y destruye los fundamentos que habrían podido servir para construir una producción comunista. Por la reacción sanguinaria y la devastación, continúa impidiendo la consolidación del orden proletario nuevo. Esto se produjo también en Rusia: la destrucción de las instalaciones industriales y mineras en los Urales y en el Donetz por Kolchak y Denikin, al igual que, y sobre todo, la necesidad de emplear en la lucha contra ellos a los mejores obreros y la parte principal de la fuerza productiva, ha quebrantado profundamente la economía. Ha dañado gravemente y arrasado el edificio comunista, y aun cuando la reanudación de las relaciones comerciales con América y Europa occidental puede provocar un fuerte y nuevo desarrollo, será necesaria la mayor y más heroica abnegación de las masas de Rusia para reparar completamente los estragos. Pero —y ahí está la diferencia— en Rusia la república de los Soviets permanece firme y sólida como centro organizado de una fuerza comunista que había adquirido ya una gran solidez interna. Se destruirá y se matará otro tanto en Europa occidental, y aquí también serán aniquiladas en la lucha las mejores fuerzas del proletariado. Pero aquí falta la fuente de una fuerza constituida por un gran Estado soviético organizado ya sólidamente. En la devastadora guerra civil, las clases se agotan recíprocamente, y mientras no pueda llevarse a cabo la reconstrucción, el caos y la miseria reinarán. Así ocurrirá en los países donde el proletariado no haya visto su tarea claramente y con una voluntad unitaria, en los países donde las tradiciones burguesas debilitan y dividen a los obreros, ensombrecen su vida y envilecen sus corazones. Se necesitarán años antes de que en los países capitalistas antiguos la influencia apestada y paralizante de la civilización burguesa sobre el proletariado sea superada. Y, mientras tanto, la producción seguirá estancada y el país se convertirá en un desierto económico.
Al mismo tiempo que Europa occidental sale penosamente de su pasado burgués y se estanca económicamente, en Oriente, en Rusia, la economía arranca en el orden comunista. Lo que distinguía a los países de capitalismo evolucionado del Oriente rezagado era la posesión inmensa de medios de producción materiales y espirituales: una densa red de vías férreas, de fábricas, de barcos, una población densa e instruida técnicamente. Pero en la catástrofe del capitalismo, durante la larga guerra civil, en el período de marasmo, cuando se produce demasiado poco, esta posesión se pierde, consumida o destruida. Las fuerzas productivas indestructibles, la ciencia, las capacidades técnicas, no están ligadas a estos países; sus representantes encuentran una nueva patria en Rusia donde, a través del comercio, aún podrá encontrar refugio una parte de la riqueza material y técnica de Europa. El acuerdo comercial de la Rusia de los Soviets con Europa occidental, si se realiza seria y poderosamente, tiende a reforzar esta posición porque promueve la reconstrucción económica de Rusia, mientras que en Europa occidental la catástrofe es diferida, la ruina es contenida. Esto da al capitalismo un momento de respiro y paraliza la fuerza de acción revolucionaria de las masas, no se sabe por cuánto tiempo ni en qué medida. Esto se manifestará políticamente en la apariencia de estabilidad, que podrá revestir una forma de gobierno burgués o una de las otras formas descritas más arriba y, al mismo tiempo, por el dominio del oportunismo en el movimiento comunista; los partidos comunistas de Europa occidental tomarán una posición legal, reconociendo los viejos métodos de lucha, participando en el trabajo parlamentario y en la oposición leal en los viejos sindicatos, como ya hizo la socialdemocracia y, frente a esto, la corriente sindical, revolucionaria, será reducida a la minoría. Pero un verdadero resurgir del capitalismo es totalmente inverosímil; el interés privado de los capitalistas que comercian con Rusia se preocupará poco de la economía general y, en busca de la ganancia, enviará a Rusia elementos fundamentales de producción, y el proletariado no podrá ser sometido de nuevo. Así la crisis se irá arrastrando; una mejora duradera es posible y se verá siempre frenada; el proceso de la revolución y de la guerra civil es diferido y alejado, la dominación completa del comunismo y el comienzo de un nuevo desarrollo es aplazado a un futuro lejano. Durante este tiempo, en Oriente, la economía se pone en pie por un desarrollo vigoroso y sin trabas, abre vías nuevas apoyándose en una ciencia de la Naturaleza más elevada —que Occidente no sabe utilizar— unida a la ciencia nueva de la sociedad, por la conquista reciente del poder de las fuerzas sociales por la humanidad. Y estas fuerzas, centuplicadas por las energías nuevas surgidas de la libertad y de la igualdad, harán de Rusia el centro del nuevo orden comunista mundial.
Ciertamente, no será la primera vez en la historia, en el paso a una forma nueva de producción —o en una de sus fases— que el centro del mundo se desplaza a otras regiones del mundo. En la Antigüedad, esto comenzó en Asia Menor hacia la Europa del Sur; en la Edad Media, de la Europa meridional hacia la Europa occidental; con la llegada del capital colonial y comercial, España se convirtió en el país dirigente, después Holanda e Inglaterra; con el advenimiento de la industria, le llegó la vez a Inglaterra. Las causas de estas migraciones deben ser comprendidas desde un punto de vista general; allí donde las formas económicas anteriores han alcanzado el desarrollo más grande, las fuerzas materiales y espirituales, las instituciones político-jurídicas que garantizan la existencia de estas formas y son necesarias para su despliegue completo, se han solidificado hasta tal punto que representan un obstáculo casi insuperable para la evolución de nuevas formas. Así, al final de la Antigüedad, la institución de la esclavitud se convirtió en un obstáculo para el desarrollo de la organización feudal; así, los estatutos gremiales actuaron de tal forma en las grandes y ricas ciudades medievales, que la manufactura capitalista posterior sólo pudo desarrollarse en otros lugares, que hasta entonces no eran importantes; así, la organización política del absolutismo francés que, bajo Colbert, impulsaba la industria, más tarde, en el siglo 18º, impidió la introducción de la nueva gran industria, que hizo de Inglaterra un país industrial. En la naturaleza orgánica hay también una ley equivalente que, en oposición a la «supervivencia» darwiniana del «más apto», podría llamarse «survival of the unfitted», «supervivencia del no-apto». Cuando un tipo de animal —los saurios de la era secundaria, por ejemplo— se ha especializado y diferenciado en una riqueza de formas que están plenamente adaptadas a las condiciones de vida de la época, entonces se ha hecho incapaz de evolucionar hacia un tipo nuevo: todas las aptitudes y posibilidades de evolución se pierden y ya no se vuelven a encontrar. La formación de un tipo nuevo proviene de formas primitivas originales que, al estar indiferenciadas, han conservado todas las posibilidades de evolución y desaparece la incapacidad de adaptación del tipo antiguo. El fenómeno del que la ciencia burguesa se desembaraza imaginando un «agotamiento de la fuerza vital» de una nación o de una raza, debe ser considerado como caso particular de esta ley orgánica que hace pasar continuamente, en el transcurso de la historia de la humanidad, la dirección de la evolución económica, política, cultural, de un pueblo, o de un país, a otro.
Ahora podemos columbrar las razones por las que el predominio de Europa occidental y América —que la burguesía atribuye gustosamente a una superioridad intelectual y moral de su raza— se hace evanescente, y a qué lugares es previsible que emigre. Países nuevos en los que las masas no están intoxicadas por los humos de la concepción burguesa del mundo, en los que un comienzo de desarrollo industrial arrancó los espíritus de la inercia antigua y despertó un sentimiento comunista de la colectividad; en los que existen las materias primas que permiten acoplar la técnica más elevada, heredada del capitalismo, a una renovación de las formas productivas tradicionales; en los que la presión ejercida desde arriba es lo suficientemente fuerte como para empujar a la lucha y a la formación de virtudes combativas, pero donde una burguesía preponderante no pueda ya impedir esta renovación: estos países serán los centros del nuevo mundo comunista. Rusia, que, con Siberia, forma por sí sola una parte del mundo, está ya en primera línea. Pero las mismas condiciones existen también, más o menos, en otros países de Oriente: India, China. Aun cuando haya otras causas de inmadurez, estos países no deben ser olvidados cuando se considera la revolución comunista mundial.
La revolución mundial no puede ser percibida en toda su importancia universal si se la considera únicamente desde el punto de vista de Europa occidental. Rusia no es sólo la parte oriental de Europa, sino también, en mayor medida, la parte occidental de Asia, y no sólo en el aspecto geográfico, sino también en el aspecto económico. La antigua Rusia tenía pocas cosas en común con Europa; era la parte situada más a Occidente entre las formaciones político-económicas que Marx calificaba de «despotismo oriental» y a las que pertenecen todos los gigantescos imperios asiáticos antiguos y nuevos. En el interior de estos países, sobre la base de la comunidad rural, de un campesinado, por así decir, uniforme en todas partes, se erigía un poder ilimitado de la nobleza y de los príncipes, apoyado en un tráfico comercial relativamente restringido, aunque importante y con un pequeño artesanado. El capital europeo ha penetrado en cada parte de este sistema de producción que se reproducía siempre de la misma manera en el transcurso de los siglos a pesar de los cambios de poder en la superficie. Lo ha disuelto, sometido, explotado, empobrecido, a través del comercio, del avasallamiento y del pillaje directo, explotando sus riquezas naturales, construyendo vías férreas y fábricas, concediendo empréstitos de Estado a los príncipes, exportando productos alimenticios y materias primas, es decir, por medio de lo que se entiende bajo la denominación de política colonial. Mientras que la India, con sus riquezas inmensas, fue, ya tempranamente, conquistada, saqueada y proletarizada e industrializada, los otros países sólo cayeron más tarde en las redes del capital financiero gracias a la política colonial moderna. De igual modo, Rusia, aunque desde 1700 apareció exteriormente como una potencia europea, se convirtió en una colonia del capital europeo; gracias a sus relaciones guerreras inmediatas con Europa, emprendió antes y más rápidamente el camino por el que más tarde la seguirían Persia y China. Antes de la última guerra, el 70% de la industria siderúrgica, el 90% de la producción de platino, el 75% de la industria del petróleo, se encontraban en manos de los capitalistas europeos que, además, a través de las enormes deudas de Estado del zarismo, explotaban a los campesinos rusos hasta los límites del hambre. Mientras que la clase obrera trabajaba en Rusia en condiciones parecidas a las de la clase obrera de Europa, lo que permitió una comunidad de ideas revolucionarias marxistas, Rusia era, por su situación económica compleja, el más occidental de los imperios asiáticos.
La revolución rusa es el comienzo de la gran revuelta de Asia contra el capital europeo occidental concentrado en Inglaterra. Aquí normalmente se considera su influencia sobre Europa occidental, donde los revolucionarios rusos se han convertido, por su alta formación teórica, en los maestros del proletariado en rebelión para acceder al comunismo. Pero tan importante es su acción sobre Oriente. De hecho, las cuestiones asiáticas dominan casi más la política de la república de los soviets que las cuestiones europeas. Desde Moscú, a donde llegan las delegaciones de las razas asiáticas una tras otra, es lanzado, a través de toda Asia (18), el grito de libertad y de autodeterminación de todos los pueblos; el llamamiento a la lucha contra el capital europeo. A partir de la República Soviética de Turán se establecen lazos entre la India y los países musulmanes; en el sur de China, los revolucionarios intentan imitar la constitución de soviets; el movimiento panislámico bajo dirección turca, y que va creciendo en el Próximo Oriente, intenta apoyarse en Rusia. Aquí está el contenido esencial del combate mundial entre Rusia e Inglaterra, protagonistas de dos sistemas de sociedad. Esta lucha no puede, a pesar de pausas provisionales, acabar en una paz real, porque el proceso de fermentación se amplía cada vez más en Asia. Los políticos ingleses que miran un poco más lejos que el pequeño burgués demagogo Lloyd Georges, ven muy bien el peligro que amenaza la dominación mundial de Inglaterra y, por ahí mismo, a todo el capitalismo. Dicen, con toda razón, que Rusia es más peligrosa que jamás lo fue Alemania. Pero no pueden afirmarlo enérgicamente porque el movimiento revolucionario que comienza a agitar al proletariado inglés no consiente siquiera otro gobierno que el de la demagogia pequeñoburguesa.
Los asuntos de Asia son los propios asuntos de la humanidad. En Rusia, en China, en la India, en la llanura ruso-siberiana, en los fértiles valles del Ganges y del Yangtsé, viven 800 millones de hombres, más de la mitad de la población de la Tierra, casi tres veces más que en los países capitalistas de Europa. Dejando aparte Rusia, se presentan, ante todo, como gérmenes de revueltas: de un lado, poderosos movimientos de huelga susceptibles de inflamarse allí donde los proletarios industriales están establecidos, como Bombay y Hangkeu, por ejemplo; por otro, movimientos nacionales que acceden difícilmente a una comprensión nacional. En la medida en que las poco abundantes noticias de prensa inglesa, pasablemente silenciosa, permiten afirmarlo, la guerra mundial ha reforzado los movimientos nacionales, reprimidos enseguida violentamente, al tiempo que la industria se encuentra en un auge repentino tan poderoso que el oro fluye en masa de América hacia el Extremo Oriente. Cuando la ola de la crisis alcance a estos países —Japón parece tocado ya— habrá que contar con un nuevo combate. Hay que plantear la cuestión de saber si se debe apoyar los movimientos puramente nacionalistas que intentan llegar a un gobierno nacional capitalista, teniendo en cuenta que se comportan como enemigos frente al movimiento de liberación propiamente proletario. Pero es probable que el desarrollo no tome este camino. Es cierto que la comprensión creciente de la burguesía indígena está orientada hacia el nacionalismo europeo y que propaga la idea de un gobierno nacional burgués sobre el modelo europeo occidental. Pero con la ruina de Europa, este ideal palidece y sin ninguna duda pasará bajo la fuerte influencia espiritual del bolchevismo ruso. Por ahí, se encontrará el medio de fundirlo en el movimiento de huelga y en el movimiento insurreccional del proletariado. Así, el movimiento de liberación nacional de Asia quizá acepte más rápidamente de lo que se podía esperar hasta ahora, según las apariencias, el sólido terreno material de una lucha de clase de los obreros y de los campesinos contra la opresión bárbara del capital mundial, el de un pensamiento mundial y de un programa comunista.
Al igual que en Rusia, no es un obstáculo que estos pueblos sean campesinos en su mayoría. Las comunidades (Gemeinwesen) comunistas no consisten en una multitud compacta de ciudades industriales. La agricultura deberá ocupar un gran lugar en ellas pues aquí deja de existir la separación capitalista entre regiones industriales y regiones agrícolas. Ante todo, el predominio del carácter agrícola hará la revolución más difícil porque la disposición espiritual es más difícil en este caso. Sin duda será necesario un largo período de subversión espiritual y política en estos países. En ellos, las dificultades son muy distintas que en Europa: menos activas que pasivas. Residen menos en la fuerza que habrá que oponer, que en la lentitud del despertar a la actividad, no en remontar el caos interior como en la formación de una fuerza homogénea para expulsar al explotador extranjero. No tomaremos aquí en consideración las diferencias específicas de estas dificultades: dispersión religiosa y nacional en la India, carácter pequeño-burgués en China. De cualquier modo que se desarrollen las formas políticas y económicas, el problema principal que se debe resolver primero es la destrucción de la dominación del capital europeo y americano.
La lucha difícil para la destrucción del capitalismo es la tarea común que tienen que realizar los trabajadores de Europa occidental y de Estados Unidos, pero codo con codo con millones de asiáticos. Si la revolución alemana toma un giro decisivo y se una a Rusia, si las masas revolucionarias combatientes irrumpen en Inglaterra y en América, si la revolución se pone en movimiento en la India, si el comunismo desplaza sus fronteras hasta el Rin y el Océano Índico, la revolución mundial entrará entonces en su fase más cercana y poderosa. Con sus vasallos de la Sociedad de Naciones y sus aliados japoneses y americanos, la dominación mundial de la burguesía, atacada desde el interior y desde el exterior, su potencia mundial amenazada por la guerra de liberación nacional, paralizada en el interior por la huelga y la guerra civil, se verá obligada a poner en pie ejércitos de mercenarios contra sus dos enemigos. Si la clase obrera inglesa, apoyada por el proletariado europeo, ataca a su burguesía, lucha por el comunismo de dos maneras: despejando el camino para éste en Inglaterra y ayudando a Asia a liberarse. Inversamente, podrá contar con el apoyo de la principal potencia comunista cuando los mercenarios armados de la burguesía intenten ahogar su lucha en la sangre; pues Europa y la isla que la precede no son más que una mitad del territorio que es prolongación del complejo territorial ruso-asiático.
El combate común contra el capital unificará las masas proletarias de todo el mundo. Y cuando los obreros europeos, profundamente agotados, se encuentren, finalmente, al cabo del duro combate, en la clara luz matinal de la libertad, saludarán en Oriente a los pueblos liberados de Asia y se darán la mano, en Moscú, la capital de la humanidad nueva.
Post scriptum
Las ideas desarrolladas más arriba fueron escritas en abril y enviadas enseguida a Rusia para que, si era posible, pudiesen servir de material a las decisiones tácticas del Comité Ejecutivo y del Congreso. Mientras tanto, la situación ha cambiado allí de tal manera que el Comité Ejecutivo de Moscú y los camaradas dirigentes en Rusia se han colocado enteramente del lado del oportunismo, de suerte que han dado a esta tendencia la preponderancia en el segundo Congreso de la Internacional Comunista. Esta política apareció primero en Alemania por la voluntad de Radek de imponer a los comunistas alemanes, por todos los medios intelectuales y materiales de que disponía gracias a la dirección del KPD, su táctica del parlamentarismo y del apoyo a los sindicatos centralizados, táctica que dividió y debilitó al movimiento comunista. Después que Radek ha sido nombrado secretario del Comité Ejecutivo, esta política se ha convertido en la política de todo el Comité Ejecutivo. Los intentos, vanos hasta entonces, de hacer que los Independientes alemanes se adhiriesen a Moscú, se prosiguieron con insistencia; por el contrario, los comunistas antiparlamentarios del KAPD, que, como nadie puede dudar, pertenecen naturalmente a la IC, fueron tratados con frialdad; se ha dicho que se habrían opuesto a la Tercera Internacional en todas las cuestiones importantes y que no podrían ser tolerados en ella más que bajo condiciones particulares. El Buró de Ámsterdam, que ella había admitido y tratado como su equivalente, ha sido cesado. Se discutió de adhesión con los delegados del centro del PS francés. Lenin explicó a los comunistas ingleses que no sólo debían participar en las elecciones parlamentarias, sino que también debían unirse al Partido Laborista —ese agrupamiento político de la mayoría de los dirigentes sindicales reaccionarios— que pertenece a la Segunda Internacional. En todas estas tomas de posición, lo que se manifiesta es la aspiración de los camaradas dirigentes rusos a establecer una alianza con las grandes organizaciones obreras de Europa Occidental que no son todavía comunistas. Mientras que los comunistas de izquierda ponen en obra una política destinada a hacer a las masas obreras más conscientes y revolucionarias a través de la lucha de principios más encarnizada contra las tendencias burguesas, social-patriotas e indecisas, y contra sus representantes, la dirección de la Internacional intenta conseguir que se adhieran masivamente a Moscú, sin que para ello sea necesario que cambien completamente sus concepciones fundamentales.
Lo que resalta del folleto de Lenin que acaba de aparecer, «La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo», es exactamente lo contrario de lo que los bolcheviques rusos, en otros tiempos maestros de la táctica de izquierda por sus acciones, aconsejaron a los comunistas de izquierda de Europa Occidental. Su importancia no reside en su contenido, sino en la persona de su autor. En efecto, sus argumentos no proponen prácticamente nada nuevo; en su mayoría son los mismos que ya han sido utilizados también por otros; pero lo llamativo es que hoy son utilizados por Lenin. Por eso, no se trata de combatirlos —sus defectos descansan en su mayoría en que se pone en el mismo plano las condiciones, los partidos, las organizaciones, la práctica parlamentaria, etc., de Europa Occidental y las de Rusia— u oponerles otros argumentos, sino de comprender que aquí aparecen como emanación de una política determinada.
Se puede descubrir sin dificultad el fundamento de esta política en las necesidades de la República de los Soviets. Mientras que los esfuerzos para la guerra paralizaban el desarrollo vigoroso de la producción, los levantamientos reaccionarios de Kolchak y Denikin destruyeron las bases de la siderurgia rusa. Para su reconstrucción económica, Rusia tiene una necesidad apremiante de máquinas, de locomotoras, de herramientas que únicamente puede entregarle la industria que ha quedado intacta en los países capitalistas. Para esto le son necesarias relaciones comerciales pacíficas con el resto del mundo, y más precisamente con los países de la Entente, los cuales, recíprocamente, dependen de las materias primas y de los productos alimenticios de Rusia si quieren impedir el hundimiento de su capitalismo. Por tanto, la República soviética rusa debe —obligada como está por la lentitud del desarrollo revolucionario en Europa Occidental— buscar un modus vivendi con el mundo capitalista, ceder una parte de sus riquezas naturales para poder comprar, y renunciar a alentar directamente la revolución en otros países. No hay nada que objetar a este acuerdo, que es reconocido como una necesidad por ambas partes; pero no sería sorprendente si este sentimiento de necesidad, y el comienzo de la puesta en práctica de un acuerdo con el mundo burgués, originasen una predisposición intelectual a la moderación en las maneras de ver. La Tercera Internacional, en tanto que unión de los partidos comunistas que prepara la revolución proletaria en todos los países, debería permanecer formalmente fuera de la política gubernamental de la República rusa y realizar sus misiones de modo completamente independiente de ella. Pero, en la realidad, esta separación no existe. De igual manera que el PC constituye la columna vertebral de la República soviética, el Comité Ejecutivo, por la persona de sus miembros, está unido del modo más estrecho a los órganos de dirección de la República de los Soviets y constituye así un instrumento gracias al cual estos órganos dirigentes intervienen en la política europeo-occidental. Por tanto, es completamente comprensible que la táctica de la Tercera Internacional —cuando esta táctica es determinada unitariamente y dirigida centralmente para todos los países capitalistas por un congreso— esté influenciada no sólo por las necesidades de la propaganda comunista en sus países, sino también por las necesidades políticas de la Rusia de los Soviets.
Así pues, las potencias mundiales enemigas, las del capital y el trabajo, Inglaterra y Rusia, necesitan ambas intercambiar de manera pacífica mercancías para reconstruir su economía. Pero estas necesidades directamente económicas no son lo único que determina su política; hay también la profunda contradicción económica entre burguesía y proletariado, la cuestión del futuro que se manifiesta en que poderosos grupos capitalistas intentan impedir todo acuerdo por su hostilidad de principio efectiva. El gobierno soviético sabe que no puede contar con la comprensión de Lloyd Georges y la necesidad de paz de Inglaterra, pues éstas son la consecuencia inevitable de la fuerza invencible del Ejército Rojo, por un lado y, por el otro, de la presión que los obreros y los marinos ingleses ejerzan sobre su gobierno. Sabe que la amenaza del proletariado de la Entente representa una de sus armas más importantes para paralizar los gobiernos imperialistas y obligarlos a negociar. Por eso debe fortalecer lo más posible este arma. Para eso, lo que necesita no es un partido comunista de izquierda que prepare una revolución radical para el futuro, sino una gran fuerza proletaria organizada que intervenga a favor de Rusia y a la que su propio gobierno tenga que tener en cuenta. En lo inmediato, necesita masas más importantes, incluso si no son totalmente comunistas. Si las gana para sí, entonces su adhesión a Moscú es una señal para el capital mundial de que ya no es posible la guerra a ultranza contra Rusia y de que, por consiguiente, son ineluctables la paz y las relaciones comerciales.
Por esta razón se debe defender en Moscú una táctica comunista para Europa Occidental que no contradiga demasiado violentamente las concepciones y los métodos tradicionales de las grandes masas obreras organizadas, que son determinantes. De la misma manera, habría que intentar reemplazar lo más rápidamente posible en Alemania el gobierno de Ebert, que se ha dejado utilizar como un instrumento de la Entente contra Rusia, por un gobierno orientado al Este; y sólo porque el PC, en cuanto tal, era demasiado débil, era posible servirse de los Independientes. Una revolución en Alemania habría reforzado enormemente la posición de la Rusia soviética frente a la Entente. Sin embargo, una tal revolución, en su desarrollo más amplio, podría llegar a ser incómoda para la política de paz y de acuerdo con la Entente, dado que una revolución proletaria radical equivaldría a romper el tratado de Versalles y a reanudar la guerra; los comunistas de Hamburgo tenían la intención de prepararse activamente por adelantado para esta guerra. Después de esto, Rusia sería arrastrada también a la guerra y, aunque su potencia exterior se acrecentaría por este hecho, su reconstrucción económica y la eliminación de su miseria serían remitidas a un futuro más lejano. Es posible prevenir estas consecuencias, pero a condición de que la revolución alemana sea contenida dentro de ciertos límites, de manera que aumentaría fuertemente el poder de los gobiernos obreros coaligados contra el capital de la Entente, sin que esto les obligase, no obstante, a entablar de manera imperiosa una guerra inmediata. Lo que se necesitaría para esto no es la táctica de izquierda del KAPD, sino un gobierno de los Independientes, del KPD y de los sindicatos bajo la forma de una organización de consejos según el modelo ruso.
Pero esta política tiene perspectivas más amplias todavía que la simple obtención de una posición más favorable para negociaciones inmediatas con la Entente. Su objetivo es la revolución mundial; pero es evidente que el carácter particular de esta política debe corresponder también a una concepción particular de la revolución mundial. La revolución, que actualmente avanza por el mundo, que pronto cubrirá a Europa central y después a Europa occidental, es impulsada por el hundimiento económico del capitalismo; si el capital no logra provocar un desarrollo de la producción, las masas deberán recurrir a la revolución si no quieren perecer sin hacer nada. Pero, al tiempo que necesitan hacer la revolución, las grandes masas se encuentran todavía en la dependencia intelectual de las antiguas concepciones, de las antiguas organizaciones y de los antiguos jefes, y son éstos en primer lugar los que se adueñarán de su fuerza. Por esta razón hay que establecer la diferencia entre la revolución aparente, que destruye el poder de la burguesía y hace imposible el capitalismo, y la revolución comunista que se realiza durante un largo proceso, que transforma las masas en su fuero interno, y en la cual la clase obrera, liberándose de todas sus cadenas, toma firmemente en sus manos la construcción del comunismo. Es deber del comunismo desenmascarar las fuerzas y las tendencias que quieren detener la revolución a mitad de camino, indicar a las masas la vía de esta revolución y, librando la lucha más encarnizada por sus objetivos lejanos, por su pleno poder, despertar en este proletariado la fuerza que le permitirá llevar la revolución más lejos. No puede hacer esto más que si desde ahora libra este combate contra las tendencias de los jefes, las cuales frenan el proceso, y contra el poder de los jefes. El oportunismo quiere asociarse con ellos y participar en el nuevo poder; cree poder conducirlos por la vía del comunismo, pero de hecho son ellos los que lo comprometen. Al declarar que esta táctica es la táctica comunista oficial, la Tercera Internacional pone el sello de la «revolución comunista» a la toma del poder por las organizaciones que han llegado a él y por sus jefes, consolida el poder de estos jefes, y hace más difícil la continuación de la revolución.
Desde el punto de vista de la salvaguarda de la Rusia soviética, esta concepción del objetivo de la revolución mundial es, sin ninguna duda, inatacable. Si en los otros países de Europa hay un sistema político similar al que existe en Rusia: poder de una burocracia obrera que se apoya en la base de un sistema de consejos, entonces el poder del imperialismo mundial es vencido y derrocado, al menos en Europa. Rusia, rodeada de repúblicas obreras ligadas con ella por la amistad, puede entonces, sin temor a una guerra de agresión reaccionaria, poner en obra tranquilamente la edificación económica del comunismo. Se comprende, pues, que lo que nosotros consideramos como una forma de transición temporal, insuficiente, que hay que combatir con todas nuestras fuerzas, es para Moscú la realización de la revolución proletaria, el objetivo de la política comunista.
De ello se derivan igualmente consideraciones críticas que, desde el punto de vista del comunismo, se pueden emitir contra esta política. Residen sobre todo en el efecto intelectual retroactivo que tiene sobre Rusia misma. Si la capa dominante en Rusia fraterniza con la burocracia obrera europeo-occidental —que está corrompida por su situación, por su oposición a las masas, por su asimilación al mundo burgués— y se apropia su espíritu, puede perderse la fuerza que Rusia debe continuar ejerciendo por el camino de la revolución; si se apoya en el campesinado propietario de sus tierras contra los obreros, no serían imposibles una desviación del desarrollo hacia formas agrarias burguesas y, a continuación, un estancamiento de la revolución mundial. Residen además en el hecho de que este mismo sistema político, que para Rusia nació como forma de transición práctica hacia la realización del comunismo —y que no podía cristalizar en una burocracia sino bajo ciertas condiciones— significa, en Europa Occidental, desde el principio, un obstáculo reaccionario para la revolución. Ya hemos subrayado que un tal «gobierno obrero» no podrá desencadenar las fuerzas necesarias a la construcción del comunismo. Puesto que, tras esta revolución, las masas burguesas y pequeño-burguesas (incluidos los campesinos) representan todavía una fuerza enorme —en proporción distinta a la de Rusia después de la revolución de Octubre—, la ausencia de esta construcción volverá a sacar adelante la reacción con bastante facilidad mientras que, al mismo tiempo, las masas proletarias deberían hacer nuevos esfuerzos para desembarazarse de este sistema.
Pero se puede uno preguntar si esta política de una revolución mundial insulsa puede alcanzar su objetivo y si, más bien al revés, como toda política oportunista, no reforzaría a la burguesía. En efecto, jamás se hace avanzar la revolución cuando la oposición más radical, en lugar de impulsar esta revolución adelante por medio de una lucha despiadada, se asocia de antemano con la oposición más moderada, con vistas a repartirse el poder; la fuerza ofensiva global de las masas se debilita por ello de tal modo que frena y hace difícil el hundimiento del sistema dominante.
Las verdaderas fuerzas de la revolución no se encuentran en la táctica de los partidos y en la política de los gobiernos, sino en otro lugar. A pesar de todas las negociaciones, no puede haber paz real entre los mundos imperialistas y comunistas: mientras que Krasin negociaba en Londres, los ejércitos Rojos aplastaban al ejército polaco y alcanzaban las fronteras de Alemania y Hungría. De este modo la guerra se desplaza hacia Europa central; y las contradicciones de clase, que se han intensificado aquí hasta lo insoportable, el hundimiento económico interno completo, que hacen la revolución inevitable, la miseria de las masas, la rabia de la reacción armada, todo esto hará que se inflame la guerra civil en estos países. Pero si las masas se ponen en movimiento en esta zona, su revolución no se dejará arrinconar dentro de los límites que la política oportunista de sus jefes prudentes le prescribe; debe ser más radical y profunda que en Rusia, pues hay que remontar resistencias mucho más poderosas. Frente a las fuerzas desencadenadas y caóticas de la naturaleza que saltarán de las profundidades de tres pueblos arruinados y que darán un nuevo impulso a la revolución mundial, las conclusiones del Congreso de Moscú no tienen más que una importancia secundaria.
Anton Pannekoek, Viena, 1920
Este texto fue publicado originalmente en De Nieuwe Tijd en 1920, en Kommunismus, el órgano teórico de la Comintern para el sureste de Europa; en Petrogrado bajo el título Die Entwicklung der Weltrevolution and die Taktik des Communismus, y como un folleto, incluyendo el «Post scriptum», por el Verlag der Arbeiterbuchhandlung (Editorial Libreria Obrera), la casa editorial del Partido Comunista de Austria.
Traducido al francés por Invariance
Traducido del francés por Emilio Madrid Expósito para el volumen Contra el nacionalismo, contra el imperialismo y la guerra: ¡revolución proletaria mundial!, publicado por Ediciones Espartaco Internacional en 2005; traducción que aquí ha sido corregida en algunas partes, además que se han incluido las notas al pie de página de la traducción al inglés realizada por D.A. Smart (que a su vez fueron traducidas por Roi Ferreiro)
Notas
(1) Este artículo, que fue escrito hace ya algún tiempo, es indudablemente una contribución preciosa al análisis y a la crítica de la táctica comunista, a pesar de que esté en contradicción con las directrices del Comité Ejecutivo de Moscú. Conforme a la tarea que se ha fijado nuestra revista —ser un punto de encuentro para la discusión de los problemas de la Internacional Comunista— lo publicamos con ocasión de la sesión del Segundo Congreso de la Internacional. Indiquemos, además, que este artículo aparecerá próximamente en folleto aparte (nota de Kommunismus).
(2) El tribunista S. J. Rutgers asistió al Primer Congreso del Comintern y retornó a Amsterdam a fines de 1919 para establecer allí el Buró Auxiliar de Europa Occidental de la Tercera Internacional. Él bien pudo haber sido el autor del artículo de orientación de izquierda acerca de las tácticas parlamentarias y sindicales en el único número del boletín del Buró, cuyos fondos resultaron ser abruptamente congelados por Moscú (Nota de la edición en inglés).
(3) Pannekoek confunde aquí los títulos de dos textos escritos por Radek durante su estancia en prisión: «El desarrollo de la Revolución alemana y las tareas del Partido Comunista», escrito antes del Congreso de Heidelberg, y «El desarrollo de la Revolución mundial y las tácticas de los Partidos Comunistas en la lucha por la Dictadura del Proletariado», escrito posteriormente. Éste últimos es el que se menciona (Nota de la edición en inglés).
(4) El siguiente párrafo se remite al «comunismo de la aldea» de Gorter en su Carta Abierta al Camarada Lenin (Nota de la edición en inglés).
(5) La conferencia en cuestión fue convocada para estructurar el Buró Auxiliar (Nota de la edición en inglés).
(6) Las primeras organizaciones sindicales a fines de la década de 1860 en el Ruhr eran la obra de sacerdotes católicos. A fines de los setenta, sin embargo, Bismarck abandonó su campaña contra el catolicismo y su representante político, el Zentrum (el precursor del CDU), con motivo de un frente único contra el Partido socialdemócrata (Nota de la edición en inglés).
(7) Esta expresión se había usado para justificar la colaboración con los socialistas en la Comuna de Hungría, a la cual los anteriores dirigentes del Partido Comunista húngaro, que controlaban Kommunismus, culparon de su derrumbamiento en agosto de 1919. En La enfermedad infantil del izquierdismo, Lenin insta a los comunistas británicos a que hagan campaña por el Partido Laborista donde no tengan candidato propio; «apoyarán así a Henderson como la soga da apoyo a un colgado», y el establecimiento inminente de un gobierno de los Henderson acelerará la defunción política de este último (Edición de Pekín, pp. 90-91) (Nota de la edición en inglés).
(8) El resto de este párrafo y los dos siguientes son citados por Gorter en la Carta Abierta (Nota de la edición en inglés).
(9) Recientemente, se ha propagado en Alemania el argumento según el cual los comunistas deberían entrar en el Parlamento a fin de persuadir a los obreros de su inutilidad. Sin embargo, no se toma un camino equivocado para demostrar que es falso, se prefiere ir enseguida por el buen camino (nota de A.P.).
(10) Karl Renner era el líder del ala revisionista del Partido Socialdemócrata Austriaco; Otto Bauer fue Secretario Exterior austriaco de noviembre de 1918 a julio de 1919 (Nota de la edición en inglés).
(11) Remitimos a la crítica detallada del camarada Kolosvary en la revista semanal vienesa Kommunismus (nota de A.P.).
(12) Ebert, Haase y Dissmann eran los miembros del Consejo de Comisionados del Pueblo, al que fue dada la autoridad suprema por la revolución de noviembre (Nota de la edición en inglés).
(13) Karl Legien era presidente de la Comisión General de Sindicatos desde 1890 y de su sucesora, la ADGB (Allgemeiner Deutscher Gewerkschaftsbund), desde su formación en 1919; Gustav Bauer, otro dirigente sindical, se convirtió en Ministro de Trabajo en 1919 y consecuentemente en Canciller (Nota de la edición en inglés).
(14) La falta de manifestación visible de violencia por parte de la burguesía en Inglaterra, despierta de vez en cuando la ilusión pacifista de que ya no sería necesaria una revolución violenta y de que se ocuparía de todo una formación construida partiendo de la base (como en el movimiento Guild y los Shop Committees). Es cierto que el arma más poderosa de la burguesía inglesa hasta hoy ha sido no la violencia, sino el hábil engaño; pero si es necesario, esta clase, que domina a escala mundial, sabrá recurrir también a una gran violencia (nota de A.P.).
(15) Respectivamente dirigentes socialistas y sindicalistas (Nota de la edición en inglés).
(16) La concepción del derrocamiento gradual del modo de producción que pretende eliminar progresivamente, a través de lentas reformas, el capitalismo y la explotación, se encuentra en oposición aguda con la concepción socialdemócrata. La supresión inmediata de toda ganancia del capital, y de toda explotación, por el proletariado victorioso es la condición primordial para que el modo de producción emprenda el camino del comunismo (nota de A.P.).
(17) Se encuentra un ejemplo conocido de un tal desarrollo convergente en la estructura social al final de la Antigüedad y en el comienzo de la Edad Media; véase Engels, El origen de la familia, capítulo VIII (nota de A.Р.).
(18) Aquí se encuentra el fundamento de la posición de Lenin en 1916, en la época de Zimmerwald, en oposición a la de Radek que defendía el punto de vista de los comunistas de Europa occidental. Estos últimos insistían en el hecho de que la solución del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos —que predicaban los socialdemócratas, al igual que Wilson— era solamente un engaño para el pueblo porque este derecho, bajo el imperialismo, sólo es una apariencia, una mentira, y por eso se debía combatir esa solución. Lenin vio en este punto de vista la tendencia de los socialistas de Europa occidental a rehuir la guerra de liberación nacional de los pueblos asiáticos; el medio a través del cual podrían sustraerse a la lucha radical contra la política colonial de su gobierno (nota de A.P.).