I. La nueva táctica
El camarada Kautsky ha respondido a mi artículo «Acciones de masas y revolución» publicado en el Die Neue Zeit con un artículo titulado «La nueva táctica», que tergiversa nuestra visión real en prácticamente cualquier punto presentado. Al no haber suficiente tiempo para responder en el Die Neue Zeit incluso antes del congreso del partido, nos gustaría, resumidamente, corregir las tergiversaciones más importantes aquí.
El titular, por si solo, caracteriza la visión de Kautsky sobre este tema. Él cree que nosotros queremos imponer una nueva táctica en el partido en lugar de la que él lleva sugiriendo. Él ya había escrito esto el año pasado:
«De esa particularidad de la situación no se deduce sin embargo la necesidad de una nueva táctica para nuestro partido. Pannekoek es de opinión contraria. Él quiere demostrar que es necesaria una nueva táctica (1)».
A lo que yo respondí esto en mi artículo:
«A esto es fácil responder que nosotros no necesitamos hacer propuestas. La táctica que nosotros consideramos como correcta ya es la táctica del partido. Ella se ha impuesto prácticamente en las manifestaciones de masas sin que fuera necesario para ello propuestas concretas. Teóricamente el partido las ha aceptado en las Resoluciones de Jena, donde se habla de la huelga de masas como medio para la conquista de nuevos derechos políticos […] Si nosotros, a menudo, hablamos de una nueva táctica, lo hacemos no en el sentido de proponer nuevos principios o medidas […] sino para aportar una comprensión teórica clara sobre aquello que realmente ocurre. La táctica del proletariado se transforma, o mejor, se amplía en la medida en que incluye nuevos y más poderosos medios de lucha. Nuestra tarea como partido es despertar en las masas una clara conciencia de este hecho, de sus causas y también de sus consecuencias. Nosotros debemos aclarar exhaustivamente que la situación que deriva del aumento de las luchas de masas no es casual, de la cual no se puede decir nada, sino que es una situación persistente y normal para el último período del capitalismo. Nosotros debemos señalar que las acciones de masa realizadas hasta el momento son el comienzo de un período de la lucha de clases revolucionaria, en el cual el proletariado, en lugar de esperar pasivamente que catástrofes exteriores estremezcan al mundo, él mismo, en constante ataque y avanzando por medio de su trabajo sacrificado […] Esta es la “nueva táctica” que, con toda razón, podría ser llamada la continuación natural de la vieja táctica en su lado positivo (2)».
Uno podría pensar que esto es suficiente para clarificar la situación. Sin embargo, el hecho es que antes de nosotros, desde 1905, el partido alemán complementó y amplió teóricamente, y desde 1908 de forma práctica, sus antiguas tácticas con nuevos métodos de lucha, y al mismo tiempo vemos como las acciones de masas se intensifican cada vez más violentamente en todos los países. ¿Qué significa todo este fenómeno? Uno podría ser de la opinión, como Kautsky, de que son un fenómeno pasajero o secundario y que por tanto el centro de gravedad de nuestra lucha sigue estando en los métodos antiguos; uno también puede tener una opinión, como nosotros, de que el centro de gravedad de nuestra lucha esta siento movido más y más hacia estos nuevos métodos, sin que los viejos se conviertan en superfluos. En ambos casos uno estaría basándose en la táctica del partido. Por supuesto que existen diferencias entre Kautsky y nosotros en la práctica y en las tácticas; y solo el debate teórico puede revelar cuál de las dos visiones sobre el significado de la acción de masas está más cerca de la realidad, de ser la correcta. Sin embargo, este debate se desvía completamente del camino correcto cuando una de las dos tendencias intenta demostrar que tiene razón diciendo: «¡Mi oponente se mantiene lejos de la táctica del partido! ¡Ellos quieren establecer una nueva táctica!». ¿Pero qué tiene que decir Kautsky en respuesta a estos hechos? Así él se explica:
«Cuando se pregunta a Pannekoek cuál sería esa táctica especial que él mismo defiende contra la dirección del partido, contra mí, contra muchos otros camaradas, en lugar de dar una respuesta se remite a la Resolución de Jena que fue aprobada por 287 contra 14 votos. Casi todos los revisionistas le dieron su aprobación: Bernstein, David, Peus, Südekum. ¿Han reconocido ya todos ellos “teóricamente” la táctica de Pannekoek, y en forma tan clara que éste pueda ahorrarse toda explicación detallada de esta táctica (3)?».
Kautsky podría simplemente preguntar lo que quisiese a los trabajadores que tomaron partido en las calles durante las manifestaciones de 1910 reconociendo «mis» tácticas. Por el contrario, yo he reconocido sus tácticas, no sus opiniones teóricas, pero si la realidad de sus acciones, y he desarrollado mis conclusiones a partir de ellas. Pero como ellos mismos han testificado con sus acciones, los delegados del partido de Jena en 1905, sin experiencia y en la situación de ese momento, tuvieron que reconocer la necesidad de un nuevo método de lucha votándolo. Algunos de ellos puede que hayan cambiado su opinión más tarde, Kautsky puede haber intentado hace dos años que la táctica de la huelga de masas era impensable en Alemania, pero nosotros solo tenemos que tratar con el hecho de que todo el partido ha reconocido antes y ahora la necesidad de nuevos métodos de lucha. Su significado y alcance serán determinados por el debate teórico.
Kautsky, sin embargo, ha tratado de propagar una táctica que hasta ahora ha sido ajena al partido, una táctica que, por supuesto, contradice todas las opiniones socialdemócratas; cargado con esta falsa idea, busca leer en nuestros discursos de que las organizaciones son superfluas, de que el parlamentarismo ya no es necesario y que debemos, semana tras semana, organizar nada más que acciones de masas. Es normal que se queje de la poca claridad y exhaustividad de sus explicaciones, porque lo que busca, por supuesto, no esta ahí. Está claro de que es un método muy sencillo y conveniente para deshacerse de la lucha de esta manera. Pero claramente no contribuye al propósito de clarificar las opiniones si se decide meramente a golpear hasta la muerte a lo que él cree que es el argumento.
II. La organización
En la mayoría de nuestros escritos hemos enfatizado varias veces de que la organización, junto a la perspectiva socialista, es el medio más importante de poder del proletariado, el único medio que coloca a los trabajadores para poder luchar de forma satisfactoria contra el capital y el capitalismo. Kautsky, sin embargo, ha descubierto que su gran estimación de la organización tiene una trampa:
«Según Pannekoek, uno se equivoca al considerar las organizaciones reales, concretas, del proletariado como aquellas que, aparte la difusión del conocimiento, son nuestra tarea más importante es mantener, desarrollar y perfeccionar. ¡De ninguna manera! Pannekoek muestra nulo interés en las organizaciones reales. Él está familiarizado con la idea de que estas perecerán en las próximas luchas (4)».
Parecería, entonces, que cualquiera que desee ser considerado un verdadero socialdemócrata y amigo de la organización no debe defender esta idea pecaminosa de que la organización podría perecer ante los cañonazos del enemigo. Pero es aún peor que bajo esta absurdidad de lo que yo estoy avocando; porque defiende desde mi argumento que, maravillosamente, es preciso la destrucción de organizaciones para «desarrollar la fuerza interna de la organización». De que al final del proceso revolucionario, cuando todas las organizaciones del proletariado sean completamente disueltas, «la totalidad de la clase obrera se organizará como una gran masa organizada», etc.
¿Qué es lo que realmente defiendo? En un breve resumen del desarrollo de las relaciones mutuas entre el poder de dos clases en el proceso de la revolución, yo primeramente desarrolle como la firme organización, la cohesión y la solidaridad de las masas proletarias en las acciones de masas sacudirán los medios de poder más importantes del enemigo, la organización estatal, y la destruirían. Por supuesto, tuve que preguntarme cuanto poder tendría el estado, por otro lado, para romper el poder de la organización que la amenaza, secuestrando a sus líderes y confiscando sus bienes. Ya escribí:
«Pero tales actos de violencia no lo ayudarán demasiado. El estado puede destrozar con ellos la forma externa de las organizaciones obreras, pero no puede afectar la esencia misma de éstas. La organización del proletariado, que nosotros calificamos como su más importante instrumento de poder, no debe ser confundida con la forma de las organizaciones y asociaciones actuales, que son la expresión de aquella dentro de los marcos aún firmes, del orden burgués. La esencia de esa organización es algo espiritual, la transformación del carácter de los proletarios. Puede ser que la clase dominante, aplicando sin escrúpulos la violencia de sus leyes y su policía, consiga destruir aparentemente a la organización: no por eso los trabajadores volverán de pronto a transformarse en los individuos atomizados de antes, que sólo eran movidos por un estado de ánimo transitorio o por sus intereses particulares. Permanecerán en ellos, más vivos que nunca, el mismo espíritu, la misma disciplina, la misma coherencia, la misma solidaridad, la misma costumbre de una acción organizada, y ese espíritu ha de ser capaz de crearse nuevas formas de actividad (5)».
La última frase podría haber dejado claro a Kausky lo equivocado que estaba con su interpretación. Si un camarada hubiera declarado antes o al principio, bajo la Ley Socialista, que el partido no podía ser destruido, ya que la esencia del socialismo vivía como algo espiritual en la mente de los trabajadores y seguiría así a pesar de todos los actos de violencia, Kautsky podría haberlo condenado con el mismo derecho por mostrar poco interés en el «partido real» y por agradecerle que pereciera; y sin duda habría declarado: uno está muy equivocado si cree que el amor de ese camarada por el partido se aplica a la organización del partido creada en Gotha en 1875. Y si ese camarada hubiera podido prever y escribir cuánto disminuirían la visión socialista y la unidad bajo la presión de la Ley Socialista, Kautsky lo habría refutado de manera similar: para él, la destrucción de la organización del partido parece ser la forma de hacer que el partido sea fuerte y poderoso.
Lo que para mí es una prueba de que el cuerpo de la organización crece una y otra vez, a pesar de todos los golpes de los oponentes, porque el espíritu organizativo vive en los trabajadores y no puede ser destruido, es transformado por Kautsky en exactamente lo contrario, en la opinión de que el cuerpo no es necesario y que el espíritu es suficiente. También hemos señalado en las columnas citadas anteriormente que el espíritu de organización, que no puede ser erradicado de los trabajadores por ningún medio violento, siempre creará nuevas formas de actividad. Probablemente no haya otra forma concebible de activar el espíritu de organización que unir y formar organizaciones de la forma que sea adecuada a las circunstancias particulares.
La necesidad de que los trabajadores desarrollen sus organizaciones de la mejor manera posible y conveniente en todas las circunstancias, incluida la actual, es evidente. No hay diferencia de opinión entre nosotros sobre la necesidad de sindicatos fuertes y centralizados, con funcionarios remunerados y arcas sólidas. Para Kautsky, sin embargo, la organización proletaria consiste esencialmente en la forma externa de estas asociaciones; para él no hay una diferencia profunda en esencia entre una organización de trabajadores y una asociación de empresarios. Para nosotros son completamente diferentes; para el trabajador, la organización no es simplemente una asociación de la que es miembro, sino una transformación completa de su naturaleza; en lugar del pensamiento individualista y egocéntrico de las clases burguesas, la solidaridad con sus compañeros, la disciplina hacia la asociación, la voluntad de hacer sacrificios por el conjunto, la subordinación constante de su persona y sus intereses personales a la comunidad, determinan completamente su espíritu. Ahí radica la gran fuerza interior de la organización: que los trabajadores se han convertido en personas completamente nuevas. No es el vínculo externo del estatuto con derechos y deberes lo que mantiene unidos a los trabajadores, sino solo la forma en que se expresa la fuerza interior lo que los une. Para Kautsky, tan pronto como desaparece el vínculo externo de la asociación y el estatuto, los miembros se desintegran como átomos sueltos; para nosotros, la fuerza interna que une a cada trabajador con sus compañeros, el espíritu organizativo, crea inmediatamente una nueva forma.
Por lo tanto, no es de extrañar que Kautsky considere la desaparición de la forma externa como el fin de la organización y su poder. Pero tiene un consuelo: la clase dominante no intervendrá y tendrá cuidado de no actuar contra las organizaciones de trabajadores. Esto no es del todo infundado, ya que la clase dominante, con toda seguridad y con razón, lo pensará detenidamente antes de decidir actuar. Porque tendrá que decirse a sí misma que, al fin y al cabo, es una pérdida de tiempo, que además le acarreará otras desventajas importantes. En la medida en que el optimismo de Kautsky está justificado, la razón radica en la misma fuerza que he destacado, el espíritu organizativo, que no puede ser destruido. Pero ¿podemos estar realmente seguros de que las clases dominantes nunca intentarán o podrán dañar a las organizaciones de trabajadores? Kautsky cree que solo es necesaria la precaución. Sin duda, la cautela es algo bueno; pero si esta es la lógica: si no atacamos a la burguesía, no nos hará daño, hay que señalar que no es posible que el proletariado «atenúe» su lucha de tal manera que ya no sea peligroso para la clase dominante; y solo el peligro real determina su acción contra los trabajadores. Si los trabajadores tuvieran que dejarse dominar en su lucha por el miedo: si los gobernantes tomaran medidas duras contra nuestras organizaciones, estas estarían perdidas, y entonces su poder quedaría paralizado. Por otro lado, la conciencia de que su poder organizativo reside en ellos mismos y que, por lo tanto, la esencia de la organización no puede ser afectada por fuerzas hostiles, impulsará su lucha al más alto nivel de energía.
III. La conquista del poder
En mi artículo examiné los factores de poder de una clase dominante en los que se basa su dominio, y los encontré, en primer lugar, en su importante papel económico; en segundo lugar, en su superioridad intelectual y dominio sobre las masas; y, en tercer lugar, en la firme organización de la que dispone en forma de poder estatal; este poder estatal es poderoso gracias a la voluntad unificada que gobierna el conjunto, a la autoridad y a sus medios materiales de poder, como la policía y el ejército. A continuación, añado:
«Una clase que surge puede conquistar y retener el poder del estado debido a su importancia económica y su poderío; así lo hizo la burguesía como dirigente de la producción capitalista y poseedora del dinero. Sin embargo, a medida que su función económica se hace superflua y se degrada a la condición de clase parasitaria, en igual proporción desaparece ese factor de su poder. Entonces pierde también su prestigio y su superioridad espiritual, y, finalmente, sólo le queda, como base de su dominación, el control del poder del estado con todos sus instrumentos represivos. Si el proletariado quiere conquistar el poder, debe derrotar al poder del estado, la fortaleza en la cual la clase dominante se ha atrincherado. La lucha del proletariado no es simplemente una lucha contra la burguesía por el poder del estado como objetivo, sino una lucha contra el poder estatal. El problema de la revolución social se puede sintetizar diciendo que se trata de hacer crecer el poder del proletariado a tal punto que éste supere al poder del estado. Y el contenido de esa revolución es la destrucción y liquidación de los instrumentos de poder del estado usando los instrumentos de poder del proletariado (6)».
Si esto ya le parece alarmante al camarada Kautsky, más adelante será aún peor. En la descripción del proceso de la revolución, donde explico cómo la acción de masas tiene un efecto destructivo y desintegrador sobre el poder y la estabilidad interna de la organización estatal, digo:
«Una y otra vez, por lo tanto, la lucha comienza de nuevo, el poder organizativo se enfrenta al poder organizativo, una y otra vez el poder estatal debe exponerse al efecto desintegrador y desintegrador de la acción de masas. La lucha solo termina cuando el resultado final es la destrucción completa de la organización estatal (7)».
Kautsky está bastante consternado por cómo un socialdemócrata puede andar por ahí con intenciones tan malvadas como la de querer destruir el Estado. Porque, exclama, «hasta ahora, la oposición entre socialdemócratas y anarquistas consistía en que los primeros querían conquistar el poder estatal y los segundos destruirlo». Entonces, ¿qué tiene el Estado que provoca tanto mi enemistad como para querer destruirlo? ¿La centralización, por ejemplo? ¿O los funcionarios públicos? Y entonces Kautsky me da un largo sermón sobre la necesidad de la centralización, de los funcionarios públicos, de un ministerio de justicia, de un ministerio de finanzas, incluso de un ministerio de guerra, y luego él mismo se queda perplejo y añade que solo está hablando de dar forma al Estado actual. Sí, pero nosotros estamos hablando de la conquista del poder; ¿qué nos importa la organización del Estado actual? Pero al final vuelve a ponerse celoso y me reprocha:
«¿Por qué medios quiere Pannekoek regular estas relaciones, si no es por medio de un poder estatal proletario? ¿Y de dónde ha de provenir éste si por la acción de las masas ha de ser destruido todo poder del estado (8)?».
¿Pero que dijo Engels en 1891 en su prefacio sobre la guerra civil en Francia?
«De aquí nace una veneración supersticiosa del Estado y de todo lo que con él se relaciona, la cual va arraigando en las conciencias con tanta mayor facilidad cuanto que la gente se acostumbra ya desde la infancia a pensar que los asuntos e intereses comunes a toda la sociedad no pueden gestionarse ni salvaguardarse de otro modo que como se ha venido haciendo hasta aquí, es decir, por medio del Estado y de sus funcionarios bien retribuidos. Y se cree haber dado un paso enormemente audaz con librarse de la fe en la monarquía hereditaria, y entusiasmarse por la república democrática. En realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, lo mismo en la república democrática que bajo la monarquía; y en el mejor de los casos, un mal que se transmite hereditariamente al proletariado triunfante en su lucha por la dominación de clase (9)».
Imaginemos, mi querido amigo Kautsky, que, por alguna circunstancia, todo el poder del Estado hubiera desaparecido de un plumazo. Los súbditos se han quedado completamente sin el razonamiento prusiano, los policías se han convertido en ciudadanos útiles sin ninguna autoridad, ya no hay gobierno en las oficinas y edificios gubernamentales, nadie escucha más a los concejales de distrito, los ministerios están desiertos y el canciller del Reich estudia su filosofía sin molestias en Hohenfinow. Pero, aunque el poder que se interponía en el camino del dominio del proletariado sobre la sociedad ha sido eliminado, este sigue siendo completamente incapaz de construir su mundo de libertad socialista. Paralizado, el socialismo no puede salir adelante, ¡porque ya no existe ningún poder estatal que lo lleve a cabo! ¿No sienten ustedes, y no siente todo el mundo, lo absurdo de toda esta idea? Es evidente que a un proletariado que ha sido capaz de crear organizaciones tan ejemplares a pesar de toda la resistencia inhibidora y de la peor violencia, le resulta fácil crear un aparato ya preparado para la gestión y administración de los asuntos públicos en menos de cuarenta y ocho horas.
Pero ¿será esto necesario?
Dejemos por ahora los malvados planes semi-anarquistas y, como buenos socialdemócratas, como Kautsky, fijémonos solo el objetivo de conquistar el poder estatal y ponerlo a nuestro servicio. ¿Cómo lo hacemos? Ganamos la mayoría del pueblo y, por tanto, la mayoría en el parlamento. Pero para ello necesitamos el sufragio universal e igualitario, así que primero tenemos que conseguirlo. Porque la clase dominante no nos lo concederá por idealismo, democracia o justicia. ¿Cómo conseguimos esos nuevos derechos? A través de la acción de masas; la resolución de Jena ya planteaba la posibilidad de huelgas de masas. Pero ¿diría entonces la clase dominante: «Trabajadores, habéis llevado a cabo una huelga de masas tan grande que os concederemos el derecho al voto igualitario por respeto a este logro»? No, hay que obligar a la clase dominante a ceder ante el poder de la acción, que paraliza y socava su organización estatal, de lo contrario su confianza en todas las dificultades, hasta tal punto que parece lo más sensato para evitar que sucedan cosas peores. Pero por eso primero utilizará todos sus medios de poder para romper la acción del proletariado e impedir este resultado. Si lo consigue, la acción habrá fracasado. Por lo tanto, no será posible ninguna victoria para el proletariado a menos que estos medios de poder sean paralizados y quedaran en gran medida impotentes por la acción proletaria. Mientras la clase dominante se sienta en posesión de los medios de poder, no se sentirá indefensa y los llevará a la batalla contra la acción de los trabajadores. Por lo tanto, la victoria completa solo es posible destruyendo todos los medios de poder del Estado. Esto también incluye la organización estatal; dado que es un arma en manos del enemigo a pesar de todas sus funciones de carácter general, el proletariado debe romper su poder en la lucha.
La destrucción de los medios de poder del Estado no es, por lo tanto, un objetivo presupuesto, sino un resultado inevitable de la lucha. Así, todo lo que se dice de que quiero destruir el poder del Estado y, por lo tanto, quiero algo diferente de otros socialdemócratas, se derrumba. No se trata de lo que yo quiero, sino de lo que será. Mientras la organización del poder estatal se desintegra y su poder se debilita, al mismo tiempo la nueva organización de la sociedad, la organización democrática de lucha creada por el propio proletariado ya está surgiendo como un poder social cada vez mayor y asumiendo las funciones necesarias para la regulación general de la producción.
IV. El parlamentarismo y la acción de masas
Desde hace algunos años se nos acusa de faltar al respeto al parlamentarismo cada vez que criticamos la actividad parlamentaria o señalamos los límites de la lucha parlamentaria. Lo mismo ocurrió con Kautsky. Habíamos hablado de la creciente impotencia de los parlamentos para hacer frente a los peligros derivados del imperialismo, el peligro de la guerra y el letargo, y de la imposibilidad de que la socialdemocracia obtuviera alguna vez la mayoría en ellos con los sistemas electorales actuales. Kautsky confirma esta impotencia con largas explicaciones y luego añade:
«¿Quiere decir todo esto que de ahora en adelante los proletarios se deben apartar del parlamento para buscar en las acciones de masas sus objetivos (10)?».
Nadie en el partido piensa en esto. Si hubiera leído mi artículo con un poco más de atención, habría encontrado las siguientes observaciones al principio del capítulo sobre la conquista del poder político:
«Si el parlamentarismo y la democracia dominaran, si el parlamento controlara la totalidad del poder del estado y la mayoría popular controlara al parlamento, seria la lucha electoral el camino directo para la conquista del poder político —es decir la conquista paulatina de las mayorías populares mediante la práctica parlamentaria, el esclarecimiento de las conciencias y la puja electoral. Pero tales condiciones faltan, […] Tienen que ser creadas por las luchas constitucionales y sobre todo por medio de la conquista del derecho al voto democrático. En su aspecto formal la conquista del poder político tiene dos momentos: primero, la creación de las bases constitucionales, la conquista para las masas de los derechos políticos fundamentales y, segundo, la utilización correcta de esos derechos: ganar a las masas populares para el socialismo (11)».
Estas condiciones no son fruto de la casualidad; la ausencia de una base formativa para el gobierno popular en un país con un movimiento obrero muy desarrollado es la forma necesaria del dominio del capital. Expresa el hecho de que el poder real está en manos de la clase propietaria. Mientras este poder permanezca intacto, la burguesía no puede proporcionarnos los medios formales para maniobrar pacíficamente. Debe ser derrotada, su poder debe ser quebrantado. La Constitución define la relación de poder entre las clases, pero este poder debe demostrarse en la batalla. Un cambio en la delimitación de los derechos constitucionales de las clases solo es posible si los medios de poder de las clases contendientes se enfrentan y se miden entre sí. Lo que en el aspecto formal es una lucha por los derechos políticos más importantes es, en realidad, en su nivel más profundo, un choque entre toda la guardia de las dos clases, una lucha para debilitar y, en última instancia, destruir a sus miembros más fuertes, que buscan destruirse mutuamente.
Aquí, pues, se enuncia explícitamente el objetivo de la acción de masas: la conquista de los derechos de voto democráticos. ¿Qué sentido tendría eso si esos derechos no se ejercieran a través de las elecciones y la actividad parlamentaria? ¡Somos unos extraños despreciadores del parlamentarismo, que queremos crear una base más amplia para el parlamentarismo!
Para nosotros, no se trata de si es mejor el parlamentarismo o la acción de masas. Para nosotros, ambos son modos necesarios de actividad del proletariado, cada uno con su función especial. Kautsky nos impone la opinión de que, dado que los parlamentos son impotentes, debemos abandonar las protestas infructuosas y limitarnos a organizar acciones de masas. Por otro lado, ve una salida: la contradicción entre el creciente poder del proletariado y la impotencia de su representación parlamentaria no tiene por qué persistir:
«Sea como fuere, entre las acciones del proletariado fuera y dentro del parlamento existe una íntima correlación, una estimula la otra, una crece con la otra; es un absurdo afirmar que en un campo crece la impotencia, y en el otro la fuerza (12)».
Pero por qué debe ser así, qué misteriosa armonía preestablecida garantiza que el poder del proletariado y su influencia parlamentaria siempre estén en consonancia, Kautsky no dice nada al respecto. Por supuesto, porque entonces toda su retórica contra mí habría continuado. La fuerza que los pone de acuerdo no es una armonía sobrenatural y predestinada, sino una fuerza muy terrenal y material, la fuerza de la acción de masas. Las facciones parlamentarias no tienen por qué permanecer impotentes, pero el sufragio democrático, que es el único que puede abolir la impotencia de nuestras facciones parlamentarias, solo puede y debe conquistarse mediante la presión exterior, mediante la acción de masas.
Esta es la verdadera conexión entre el parlamentarismo y la acción de masas. No consiste simplemente en unirse para fortalecerse mutuamente, sino en el hecho de que la acción política de masas siempre debe crear las bases para un desarrollo más amplio del parlamentarismo. Por eso se limitan a aquellas situaciones en las que los trabajadores son tan conscientes de las deficiencias del sistema electoral que están dispuestos a hacer los mayores sacrificios. Porque solo a través de luchas de masas intensas y sacrificadas podemos ganar los derechos que son la clave del dominio político.
Esto se aplica a las acciones de masas para conquistar el derecho al voto. Pero los peligros y opresiones que nos trae el imperialismo también deben conducir a la acción de masas. Kautsky niega esto: «Contra los efectos capitalistas generales, contra los que los parlamentos son impotentes, ni siquiera las acciones de masas pueden hacer nada, ya que solo pueden extorsionar decisiones de los parlamentos». Pero precisamente porque tienen un efecto sobre el parlamento y el gobierno, él se equivoca. La inflación debida a causas económicas globales no es causada por resoluciones parlamentarias; sin embargo, los gobiernos, las autoridades o los parlamentos podrían hacer mucho para aliviar las penurias. Pero solo lo harán si las masas, llevadas a la desesperación, los obligan a hacerlo mediante acciones enérgicas; unas pocas manifestaciones no son suficientes. Por supuesto, esto se aplica aún más a Alemania, donde los aranceles aduaneros, el cierre de fronteras y los tickets de entrada están agravando aún más las dificultades. En este caso, sería un verdadero gasto para el partido canalizar el resentimiento de las masas hacia acciones de masas y lograr así el mayor efecto beneficioso posible para el pueblo.
Pero aún más que la inflación, la amenaza de guerra debe conducir a la acción de masas.
V. La lucha contra la guerra
Desde hace algunos años, el peligro de guerra ha sido una fuente constante de ansiedad para las masas; debemos estar siempre preparados para el hecho de que los antagonismos imperialistas amenacen con encender un incendio mundial. Para el proletariado internacional, apenas hay una cuestión política más importante a este respecto que la de cómo prevenir la guerra. Es evidente que todas las propuestas que exigen una limitación internacional de los armamentos son inútiles en este caso. No solo porque en los países que luchan por el capital y quieren adquirir una parte del mundo, todo el mundo burgués está detrás del imperialismo y sus armamentos, como también vemos en Alemania. Sino también porque se confunden la causa y el efecto; el peligro de guerra no surge de los armamentos, como Kautsky intenta demostrar una vez más en el último «Neue Zeit» siguiendo el viejo patrón, sino que los armamentos surgen de la firme voluntad de cada parte de hacer valer sus exigencias con todas sus fuerzas o de defender sus intereses creados.
Esta exigencia impotente no disminuye en lo más mínimo el peligro de guerra. El proletariado se enfrentaría a la cuestión de qué hacer en caso de una guerra que amenazara en las proximidades. El partido tiene el mayor interés en ser lo más claro posible sobre esta cuestión. Pero no se trata de aprobar resoluciones del partido; no son estas las que rigen el curso del mundo en momentos tan críticos, sino las pasiones más profundas que dominan a las masas y luego se imponen con una fuerza irresistible. Si el partido afirma repetidamente su oposición a la guerra y si algunos portavoces declaran ocasionalmente su disposición a defender la patria, puede que se trate de pequeñas simpatías, pero no significan nada más. Kautsky y nosotros coincidimos en que la cuestión es: ¿qué harán las masas en caso de guerra? ¿En qué dirección las impulsarán entonces sus pasiones más profundas? Por lo tanto, la respuesta solo puede ser una conclusión, una expectativa, una predicción, no un hecho actual.
Pero Kautsky y nosotros buscamos la respuesta precisamente en la dirección opuesta. Kautsky opina que en el fondo del corazón del proletario hay una pasión patriótica que le impulsa a correr con entusiasmo a las fronteras, siempre y cuando su propio gobierno actúe con tanta habilidad que el otro parezca ser el agresor. El propio Kautsky declaró en el Congreso del Partido de Essen que puede garantizarlo y lo hará, cuando polemizó contra la distinción de Bebel entre guerra ofensiva y defensiva. Entonces los trabajadores socialdemócratas olvidan su socialismo y todo lo que han aprendido en la propaganda del partido sobre las causas capitalistas de las guerras; entonces fraternizan con la burguesía y se convierten en una multitud que ataca con ira a cualquiera que quiera hacer algo contra la guerra:
«Una vez que se llega al punto en que la población ve la causa de la guerra no en su propio gobierno, sino en la crueldad del enemigo. [...] Toda la población sintió unánimemente la urgente necesidad de proteger la frontera del cruel enemigo, para protegerla de la invasión. En primer lugar, todo el mundo se convierte en patriota, incluso aquellos con mentalidad internacional, y si algunos tuvieran el valor sobrehumano de oponerse e impedir que la milicia se apresurara a la frontera y les proporcionara el material bélico más abundante, el gobierno no movería un dedo para neutralizarlos. La multitud enfurecida los mataría ellos mismos (13)».
Esta es la imagen del futuro que Kautsky esbozó en su artículo de mayo de 1911.
Por el contrario, en mi artículo expliqué que el efecto de una guerra moderna, a diferencia del período en el que predominaba la producción campesina y pequeñoburguesa, se manifiesta sobre todo en una enorme crisis económica que paraliza toda la organización social altamente desarrollada y destruye las fuentes de vida de los círculos más amplios de las masas:
«El horror de una guerra semejante no está limitado y apenas concentrado en las zonas donde tienen lugar las batallas, sino que se extiende por todo el país. Aun cuando el enemigo se mantenga fuera, la catástrofe en el propio país no es menos grande. Para un país capitalista moderno, la gran desgracia no consiste en la invasión de un enemigo sino en la guerra misma, ella es la que empuja a la clase obrera, que es la que más debe sufrir por la crisis, a realizar acciones en su contra. El objetivo de esa acción, capaz de conmover a las masas al máximo, no es tener a distancia al enemigo, como en los viejos tiempos agrarios, sino impedir la guerra (14)».
Debido a que sus intereses vitales más profundos los obligan a esta lucha, las masas, cuando se ven amenazadas por una catástrofe tan terrible, recurrirán necesariamente a la defensa e intentarán impedir la guerra. Es cierto que habrá que superar poderosas tradiciones, sobre todo el sentimiento de que no pueden hacer nada contra la omnipotencia del Estado militar, pero la conciencia de su propio poder también surgirá de la angustia de sus ojos. Por lo tanto, me parece absolutamente inevitable que el proletariado intente impedir la guerra.
Una clase obrera que ha pasado por cuarenta años de intensa ilustración socialista fundamental ya no se dejará arrastrar a los campos de batalla con un sentimiento de completa impotencia. El proletariado alemán, líder mundial en poder organizativo, no puede quedarse de brazos cruzados ante las maquinaciones de las grandes empresas internacionales ni confiar en las supuestas tendencias pacifistas del mundo burgués. No tendrá más remedio que intervenir tan pronto como surja el peligro de guerra y oponer su poder al poder del gobierno:
«Qué formas habrán de adoptar esas acciones depende esencialmente de la magnitud del peligro y de las acciones del enemigo, de la clase dominante. Ellas se basan, en su forma más simple, en el hecho de que el capital ha de contener sus deseos de lanzarse a una guerra por temor al proletariado. Si el proletariado es impotente, indiferente, inmóvil, entonces la burguesía estima que por ese lado el peligro no es muy grande y se animará más fácilmente a una guerra. Las acciones de protesta del proletariado tienen, por eso, en su primera forma, el carácter de un llamado de atención para que la clase dominante se haga consciente del peligro y se sienta convocada a la prudencia. Contra la propaganda de guerra de los círculos capitalistas interesados se debe ejercer, mediante manifestaciones internacionales, una presión intimidatoria contra los gobiernos. Sin embargo, cuanto más amenazante se torne el peligro de guerra, con tanto más énfasis se debe sacudir al os más amplios sectores populares, tanto más enérgicas y duras se deben organizar las manifestaciones, sobre todo cuando se intente desde la parte adversaria reprimirlas por la violencia. Pues se trata en ese caso de una cuestión vital para el proletariado que habrá de recurrir finalmente al medio más fuerte, por ejemplo, la huelga de masas. Así se desarrolla la lucha entre la voluntad de la burguesía de hacer la guerra y la voluntad de paz del proletariado, formando parte de una gran lucha de clases en la que es válido todo lo que se dijo antes sobre las condiciones y efectos de las acciones de masas para conquistar el derecho al voto (15)».
Así que esta es una visión diferente del futuro, completamente opuesta a la de Kautsky. ¿Quién tiene razón?
Es evidente que ninguna experiencia del presente puede dar una respuesta. Si Kautsky me señala que las masas no actuarán de esta manera, ya que ni siquiera hay muchos compañeros en la socialdemocracia que compartan mi punto de vista, como demuestran las declaraciones de Bebel, Guesde y él mismo en 1907, podemos decirle lo mismo sobre su visión del futuro, que está en contradicción con el contenido y el espíritu de toda nuestra agitación. Pero sabemos que hay mucha tradición en las opiniones ordinarias del partido. De lo contrario, esta tradición muere solo de forma gradual y lenta; pero en tiempos de tremenda tensión y crisis, cuando el espíritu del pueblo está muy estimulado y agitado, cuando se ponen en tela de juicio sus intereses más profundos en la vida, entonces el estrecho interés de clase rompe todas las barreras tradicionales.
Ahí radica el poder y la importancia del marxismo, que nos permite basar nuestra acción en la comprensión de los intereses del pueblo, de modo que no tengamos que limitarnos a fantasear o a confiar en sus ideologías actuales. Kautsky también lo siente así; aunque su opinión se basa fundamentalmente en la creencia en el poder de la ideología nacionalista burguesa heredada, intenta justificarla de manera marxista, a través de los intereses materiales. Por lo tanto, señaló los peligros de la invasión. Por el contrario, nosotros subrayamos que la invasión del enemigo bajo la antigua economía campesina y pequeñoburguesa local era, de hecho, el principal mal de la guerra, y que esto explica el impulso instintivo de estas clases de correr hacia las fronteras y repeler al enemigo, cuyo eco se puede escuchar en la declaración de Kautsky. Pero esto no se aplica al proletariado moderno. Tanto si las batallas se libran aquí como en el extranjero, lo cual depende menos del entusiasmo de los trabajadores por la guerra que de la fuerza militar y la preparación para la guerra de los dos Estados, el principal mal sigue siendo casi el mismo para el proletariado. Este principal mal sigue su curso cuando la clase obrera se precipita al frente; se elimina cuando consigue impedir la guerra.
Kautsky se pregunta si, por ejemplo, si los trabajadores alemanes impiden la guerra, no estarán haciendo el juego al otro gobierno, que entonces podría, sin encontrar resistencia, enviar sus tropas a Alemania. En primer lugar, hay que señalar que la revuelta proletaria no es una revuelta militar que organice al ejército —la lucha del proletariado socialista contra la guerra no tiene nada en común con la objeción de conciencia anarquista—, sino más bien una presión política sobre el gobierno que intenta obligarlo a ceder, lo que indirectamente se dirige contra el gobierno extranjero. Y, de hecho, en tal caso, el gobierno extranjero tendría otras cosas en mente que «aprovechar las dificultades internas» del adversario; estaría muy ocupado con sus propios proletarios, sobre los que el ejemplo de los trabajadores alemanes ejercería una enorme influencia. Una lucha de clases de este tipo tendría una importancia revolucionaria tan grande que las disputas entre gobiernos pasarían inmediatamente a un segundo plano. Aquí también radica el hecho de que tal posición no era posible mientras que entre los Estados enemigos hubiera uno sin una clase proletaria que se opusiera a su gobierno: la antigua Rusia de 1904.
Por lo tanto, si es cierto que el interés de clase más profundo del proletariado determinará su actitud y su comportamiento en la guerra que se avecina, no actuará según las expectativas de Kautsky, sino según las nuestras. No caerá en el nacionalismo, sino que se levantará con pasión revolucionaria. Kautsky señala la práctica de los trabajadores ingleses en la guerra de los bóers, los rusos en 1904 y los italianos en 1911. Pero está claro que estos ejemplos no prueban nada para el proletariado alemán; en todas partes faltaba la larga formación en la lucha de clases, la profunda conciencia de clase socialista; donde aún falta la conciencia de tener intereses de clase propios, no puede haber cuestión de actuar de acuerdo con tales intereses.
Kautsky cree poder rebatir con el hecho de que solo una minoría de votantes está a favor de la socialdemocracia. Como si, para poder librar una lucha, primero hubiera que ser mayoría. El hecho de que solo un tercio de todos los votantes apoye a nuestro partido no es decisivo; para las acciones políticas que aquí se plantean, no cuenta un campesinado disperso y aterrorizado por los junkers, sino que son las masas proletarias urbanas las que dan el golpe final. Por otra parte, las masas de trabajadores, que actualmente se mantienen alejadas de nuestro movimiento por una fuerte presión, sin duda se sentirán atraídas por una acción que va en contra de sus propios intereses. Sin embargo, no subestimamos el poder de la tradición, de la ideología nacionalista burguesa. Ciertamente no opinamos que toda la población se levantará unánimemente a la primera oportunidad; solo en el curso de la acción se irá extendiendo cada vez más. Pero con la unidad organizada de las masas proletarias apiñadas en las grandes ciudades, con la conciencia de poder que crece en ellas como resultado de ello, con la conciencia de clase socialista profundamente grabada en sus mentes, consideramos imposible que estas masas no hagan los intentos más enérgicos para evitar el desastre cuando amenace el peligro de la guerra, llegando incluso a las acciones más vigorosas, independientemente de si lo deseamos o lo tememos.
Como Kautsky no tiene esta confianza en las masas proletarias, se ve obligado a depositar sus esperanzas en las supuestas tendencias de rechazo del mundo burgués. Nosotros contraponemos a esto la opinión de que el proletariado solo puede contar consigo mismo contra los peligros que le amenaza el desarrollo imperialista, y que encuentra en sí mismo el único poder para contrarrestar eficazmente estos peligros.
Anton Pannekoek
Leipziger Volkszeitung, 9 a 10 de septiembre de 1912
Traducido al español a partir de la traducción en inglés publicada por Indo en Libcom
Notas
(1) Kautsky, La nueva táctica (1912), cap. I.
(2) Pannekoek, Acciones de masas y revolución (1912), cap. III.
(3) Kautsky, op. cit., cap. III.
(4) Kautsky, op. cit., cap. II.
(5) Pannekoek, op. cit., cap. II.
(6) Pannekoek, op. cit., cap. I.
(7) Pannekoek, op. cit., cap. II.
(8) Kautsky, op. cit., cap. VI.
(9) Marx, Engels y Lenin, La comuna de París (2010), Akal –Ed. Castellana, Introducción a la edición alemana de La guerra civil en Francia, publicada en 1891.
(10) Kautsky, op. cit., cap. IV.
(11) Pannekoek, op. cit., cap. II.
(12) Kautsky, op. cit., cap. V.
(13) Se nos ha hecho imposible encontrar a que artículo exacto se refiere Pannekoek.
(14) Pannekoek, op. cit., cap. IV.
(15) Ibid. cap. IV.