Nota del editor: Esta versión se basa en la traducción el español publicada en el segundo volumen de Los espartaquistas, de Gilbert Badia, que aquí ha sido profundamente revisada y corregida.
En nombre de aquellos obreros y soldados socialdemócratas que no se han adherido ni al partido de los socialistas gubernamentales dependientes ni al partido de los socialdemócratas independientes, pero cuyo número asciende a innumerables millares, y que reivindican el derecho a ser escuchados desde esta tribuna en esta situación de importancia política e histórica, quiero señalar muy brevemente nuestra posición respecto de las cuestiones que han sido objeto de debate durante estos últimos días.
Rechazamos toda paz de compromiso que los gobiernos burgueses-capitalistas están dispuestos a concluir y se disponen a imponer a costa de los pueblos que se desangran. En la época del imperialismo y entre Estados imperialistas, una paz de compromiso que pudiera servir al bienestar y a los intereses de la clase obrera es algo imposible. Tal entendimiento sólo puede alcanzarse a expensas del proletariado. Pues la contradicción política, económica e histórica entre el capital y el trabajo, entre la burguesía y el proletariado, no ha desaparecido; sigue existiendo y, más aún, esta guerra la ha ampliado y profundizado.
Si es cierto que el enemigo principal, el enemigo mortal de la clase proletaria, se encuentra en el propio país, entonces es imposible que el proletariado pueda dar su aprobación a que esos enemigos mortales de todos los países lleguen a acuerdos y se alíen a costa del proletariado y contra sus intereses vitales.
La proyectada paz de compromiso sólo puede tener por objeto salvar del inminente hundimiento y derrumbe los métodos de explotación y sometimiento de los pueblos practicados hasta ahora, junto con todo aquello que, en el ámbito estatal, jurídico, legislativo y económico, se halla ligado a ellos.
Para la clase trabajadora no existe ninguna paz de compromiso sobre la base del capitalismo. Lo que exige es una paz impuesta por la fuerza, en el sentido de que su enemigo mortal, la burguesía, sea derrotado; que el gobierno burgués-capitalista sea derrocado; que el militarismo sea hecho añicos; y que el proletariado revolucionario, tras abatir y vencer a la sociedad burguesa, le dicte la paz socialista.
Rechazamos asimismo la llamada democracia y el parlamentarismo con que el gobierno burgués-capitalista acaba de agraciar al pueblo alemán precisamente en el mismo momento en que el militarismo, hasta ahora el más sólido baluarte de la dominación de las clases reaccionarias, se ha derrumbado de manera innegable e incontenible, y en que el propio Alto Mando llega a la convicción de que la guerra está irremediablemente perdida. Esta llamada democracia, concedida por la gracia de Hindenburg, no es más que una escenografía calculada para el engaño y la mistificación, tras la cual se oculta el desesperado intento de poner a salvo la esencia y el núcleo mismo de este sistema capitalista frente al amenazante juicio de las masas, mediante aparentes reformas y reformillas de papel. Que los socialdemócratas hayan aceptado desempeñar, en la hora postrera, el papel de socorristas de emergencia y de parabalas de una sociedad burguesa que se derrumba, es sentido por las masas de la misma manera que una vergonzosa traición («¡Exactamente!», entre los socialdemócratas independientes), del mismo modo que se sienten engañadas y escarnecidas por esta democracia aparente, por esta ficticia soberanía popular que se les hace pasar por auténtica.
Para su liberación necesitan algo muy distinto: la democracia del socialismo, la república fundada sobre la revolución socialista. Y para ello exigen, ante todo, la abdicación del Káiser como responsable de esta guerra mundial.
(Gran agitación. — El presidente hace sonar la campanilla.)
El Presidente: «Señor diputado Rühle, usted ha exigido la abdicación del Káiser alemán basándose en una argumentación que es falsa en su contenido y que contradice todo respeto debido al Káiser. Por ello le llamo al orden.»
(«¡Bravo!»)
Rühle: «La llamada al orden no lo salvará [al Kaiser] del juicio que le espera.»
(Desorden en el hemiciclo. El Presidente agita la campanilla.)
El Presidente: «Señor diputado Rühle, no tolero observación alguna acerca de mis decisiones como presidente. Por esa observación le llamo nuevamente al orden.»
(«¡Bravo!»)
Rechazamos asimismo la llamada Sociedad de Naciones, a la que los gobiernos burgueses-capitalistas, con la colaboración una vez más de los socialdemócratas, pretenden agruparse tras la guerra. Esta Sociedad de Estados y de los pueblos —o como quieran llamarla— no puede ser otra cosa que una coalición de potencias enemigas de los trabajadores y de la libertad, una Santa Alianza destinada a la represión a golpes y al estrangulamiento de la revolución social en ascenso. Hoy ya vemos cómo las grandes potencias del capital, en amable concordia, se unen para la obra infame de estrangular a la República popular rusa, hacia la cual sentimos una simpatía sin límites. La clase obrera no espera su liberación ni su redención de la Sociedad de Naciones tal como la concibe Wilson o como la han propuesto otros, ni de ninguna forma realizable sobre la base del orden social capitalista; aspira, en cambio, a la fraternización de todos los pueblos en una liga permanente de paz y de cultura bajo el signo del socialismo victorioso. («¡Muy cierto!», entre los socialdemócratas independientes.)
Llamo a la clase obrera, en particular a la clase obrera alemana, a conquistar este socialismo con el arma de la revolución. ¡Ha llegado el momento de la acción! (Gran agitación. — El presidente hace sonar la campanilla.)
25 de octubre de 1918