Nota del editor: Traducimos por primera vez al español éste texto de Sylvia Pankhurst, probablemente el más importante que escribió durante su época comunista. De éste texto existen dos versiones en inglés, ambas serializadas en el Workers Dreadnought: la primera, entre noviembre de 1921 y marzo de 1922; la segunda —que quedó inconclusa—, entre enero y marzo de 1923. Ésta traducción se basa en la primera versión.
Primera parte: Workers Dreadnought, 26 de noviembre de 1921
Bajo el comunismo, todos satisfarán sus necesidades materiales sin restricciones ni límites a partir del almacén común, según sus deseos. Cada uno podrá disponer de lo que desee en cuanto a alimentación, ropa, libros, música, educación y medios para viajar. La abundante producción que ahora es posible, y que los avances tecnológicos facilitarán cada vez más, eliminará cualquier necesidad de racionamiento o de limitación del consumo.
Cada persona, gracias a la gran producción colectiva, estará a salvo de la penuria material y la angustia.
No habrá distinciones de clase, ya que estas se derivan de las diferencias en cuanto a posesiones materiales, educación y estatus social; todas esas distinciones serán eliminadas.
No habrá ni ricos ni pobres. El dinero dejará de existir, y nadie deseará acumular bienes que no utilice, ya que se podrá obtener un nuevo suministro a voluntad. No habrá ventas, porque no habrá compradores, ya que todos podrán obtener todo lo que deseen, sin necesidad de pagar.
La posesión de bienes privados, más allá de los que se utilizan personalmente, desaparecerá.
No habrá ni amos ni siervos, ya que todos estarán en una situación de igualdad económica; nadie podrá convertirse en el empleador de otra persona.
Todos los niños recibirán educación hasta la edad adulta, y todos los adultos podrán hacer uso libre y sin restricciones de todas las instalaciones educativas durante su abundante tiempo libre.
El robo, la falsificación, el allanamiento de morada y todos los delitos económicos desaparecerán, junto con todo el aparato censurable destinado a prevenirlos, detectarlos y castigarlos.
La prostitución desaparecerá; se trata de una transacción comercial que depende de la necesidad económica de la prostituta y de la capacidad de pago del cliente.
La unión sexual ya no se basará en condiciones materiales, sino que se contraerá libremente sobre la base del afecto y la atracción mutua.
La pobreza dejará de ser un motivo para evitar tener hijos.
Una vez eliminada la ansiedad por lo material y suprimida la carrera por la riqueza, otros objetivos y ambiciones ocuparán el lugar de la lucha personal por la subsistencia material individual; ya que todos se beneficiarán del trabajo de todos, el honor no recaerá en los ricos, como ocurre en la actualidad, sino en aquellos que sean hábiles y diligentes en el servicio común.
La emulación en el trabajo sustituirá a la emulación en la riqueza.
Con la desaparición de la angustiosa lucha por la existencia, que agota la energía y paraliza la iniciativa, surgirá un nuevo vigor, una nueva independencia. La gente tendrá más valor para desear la libertad, mayor determinación para poseerla. Serán más exigentes en sus demandas a la vida, más selectivos en la elección de su vocación. Desearán trabajar en lo que les gusta, organizar sus vidas como deseen. El trabajo se disfrutará en general como nunca antes en la historia de la humanidad.
El deseo de libertad se verá atenuado por el sentido de la responsabilidad hacia el bien común, lo que proporcionará seguridad a todos.
La opinión pública ejerce una presión más fuerte y generalizada que cualquier código penal, y la opinión pública desaprueba rotundamente la ociosidad y el despilfarro.
Para garantizar la abundante producción necesaria para el comunismo y hacer frente a la complejidad cada vez mayor de la vida moderna y sus exigencias, se requiere una producción a gran escala y un esfuerzo cooperativo. La gente de hoy en día no estaría dispuesta a volver a producir todo a mano en talleres domésticos; si lo hicieran, no podrían mantener a la población con un nivel de vida cómodo y con un tiempo libre razonable. La gente de hoy no estaría dispuesta a abandonar todas las fábricas productivas, los trenes, las centrales eléctricas, etc. El mantenimiento de tales cosas requiere la colaboración de un gran número de personas. Tan pronto como un número de personas trabaja en conjunto y abastece con sus productos a otro número de personas, se hace inevitable algún tipo de organización del trabajo y de la distribución. El trabajo en sí mismo no puede llevarse a cabo sin organización. En cada industria, o bien los trabajadores implicados en el trabajo deben formar y controlar la organización, o bien quedarán bajo el dominio de los organizadores. Las diversas industrias están interrelacionadas en cuanto a intereses y utilidad; por lo tanto, las organizaciones industriales deben estar interrelacionadas.
Cuando los salarios hayan desaparecido, cuando todos se encuentren en una situación de igualdad económica, cuando el cargo de gerente, director, organizador, etc., no reporte ninguna ventaja material, el deseo de ocuparlo será menos generalizado y menos intenso, y el peligro de que la dirección emprenda acciones opresivas quedará en gran medida neutralizado. No obstante, no se tolerará una dirección impuesta a subordinados renuentes; cuando el organizador haya elegido a los asistentes, estos serán libres de marcharse o de cambiarlo; cuando los asistentes elijan al organizador, serán libres de cambiarlo. La cooperación por el bien común es necesaria, pero el objetivo es la libertad, no la dominación.
Dado que el trabajo cooperativo y la dependencia mutua en la ayuda recíproca hacen necesaria una forma de organización, debe elegirse la mejor forma posible: su valor se mide por su eficacia y por el margen de libertad e iniciativa que permite a cada una de sus unidades.
La estructura soviética de comités y delegados, construida a partir de la base de las asambleas de taller y de aldea, representa la mejor forma de organización que se ha desarrollado hasta ahora; surge de forma natural cuando los trabajadores se ven obligados a valerse de sus propios medios en materia de gobierno.
La estructura soviética será, sin duda, la estructura organizativa del comunismo, al menos durante algún tiempo. Sin embargo, vivimos siempre en un estado de cambio constante, y no hay —ni, afortunadamente, puede haber— nada permanente en las instituciones humanas; siempre existe la posibilidad de algo superior, aún por descubrir.
El derrocamiento del capitalismo, paso previo al establecimiento del comunismo, encontrará la resistencia de los poseedores de la riqueza. Por lo tanto, el capitalismo solo podrá ser derrocado mediante una revolución.
La revolución solo puede producirse cuando las condiciones están maduras para ello; pero las oportunidades pueden perderse: el levantamiento puede no tener lugar en el momento oportuno, o puede fracasar por una mala gestión de las fuerzas proletarias. Puede lograrse un éxito parcial y, si el capitalismo no es destruido por completo, puede volver a afianzarse posteriormente, como ocurrió rápidamente en Hungría y como está ocurriendo gradualmente en Rusia.
Segunda parte: Workers Dreadnought, 3 de diciembre de 1921
Dado que el derrocamiento del capitalismo encontraría la resistencia de los poseedores de la riqueza, ya sea que se llevara a cabo mediante una ley del Parlamento o mediante una revuelta repentina del pueblo, es absolutamente necesario que los comunistas preparen a la clase obrera para esa resistencia. Muchas personas siguen dudando de que la resistencia capitalista al derrocamiento del capitalismo llegue al extremo de una guerra civil; sin embargo, hay abundantes pruebas actuales que demuestran que esa resistencia se producirá.
Aquí, en Gran Bretaña, asistimos a los preparativos de los capitalistas del Ulster para la resistencia armada contra la Ley de Autonomía de Asquith. Las amenazas de guerra civil y los preparativos del capitalismo del Ulster contaban y cuentan con el apoyo del conservadurismo británico. Por eso tienen éxito. Puesto que los terratenientes y capitalistas británicos y del Ulster han considerado que merecía la pena llegar al extremo de la guerra civil en la cuestión irlandesa, ¡qué certeza tan absoluta hay de que lo harían para impedir el establecimiento del comunismo y el dominio proletario!
En Finlandia, en Europa Central, en Rusia, se ha observado lo mismo: cuando el capitalismo se ve amenazado, recurre a la fuerza de las armas para protegerse. También en Italia, los fascistas, con sus ataques armados contra comunistas, socialistas, sindicalistas y cooperativistas —ataques organizados por los capitalistas que utilizan a estas bandas desorganizadas como herramientas—, no son más que otra prueba del mismo hecho: cuando el orden establecido está en peligro, sus beneficiarios se arman para protegerlo; sus partidarios y opositores llegan a las manos, estalla la guerra civil y, por el momento, la paz deja de existir.
¿Es así como debe ser? Es lo que hay. Hay que aceptar lo inevitable y prepararse para ello. El derrocamiento del capitalismo va inevitablemente acompañado de una lucha decidida por la supremacía.
La experiencia demuestra que la crisis surge de forma repentina: la antigua relación se ha ido tensando cada vez más y, de repente, los lazos se rompen y estalla la tormenta. No afirmamos que una crisis parlamentaria no pueda ser la gota que colme el vaso y precipite la revolución, pero en ninguna de las revoluciones contemporáneas ha sido así. Ahora contamos con la experiencia de Rusia, Finlandia, Alemania (donde ha habido una revolución y varios intentos de nuevas revoluciones), Austria y Hungría como referencia.
La gran presión económica, impulsada por una gran rebelión contra las acciones y la ideología de quienes han estado en el poder, es el factor que da lugar a la revolución proletaria. El Parlamento debe ser derrocado junto con el sistema capitalista; para que la revolución proletaria tenga éxito, debe producirse una ruptura total con las antiguas instituciones de gobierno; la revolución debe crear su propio instrumento.
El Parlamento tendría que ser sacrificado con el derrocamiento del capitalismo, incluso si fuera concebible que una ley del Parlamento aboliera formalmente el sistema capitalista. Los capitalistas se opondrían por la fuerza al primer intento de poner en práctica dicha ley, y el Parlamento no es el órgano capaz de llevar a buen término la revolución proletaria frente a la revuelta capitalista, que consistiría en una resistencia tanto armada como pasiva.
Los trabajadores se verían obligados a hacer frente a tal revuelta con todas las fuerzas a su alcance; su arma más característica es su poder industrial, para cuyo ejercicio efectivo tendrían que estar coordinados a nivel industrial. Cada industria se dividiría en su seno; los propietarios y parte de la dirección se pondrían del lado de los capitalistas, mientras que la masa de los trabajadores se pondría del lado de la clase obrera. Al igual que en todos los países donde ha surgido la crisis revolucionaria, las fuerzas navales y militares se dividirían de la misma manera, aunque el antiguo adiestramiento y la disciplina probablemente harían que una proporción mayor de la base de la clase obrera apoyara al bando de la clase dominante que en el caso de la industria.
Basta con reflexionar un poco sobre esta situación para que cualquiera que piense con seriedad comprenda que el Parlamento y los órganos de gobierno locales —los consejos de condado y de municipio, las juntas de tutores, etc.— no podrían constituir el mecanismo de dirección y coordinación de tal lucha; que dicho mecanismo no podría adoptar otra forma que la de los soviets.
Incluso en una guerra entre gobiernos capitalistas rivales, el Parlamento se convierte en una figura decorativa en la lucha; la maquinaria que lleva a cabo la guerra es el Consejo de Ministros, compuesto por los jefes de los distintos ministerios, todos ellos bajo el firme control de los expertos gestores de dichos departamentos. En el ámbito militar, los responsables políticos y militares del Ministerio de Guerra trabajan en contacto con una maquinaria compuesta por todos los oficiales del ejército, desde los de mayor rango hasta los de menor, y los hombres bajo su mando. En el ámbito industrial, los responsables políticos y técnicos de los departamentos trabajan a través de una maquinaria compuesta por los propietarios, los directivos y los trabajadores de todas las industrias, fábricas y talleres.
Así será en la revolución proletaria, pero, al tratarse de una lucha entre los trabajadores y sus amos, los oficiales y los directivos serán líderes proletarios elegidos por sus compañeros. Y el contacto con las bases se establecerá a través de delegados y asambleas populares. El trabajo de las bases no se basará en la coacción ni en el salario, sino en el consentimiento, el entusiasmo y la participación en la responsabilidad de los objetivos y las políticas.
La experiencia de la guerra nos mostrará que incluso el capitalismo llegó a reconocer que los delegados de taller y los consejos en los que los dirigentes sindicales cooperaban con la dirección eran útiles para asegurar una mayor producción, algo necesario para su éxito en la guerra.
Hay quien podría argumentar que, una vez superado el conflicto de la guerra civil, se podría prescindir de los soviets y volver al Parlamento; y que, dado que esperan que no se produzca tal conflicto, no se interesarán por la cuestión de los soviets. Sin embargo, un análisis más profundo debería demostrarles que, aun cuando fuera justificada la esperanza de evitar una lucha contra el capitalismo, el Parlamento tendría que desaparecer y los soviets serían necesarios, al menos durante algún tiempo, tras el derrocamiento del capitalismo.
Imaginemos la situación aquí en Londres si se aboliera el capitalismo: el metro, los tranvías y los autobuses, las estaciones de tren de larga distancia, los muelles, los embalses, las plantas de gas, las centrales eléctricas, las panaderías, las fábricas de conservas, de ropa y de otros productos, los mataderos, las carnicerías, las panaderías, las fruterías, las tiendas de comestibles y otros comercios mayoristas y minoristas, así como los mercados. Millones de personas esperan a que les lleven su ración diaria de leche y pan, a encontrar su provisión diaria de alimentos en las tiendas a las que acuden, a disponer de sus medios habituales de transporte. Si alguna de estas cosas se detiene, al menos algunas personas no llegarán a su trabajo diario, y muchas otras podrían verse así privadas de los artículos de primera necesidad a los que están acostumbradas. Quizás los trabajadores ya estén inmersos en una huelga general; quizás las ruedas de la industria y el transporte ya se hayan desarticulado, y todo el mundo esté ya viviendo una existencia hambrienta y precaria.
Sea como sea, todo debe reorganizarse y reconstruirse sobre nuevas bases: la producción debe estar orientada al uso, no al lucro, y el capitalismo debe ser derrocado. Sin duda, algunos de los que solían dirigir las grandes empresas bajo el antiguo sistema se han negado a seguir desempeñando sus funciones; sin duda, no se puede confiar en muchos otros para ocupar puestos de tanta responsabilidad; ya han demostrado su hostilidad y se han dedicado al sabotaje. Y ahí está el pueblo, los millones hambrientos de todo tipo, clamando para que se satisfagan sus necesidades, cada uno con sus peculiaridades, sus gustos y aversiones, sus prejuicios razonables e irracionales, y multitudes de ellos dispuestas a empezar a saquear si se les hace esperar o se les niega lo que están acostumbrados a tener y lo que creen que les corresponde. Todos, tanto como trabajadores como consumidores, tienen nuevas esperanzas y deseos y nuevas exigencias respecto a la vida, pues ¿no ha llegado ya la Revolución Obrera? Todo el mundo exige más tiempo libre y un trabajo más agradable, más comida, más ropa, más placer; solo las personas pacientes están dispuestas a esperar, y todo el mundo encuentra su trabajo diario, suponiendo que esté dispuesto a hacerlo como antes, completamente desorganizado. Todo el mundo, además, exige una nueva condición de independencia y participar en la decisión de cómo se deben hacer las cosas.
Imagina que el pobre Parlamento se viera envuelto en semejante dilema. Frank Hodges y T. C. Cramp asediados por una multitud de amas de casa de Westminster que no consiguen ni pescado ni mantequilla. Will Thorne, a quien le informan de que se ha cortado el suministro eléctrico en todos los barrios periféricos. Ramsay Macdonald, algunos de cuyos electores están llegando a pie a Londres para decirle que en Leicester no hay carbón.
¡La única posibilidad para ese Parlamento sería convocar a los soviets industriales!
En cuanto a los ayuntamientos: recordamos el pequeño asunto del racionamiento de alimentos y los grupos de amas de casa que, aquí y allá, debido a los líos del comité local de alimentación y del Ministerio de Alimentación, se vieron consideradas «forasteras», con la prohibición de comprar en las tiendas en las que hasta entonces habían comprado y sin poder conseguir productos en ningún otro sitio.
Los únicos capaces de hacer frente a esta nueva y grandiosa situación serían quienes realizan el trabajo y quienes consumen los productos. Dada la estrecha interrelación que existe entre todos ellos en este ajetreado hervidero de vida superpoblada, los soviets serían la única solución. Los trabajadores de la fábrica, en medio de la confusión y el caos, se reunirían para discutir el asunto; nombrarían a uno de ellos para que contestara al teléfono, a otro para que fuera a buscar suministros; a otros para que hicieran inventario; a otros, según sus capacidades, para que se ocuparan de las distintas máquinas; a otros para que informaran a los ausentes de que la fábrica volvía a funcionar, y a otros como organizadores e instructores. Enviarían a los trabajadores de otras fábricas en busca de más suministros y organizarían intercambios.
Las mujeres que corren de un lado a otro desesperadamente en busca de provisiones, y que amenazan con empezar a saquear y provocar disturbios porque sus hijos tienen hambre, serían convocadas por las más sensatas, enumerarían sus necesidades y presentarían sus demandas ante los trabajadores responsables de la producción y el transporte.
Tercera parte: Workers Dreadnought, 10 de diciembre de 1921
En Rusia se llevó a cabo todo esto, y en vastas regiones, impulsados por la necesidad, sin una reflexión previa ni una organización.
En este país, los trabajadores no pueden dejar las cosas al azar. El capitalismo está muy bien organizado aquí y derrotará una y otra vez la revolución obrera, a menos que los trabajadores se organicen de manera eficaz. Además, en Londres y en las extensas cadenas de ciudades que conforman nuestros distritos industriales, vivimos tan apiñados en el terreno, dependemos de manera tan absoluta de los alimentos que nos llegan del exterior y del servicio colectivo de toda la comunidad industrial, que, a menos que la producción y la distribución estén bien organizadas, moriremos de hambre en poco tiempo.
Nos va a costar mucho si no hemos creado la maquinaria antes de que llegue la hora de la revolución.
Es evidente que el funcionamiento de los soviets debe regirse por las necesidades, y así lo hace en la medida en que tiene éxito. Cada taller celebra sus reuniones y elige a sus delegados para formar parte de un comité de fábrica. La fábrica también celebrará, en ocasiones, asambleas generales en las que participen todos los trabajadores. Cada fábrica estará unida a las demás fábricas del mismo sector en el distrito a través de su comité de delegados y, del mismo modo, se coordinará con todas las fábricas del mismo sector en el país. Estos son los órganos que se reunirán y debatirán lo que concierne a la industria, pero para los asuntos que conciernen al distrito en el que viven y trabajan los trabajadores, acudirán a asambleas generales o enviarán delegados a los comités de todas las industrias del distrito. Las amas de casa también tendrán sus propias reuniones y, a su vez, acudirán a asambleas generales o enviarán delegados a las industrias productoras cuando haya que llegar a acuerdos entre ellas.
Todo esto se llevará a cabo únicamente con el fin de gestionar los asuntos de tal manera que todos puedan estar, en la medida de lo posible, convencidos de que quienes deben satisfacer las necesidades de todos las conocen y comprenden.
Pero no debe haber coacción; algunas personas pueden decir: «Lo que decida la mayoría me parece bien». Otras dirán: «Me gusta poder opinar al respecto». Por regla general, cuando hay que tomar una decisión que afecta a un grupo de personas que trabajan juntas, todos los miembros del grupo participan y dan su opinión, y normalmente el asunto se resuelve de mutuo acuerdo.
La dictadura del proletariado
La «dictadura del proletariado» es una expresión muy mal utilizada; cuando el comunismo sea una realidad, no habrá proletariado, tal y como entendemos el término hoy en día, ni tampoco dictadura.
La dictadura, en la medida en que sea auténtica y defendible, consiste en la supresión por parte de los soviets obreros del capitalismo y del intento de restablecerlo. Esto debería ser un estado de guerra temporal. Creemos que ese período se producirá inevitablemente, porque no creemos que los poseedores de la riqueza se sometan al derrocamiento del capitalismo sin oponer resistencia. Por el contrario, creemos que los propietarios lucharán por preservar el capitalismo con todos los medios a su alcance.
Mientras los capitalistas luchen abiertamente contra los trabajadores que han tomado el poder —luchando contra ellos de forma abierta y encubierta, mediante batallones armados y bandas guerrilleras, con emboscadas, asesinatos, atentados con bombas, sabotajes y espías—, el proletariado debe mantener un servicio de guerra vigilante y una dictadura. La situación en Irlanda antes de la tregua se asemeja un poco a lo que una dictadura proletaria podría tener que afrontar.
Sin embargo, una vez que la guerra haya terminado, una vez que el capitalista y sus aliados hayan renunciado a cualquier intento serio de restablecer el capitalismo, entonces, fuera la dictadura; fuera la coacción.
Cualquier tipo de coacción es contraria al ideal comunista. Nadie puede convertir a otro en esclavo asalariado; nadie puede acumular para sí bienes que no necesita y no puede utilizar; pero la única forma de impedir tales prácticas no es penalizándolas, sino creando una sociedad en la que nadie necesite convertirse en esclavo asalariado y a nadie le importe cargar con una acumulación privada de bienes cuando todo lo que necesita se le suministra fácilmente, según lo necesita, desde el almacén común.
La educación obligatoria para los niños ha servido de protección para ellos en esta sociedad capitalista, cuando los padres son tan pobres y codiciosos que ansían los ingresos de sus hijos o sufren la carga que supone su manutención; pero si todo lo que la naturaleza y la humanidad producen fuera gratuito y abundante, al alcance de quien lo pidiera, ¿qué padres negarían la educación a sus hijos? ¿Qué niños se negarían a entrar en la escuela si las puertas estuvieran abiertas de par en par?
Cuarta parte: Workers Dreadnought, 24 de diciembre de 1921 y 21 de enero de 1922
Hemos visto que los soviets están destinados tanto a proporcionar la maquinaria organizativa de la sociedad comunista como a actuar como instrumento de la dictadura proletaria durante el período de transición en el que, aunque el capitalismo ha sido derrocado, los propietarios desposeídos aún no se han resignado a aceptar el nuevo orden. Los soviets también pueden dirigir la lucha por el derrocamiento efectivo del capitalismo, aunque en Rusia el poder fue tomado en realidad por el Partido Bolchevique y luego entregado a los soviets.
Analicemos la estructura esencial del soviet, su característica particular, en la que reside su especial idoneidad para funcionar como mecanismo administrativo de la comunidad comunista.
El soviet se estructura en torno a las líneas de producción y distribución; sustituye no solo al Parlamento y a los actuales órganos de gobierno locales, sino también a los capitalistas, al personal directivo y a los empleados de hoy en día, con todas sus ramificaciones. Las unidades funcionales de los soviets son los grupos de trabajadores de todos los niveles, incluidos los que se dedican a la gestión en la fábrica, el astillero, la mina, la granja, el almacén, la oficina, el centro de distribución, la escuela, el hospital, la imprenta, la lavandería, el restaurante y los trabajadores domésticos en el hogar comunitario, la calle o la manzana de viviendas.
La estructura teórica generalmente aceptada de la sociedad soviética es la siguiente:
Coordinación industrial
El Comité de Taller: integrado por todos los trabajadores del taller.
El Comité de Fábrica: integrado por delegados de los Comités de Taller.
El Comité de Distrito: integrado por delegados de los comités de fábrica o de subdistrito de los trabajadores del sector, y de los comités de distrito de los trabajadores del sector de la distribución que se dedican a distribuir los productos de dicho sector.
El Comité Nacional: compuesto por delegados de los comités de distrito.
Coordinación interindustrial
Comités de distrito y subdistrito: delegados de los comités de distrito o subdistrito de los sectores industriales (incluidas fábricas, muelles, explotaciones agrícolas, lavanderías, restaurantes, centros de distribución, escuelas, trabajadores del hogar, parques, teatros, etc., con representación de los trabajadores de todos los ámbitos de la actividad social).
Comité Nacional: integrado por delegados de los comités de distrito de todos los sectores industriales y de las actividades sociales.
Por lo tanto, existe un doble mecanismo: 1. Para la organización y coordinación de cada sector y actividad social; 2. para la interconexión de todos los sectores y actividades sociales.
La red de comités de delegados que conforma la estructura de los soviets y vincula a los numerosos grupos productivos, así como a los productores individuales, no debe considerarse una maquinaria rígida e inflexible, sino un medio adecuado para llevar a cabo las tareas necesarias, un método práctico de cooperación entre organizaciones que brinda a todos la oportunidad de participar en la gestión social. Los miembros de una comunidad dependen unos de otros. La hilandería de algodón es gestionada por varios grupos de trabajadores que se dedican a diversos oficios. Los trabajadores de la hilandería dependen, para la ejecución de su trabajo, de los cultivadores de algodón, los ferroviarios, los marineros y los estibadores, que les proporcionan la materia prima de su oficio. Dependen de los fabricantes de maquinaria, los mineros, los electricistas y otros para la maquinaria de hilado y la energía necesaria para hacerla funcionar, y de los tejedores, los blanqueadores, los tintoreros, los estampadores, los trabajadores de la confección y los tapiceros para completar el trabajo que han comenzado. Para que los hilanderos puedan realizar su trabajo, también dependen de los constructores, decoradores, fabricantes de muebles, productores de alimentos, confeccionistas y de innumerables personas más, cuyo trabajo es necesario para mantenerlos sanos y eficientes.
En la actualidad, es el empresario quien dirige, y el comerciante quien coordina y distribuye la producción social. Cuando se derrumbe el capitalismo, habrá que encontrar otro medio de dirección, coordinación y distribución; los procesos productivos no deben caer en el caos. Los soviets proporcionarán el medio necesario de coordinación y dirección; pero deben convertirse en un medio de conveniencia, no de coacción; de lo contrario, no podrá haber un comunismo auténtico.
En Rusia, la Constitución soviética solo se ha aplicado de forma muy parcial, no ha tenido una estructura teóricamente regular y sigue estando constantemente sujeta a importantes modificaciones.
Los soviets rusos no se habían creado de antemano como preparación para la revolución de marzo de 1917: surgieron en medio de la crisis. Habían surgido durante la revolución de 1905, pero desaparecieron tras su caída. La revolución de marzo de 1917 solo creó soviets en unos pocos centros y, aunque su número creció y se amplió con la revolución bolchevique de noviembre, la red de soviets sigue siendo incompleta. Kámenev, al informar sobre esta cuestión ante el VII Congreso Panruso de Soviets en 1920, afirmó que, incluso allí donde existían soviets, sus asambleas generales solían ser poco frecuentes y, cuando se celebraban con asiduidad, solo se escuchaban unos pocos discursos y se disolvían sin tratar ningún asunto concreto.
No obstante, el Gobierno soviético había afirmado que el número de soviets realmente en funcionamiento había aumentado de forma continua; sin embargo, admite abiertamente que los soviets no han desempeñado un papel tan activo ni tan responsable como deberían en la creación y gestión de la nueva comunidad. La «nueva política económica» de Rusia, que supone un retorno al capitalismo, ataca de raíz la idea soviética y destruye la funcionalidad de los soviets.
Las dificultades específicas de Rusia a la hora de aplicar el sistema soviético eran inherentes al estado de atraso del país, que solo había avanzado parcialmente del feudalismo al capitalismo. En la industria, los pequeños productores artesanales seguían representando el 60 % de la producción industrial rusa. En la agricultura, los campesinos aún no se habían separado de la tierra, como ocurre en Inglaterra, donde desde hace tiempo existe una clase de trabajadores rurales completamente desposeída de tierras. En Rusia, el ideal del trabajador de la tierra era producir para sí mismo en su propia explotación y vender sus productos, no trabajar en cooperación con otros. Los campesinos rusos, que superaban ampliamente en número al resto de la población, eran prácticamente unánimes en sus demandas. Los que no tenían tierra estaban decididos a conseguir un pedazo para sí mismos, y los que tenían un pequeño pedazo de tierra querían más. Aunque su individualismo se veía atenuado por la antigua costumbre de redistribuir periódicamente la tierra y otras tradiciones del pueblo, los campesinos eran una influencia contraria al comunismo. No obstante, su antiguo consejo del pueblo, el Mir, un vestigio del periodo del comunismo primitivo, los había preparado en cierta medida para los soviets.
En las comunidades rurales dispersas, el carácter profesional del soviet parece quedar en cierta medida eclipsado por el territorial; sin embargo, todos los oficios secundarios de las aldeas están al servicio de la gran industria que es la agricultura. Los lazos de interés común y dependencia mutua, que constituyen la savia del soviet, se hacen claramente evidentes entre los trabajadores del campo y los diversos artesanos de la aldea. La difuminación del carácter profesional del soviet de la aldea no resta valor a su función de unidad administrativa en armonía con las condiciones reales del país. Por otra parte, el hecho de que los soviets de las ciudades no pudieran suministrarle los productos industriales que necesitaba, al debilitar el vínculo de utilidad mutua y hacer que la utilidad fuera meramente unilateral, eliminó el impulso natural de los soviets de las aldeas de vincularse por razones utilitarias con los soviets de las ciudades. La producción de productores individuales que compiten entre sí crea fuentes de conflicto que son antagónicas al soviet. El soviet más fuerte y útil debe ser siempre aquel formado por quienes trabajan juntos y se dan cuenta en todo momento de que dependen unos de otros. La necesidad de la sociedad soviética se hace más patente y su labor más variada cuanto más se realiza el trabajo en común y cuanto más estrechamente se relacionan entre sí las vidas de las personas. La humanidad es gregaria; el grado de gregariedad de los seres humanos depende en parte de las condiciones materiales y en parte de la inclinación (que es, sin duda, en gran medida, si no totalmente, el resultado gradual de un entorno prolongado). A medida que la humanidad se asegura un dominio más completo sobre la materia, la elección individual sobre cómo se va a vivir se vuelve más amplia y más libre; la ciencia permitirá cada vez más que el deseo determine el grado de concentración industrial. Nuestra civilización ha llegado quizás casi al límite de la tendencia a reunir a un número cada vez mayor de trabajadores, que realizan alguna minúscula operación mecánica como asistentes de la maquinaria. Quizás el futuro nos depare un desarrollo totalmente opuesto. Eso no cambiaría el hecho de que el soviet debe encontrar su terreno más propicio en una sociedad basada en la ayuda mutua y la dependencia mutua.
En los centros industriales, donde cabría esperar que se hubiera respetado el principio de la composición profesional de los soviets, la estructura de los soviets rusos resultaba irregular desde el punto de vista teórico. Los soviets, en lugar de estar formados exclusivamente por trabajadores de las diversas industrias y actividades de la comunidad, estaban compuestos también por delegados de partidos políticos, grupos políticos formados por extranjeros en Rusia, consejos sindicales, sindicatos y sociedades cooperativas. El Pravda del 18 de abril de 1918 publicó el siguiente reglamento para las elecciones al Soviet de Moscú:
«Normativa sobre representación.
Las empresas que empleen entre 200 y 500 trabajadores enviarán un representante; las que empleen a más de 500, enviarán un representante por cada 500 trabajadores. Las empresas que empleen a menos de 200 trabajadores se unirán, a efectos de representación, con otras empresas pequeñas.
Los soviets de distrito envían dos diputados, elegidos en una sesión plenaria.
Los sindicatos con un número de afiliados que no exceda de 2.000 envían un diputado; los que no excedan de 5.000, dos diputados; los que superen los 5.000, uno por cada 5.000 trabajadores, pero no más de diez diputados por cada sindicato.
El Consejo Sindical de Moscú envía cinco diputados.
Los partidos políticos envían 30 diputados al Soviet: los escaños se asignan a los partidos en proporción a su número de afiliados, siempre que los partidos incluyan cuatro representantes de establecimientos industriales y de trabajadores organizados.
Se asignan escaños a los representantes de los siguientes partidos socialistas nacionales no rusos, a razón de un representante por partido:
(a) «Bund» (judío).
(b) Partido Socialista Polaco (izquierda).
(c) Partidos Socialdemócratas Polaco y Lituano.
(d) Partido Socialdemócrata Letón.
(e) Partido Socialdemócrata Judío.»
La intención al otorgar representación a estos diversos intereses era, por supuesto, neutralizar su oposición al poder soviético y ganarse su cooperación; pero con ello se sacrificó el carácter esencialmente administrativo de los soviets. Al estar constituidos de este modo, se veían abocados inevitablemente a debatir sobre antagonismos políticos en lugar de sobre la producción y distribución de los servicios y prestaciones sociales.
Los sindicatos industriales, los consejos económicos y las sociedades cooperativas que han caracterizado a la Rusia soviética (los dos primeros cuentan con representación en los soviets) no tienen cabida —pues carecen de razón de ser— en un sistema soviético eficiente, en el que quedarían absorbidos por los soviets de profesión y se fusionarían con ellos de forma indistinguible.
Los sindicatos industriales no tendrían razón de ser si los soviets cumplieran eficazmente su función propia como mecanismo administrativo de la comunidad comunista, ya que los soviets deberían abarcar los mismos ámbitos que los sindicatos industriales. Los sindicatos industriales solo existirán mientras haya un conflicto entre los trabajadores y los soviets (que, en teoría, son los órganos de los trabajadores), o en caso de que los soviets no logren gestionar la industria o no lo hagan de manera eficaz. La mera existencia del sindicato industrial, a menos que sea meramente un club social, denota un antagonismo entre los miembros del sindicato y quienes administran la industria; a menos que, por otra parte, los soviets no logren administrar la industria y los sindicatos se formen con ese propósito. En Rusia, de hecho, la persistencia de los sindicatos industriales se debe a que existe un antagonismo entre los trabajadores y quienes administran la industria. En una comunidad soviética teóricamente correcta, los trabajadores, a través de sus soviets, que son indistinguibles de ellos, deberían administrar. Esto no se ha logrado en Rusia.
Las cooperativas no tienen cabida en una auténtica comunidad soviética. Si se trata de organizaciones puramente distributivas, deben ser las ramas distributivas de los soviets industriales. Si son órganos de compra y venta, son vestigios del capitalismo y deben desaparecer bajo el comunismo. Si son asociaciones de productores, solo pueden diferenciarse de los soviets industriales en la medida en que exigen un pago en efectivo o en especie por sus productos, en lugar de distribuirlos gratuitamente. En la medida en que exigen pago o practican el trueque, no tienen cabida en una comunidad soviética.
El curioso mosaico heterogéneo que hasta ahora ha constituido el sistema soviético ruso no debe, en modo alguno, copiarse de forma servil. Los propios rusos lo han subrayado. Sin embargo, las tácticas recientes que han inducido a la Tercera Internacional a adoptar no indican que tengan una percepción clara de que una comunidad industrial altamente organizada pueda construir el nuevo orden comunista sobre los cimientos teóricamente correctos de los soviets de profesión.
Quinta parte: Workers Dreadnought, 28 de enero de 1922
Zinóviev, en el Segundo Congreso de la Tercera Internacional celebrado en Moscú, presentó una tesis en la que se afirmaba que no debía intentarse formar soviets antes del estallido de la crisis revolucionaria. Se argumentaba que, dado que dichos órganos carecerían de poder, o casi, su formación podría hacer que el concepto de los soviets cayera en el desprecio del proletariado. La tesis fue aprobada por el Congreso sin debate alguno, convirtiéndose así en un axioma de la Tercera Internacional.
La cuestión de si el mero término tomado de otra lengua, «Soviet», debe reservarse para su uso en la crisis real de la revolución tiene poca importancia; sin embargo, si no se utilizara antes, probablemente no llegaría a adoptarse como lema de la revolución.
Por otra parte, la cuestión de aplazar la creación de la organización propiamente dicha hasta el momento en que se produzca una crisis revolucionaria es fundamental.
La idea expresada e insistida en esa tesis de Zinóviev era que el soviet debía ser un gran movimiento de masas, que se uniera en la excitación eléctrica de la crisis; la corrección de su estructura, su verdadera «sovietidad» (por acuñar un adjetivo), se consideraba de importancia secundaria. La Tesis no contempla un crecimiento progresivo, ramificándose gradualmente hasta la hora de la crisis; ni una organización fuerte y probada. Se ignora la necesidad de una estructura cuidadosamente concebida. Sólo se recomienda la propaganda a favor de los soviets.
La doble revolución rusa fue una sucesión de estallidos espontáneos, sin una organización adecuada que la respaldara. Los sindicatos, siempre de escaso desarrollo, fueron aplastados por el zarismo al estallar la gran guerra de 1914. Los partidos políticos revolucionarios podían convocar una revolución, pero no podían llevarla a cabo: eso lo lograron los elementos revolucionarios del Ejército y la Armada, de los talleres, de los ferrocarriles y del campo. El hecho de que estos revolucionarios en los centros de producción estuvieran en su mayoría desorganizados fue una desventaja, no una ventaja. En Rusia, el gobierno primero del zar y luego de Kerenski se derrumbó rápidamente ante el asalto popular. La desventaja derivada del estado desorganizado de los trabajadores no se sintió en toda su gravedad hasta después de que se hubiera establecido el Gobierno Soviético. Entonces se comprendió que, aunque se suponía que los soviets habían tomado el poder, la estructura soviética aún debía crearse y ponerse en funcionamiento. La estructura sigue estando incompleta: apenas ha funcionado. La administración ha recaído en gran medida en los departamentos gubernamentales, que a menudo han trabajado sin la cooperación activa y dispuesta, y a veces incluso con la hostilidad, de grupos de trabajadores que deberían haber asumido una parte responsable de la administración. A esta causa debe atribuirse en gran medida la derrota de la Rusia soviética en el frente económico.
Sería una locura monstruosa que los trabajadores de otros países, especialmente de los países altamente industrializados donde el capitalismo tiene una larga tradición, imitaran la falta de preparación de Rusia. Nosotros, en Gran Bretaña, tenemos que derrocar un capitalismo infinitamente más fuerte: contamos con mayores oportunidades para crear la organización necesaria para combatirlo.
Esta organización debe ser capaz tanto de atacar y destruir el capitalismo en la lucha final como de sustituir la maquinaria administrativa del capitalismo. Además, debe estar animada por la voluntad de alcanzar estos objetivos.
En la actualidad no existe ninguna organización de este tipo en nuestro país.
Nuestros sindicatos carecen tanto de la voluntad como de la capacidad necesarias para ello. Nos acercamos más al sindicalismo industrial en los sectores de la minería, el transporte y la agricultura, pero incluso allí contamos con varios sindicatos que compiten entre sí en cada sector. En las industrias textil, metalúrgica, alimentaria, maderera, de la confección y de la construcción, contamos con una multiplicidad de organizaciones poco coordinadas. Además, la gran masa de trabajadores se divide en dos sectores: los cualificados y los no cualificados, organizados en sindicatos totalmente separados y divididos por barreras infranqueables que han sido celosamente erigidas y mantenidas por los trabajadores cualificados.
La estructura de los sindicatos es anticuada y propicia los retrasos. Es muy poco democrática: algunos sindicatos tienen miembros de primera y segunda clase, y sólo los primeros —con una antigüedad de diez años o más— pueden optar a cargos de responsabilidad; otros eligen a su ejecutiva por un periodo de ocho años o por algún otro mandato prolongado; y otros no celebran ningún congreso general de representantes de las secciones. Los miembros de base de los sindicatos tienen poca o ninguna voz a la hora de decidir las cuestiones políticas más importantes. El comité ejecutivo suele determinar la política a seguir en conferencias nacionales con otros organismos. Los estatutos, que están registrados ante el Registro General del Gobierno capitalista, no pueden modificarse sin un esfuerzo largo y arduo. En circunstancias normales, se necesitarían muchos años para modificarlas de forma apreciable. Las normas y la estructura de los sindicatos supondrían un obstáculo para cualquier intento serio que se hiciera de reformarlos, con el fin de que pudieran funcionar con cierta eficacia en el ataque al capitalismo y en la administración de la industria tras el derrocamiento del capitalismo.
Las normas y la estructura suponen incluso un grave obstáculo en la lucha diaria por mitigar el capitalismo, que es precisamente para lo que existen los sindicatos.
Los dirigentes sindicales, que casi sin excepción desean que se mantenga el sistema capitalista y temen, por encima de todo, cualquier ataque serio contra él, cuentan con el apoyo y la protección de los estatutos sindicales en su conservadurismo.
Los dirigentes reaccionarios cuentan, sin embargo, con un apoyo y una protección más sólidos en las masas atrasadas, que superan ampliamente en número a los trabajadores concienciados de los sindicatos. Sólo en las etapas avanzadas de la Revolución las grandes masas percibirán el abismo que las separa de sus dirigentes reaccionarios. Esta es una de las razones por las que es necesaria otra organización. Dicha organización debe revelar a las masas el verdadero carácter de sus dirigentes y ofrecerles una política alternativa.
Los sindicatos están formados por una gran cantidad de trabajadores que no se afiliaron a ellos con el objetivo de cambiar el sistema social, sino simplemente para paliar sus efectos. Últimamente, se ha llegado incluso a obligar a hombres y mujeres a afiliarse a los sindicatos, ya que estos se han vuelto lo suficientemente fuertes como para garantizar que quienes se nieguen a hacerlo tengan dificultades para conseguir empleo. Con una afiliación de este tipo, los sindicatos son, naturalmente, organismos tímidos y conservadores, propensos a oponerse a cambios drásticos y poco dispuestos a tomar iniciativas audaces.
Creemos que esos sindicatos nunca pueden desencadenar deliberadamente una revolución. En este asunto, la teoría se ve respaldada por la experiencia. En Rusia, la revolución no fue llevada a cabo por los sindicatos, que apenas existían. Tras la primera revolución, el Consejo Central de los Soviets se esforzó por formar sindicatos. Algunos de los sindicatos que había formado se opusieron entonces a que los soviets conservaran el poder, trabajaron en contra de todas las tendencias hacia el comunismo y dieron su apoyo a la demanda de una república burguesa, con el capitalismo restablecido en el poder.
En Alemania, los sindicatos, lejos de liderar los distintos levantamientos proletarios, no participaron oficialmente en ellos, salvo para oponerse a ellos.
Para gobernar en lugar del capitalismo, además de para derrocarlo, los trabajadores deben organizarse con toda la eficiencia y coherencia del capitalismo, y más aún. En este país, el propio capitalismo, aunque está mucho mejor equipado que en la Rusia del zarismo, sigue adoleciendo de falta de coordinación. Como medio para satisfacer las necesidades de la población, adolece, por un lado, de la competencia y el solapamiento de intereses privados; y, por otro, de la escasez y la carencia en zonas donde los escasos recursos de la población no hacen rentable abastecerla de manera eficiente. Cada día, el capitalismo británico está subsanando algunos de sus defectos organizativos, al menos algunos de los debidos a sus propias rivalidades capitalistas internas.
Desde el sector bancario, donde casi hemos llegado a un único trust, hasta las teterías, donde Lyons está absorbiendo a un competidor tras otro, la coordinación y la eliminación de la competencia se producen constantemente. La «trustificación» aún no se ha desarrollado tanto en Gran Bretaña como en Alemania, donde la combinación del poderoso capitalista Stinnes aúna la extracción de carbón y minerales, la fundición y la fabricación, el transporte y la comercialización de todo tipo de productos metálicos; la silvicultura, la carpintería, la fabricación de papel, la imprenta y la edición; el transporte en tranvía, tren y marítimo, y la prestación de servicios de alojamiento hotelero; la producción y el suministro de electricidad en todas sus ramas, y un sinfín de otras actividades.
La organización capitalista británica se consolidará rápidamente bajo la presión de la competencia que se está alzando contra ella en todo el mundo: en las propias colonias y dominios de Gran Bretaña, en América, en el creciente industrialismo de Polonia, Italia y otros países europeos, y sobre todo en Alemania, cuyo capitalismo —más aún desde la guerra que pretendía aplastarlo— es el rival más acérrimo de Gran Bretaña.
Debemos acoger con satisfacción la «trustificación» de la industria, en la medida en que supone una coordinación basada en la conveniencia y la utilidad a la hora de producir y distribuir lo que la población necesita. Debemos acogerla con satisfacción también porque proporciona los medios para unir a los trabajadores en una organización de lucha muy cohesionada; una organización que pueda intervenir y desplazar al capitalista y que, una vez hecho esto, sea capaz de continuar con la producción y la distribución.
Una organización de este tipo podría crearse mediante la organización de los trabajadores en los centros coordinados de producción y distribución, siguiendo el modelo del propio Trust. Los sindicatos no están organizados de esta manera.
Aunque la «trustificación» aún no ha avanzado mucho en Gran Bretaña, los empresarios británicos están mucho mejor organizados que los trabajadores británicos. Las asociaciones patronales y las publicaciones especializadas unen a los empresarios de todos los sectores, y la clase empresarial muestra un grado de solidaridad mucho mayor que la clase trabajadora cuando surge un conflicto laboral. En este país, el sindicalismo nunca ha llegado a la huelga general; incluso ha rehuido intentar cualquier huelga de solidaridad a gran escala. En este sentido, el sindicalismo británico va a la zaga del de la mayoría de los países europeos. Tanto ideológica como estructuralmente, se ve claramente superado por sus contemporáneos continentales. De hecho, es únicamente por el número de afiliados que el movimiento sindical británico ha afirmado ser el más fuerte del mundo. Como organismo de acción, ganaría en fuerza si se pudiera podar sin piedad a sus miembros más atrasados.
La concentración de la propiedad y la coordinación de la industria en el marco del capitalismo han dado lugar, desde hace muchos años, a un debate constante sobre el sindicalismo industrial en el seno del movimiento obrero; sin embargo, los avances reales en la estructura sindical han sido sorprendentemente escasos.
Ese rápido crecimiento en tiempos de guerra, la organización de los Shop Stewards’, logró en pocos meses coordinar a los trabajadores de las fábricas de municiones y los astilleros con una eficacia y un rigor que los sindicatos nunca habían alcanzado, y convirtió al movimiento de los Stewards’ en una fuerza de acción coherente, algo que los sindicatos nunca habían sido. Este desarrollo demuestra que la tarea de organizar a los trabajadores de acuerdo con la organización capitalista, en la que los sindicatos han fracasado hasta ahora, puede llevarse a cabo fácilmente partiendo de una nueva base, sin verse obstaculizada por las trabas de la vieja maquinaria y los prejuicios e intereses creados de los antiguos dirigentes.
Quizás se pueda objetar que, dado que la organización de los Shop Stewards’ se redujo al término de la guerra y prácticamente ha desaparecido, los sindicatos cuentan con elementos de permanencia de los que los Shop Stewards’ carecían. Eso es cierto. Los sindicatos conservaron sus fondos acumulados y los aumentaban semana tras semana, ya que los trabajadores seguían pagando sus cuotas sindicales semana tras semana; aunque los sindicatos funcionaban únicamente como sociedades de socorro mutuo, mientras que los propios trabajadores de base realizaban, a través de sus comités de taller y sus delegados elegidos, la labor para la que se crearon los sindicatos. Los sindicatos conservaron la posesión de los fondos y las prestaciones solidarias. Cuando pasó el auge de la producción y el desempleo se generalizó en el país, los trabajadores, que por el momento no estaban preparados para salvaguardar su estatus en el taller, se alegraron de poder recurrir a las prestaciones solidarias del sindicato.
Sexta parte: Workers Dreadnought, 4 de febrero de 1922
Como hemos visto, el objetivo principal de los soviets es atender las necesidades de la población en materia de ropa, vivienda, educación, ocio, transporte, etc. Los trabajadores encargados de estos servicios se agrupan en sus respectivos soviets para llevar a cabo su labor. La estructura de los soviets es eficiente, porque se conforma según las necesidades del trabajo; también porque otorga a cada trabajador una parte responsable en el esfuerzo común y, de ese modo, fomenta el impulso cooperativo. Incluso bajo el capitalismo se han descubierto las ventajas del consejo de taller, que es el germen del soviet, no solo por parte de los trabajadores, sino también por parte del propio capitalista. Durante la guerra, cuando floreció el movimiento de los Shop Stewards’, fueron los propios empresarios quienes impulsaron la formación de consejos de taller y la elección de delegados de los trabajadores.
Los empresarios lo hicieron, no sólo para adelantarse a los elementos rebeldes, sino más bien porque, en medio de la gran tensión de la guerra y ante la enorme afluencia de nuevos trabajadores, la organización de los consejos de taller minimizaría los costes de gestión, reduciría el número de supervisores remunerados necesarios y las dificultades para mantener la disciplina, y aumentaría la producción al fomentar un espíritu de colaboración entre los trabajadores, que respondían a los llamamientos patrióticos para producir más.
El Sr. Charles Reynold, de la importante empresa de ingeniería que lleva su nombre, pronunció recientemente un discurso sobre los comités de taller y el control de la industria: describió cómo el comité de fábrica de su firma celebra reuniones mensuales con la dirección para debatir los salarios y las condiciones laborales, así como todas las cuestiones relacionadas con la gestión. Declaró que la información financiera confidencial que se presenta a los directores se comunica al comité de fábrica, y el resultado es la creación de un sentido de la responsabilidad, la comprensión del punto de vista de la dirección y la aceptación de los cambios con relativamente poca fricción.
Desde el punto de vista de la lucha de clases, esta información no nos satisface, y es de suponer que el plan forma parte de algún acuerdo de participación en los beneficios. No obstante, es un testimonio del valor del consejo de taller desde el punto de vista de la eficiencia administrativa, aunque bajo el capitalismo el consejo de taller no tiene, por supuesto, ningún poder real, y sólo una parte de la responsabilidad que le corresponde. Reynold’s no es más que una de las muchas empresas capitalistas que se esfuerzan, en aras de la eficiencia, por asegurarse la cooperación de sus trabajadores, aunque las condiciones capitalistas impiden que la cooperación sea genuina por ambas partes. El auge del whitleyismo demuestra que los capitalistas británicos inteligentes están empezando a comprender que los hombres y las mujeres sólo dan lo mejor de sí mismos cuando actúan por voluntad propia, sintiéndose entidades responsables. Esta verdad es olvidada con demasiada frecuencia por quienes en su día la predicaron, cuando alcanzan cargos oficiales, ya sea en Rusia o en Gran Bretaña.
La tendencia de la época respalda la opinión de que el Gobierno soviético cometió un grave error al decidir (y poner en práctica su decisión) que el «control obrero de la industria» no es más que una consigna útil para lograr el derrocamiento del capitalista, y que debe descartarse, una vez que los trabajadores han expulsado al capitalista, en favor de la gestión por parte de una persona o un comité designado por alguna autoridad centralizada.
Un análisis minucioso y sincero del intento ruso de instaurar el comunismo revelará algún día, con mayor claridad que en la actualidad, el peso relativo de las causas que han llevado a su fracaso. Nos vemos obligados a admitir que, por el momento, ha fracasado y que solo un nuevo y poderoso impulso podrá detener el actual retroceso en Rusia.
Un análisis tan sincero aportará pruebas sobre en qué medida el fracaso ruso se ha debido a la resistencia capitalista al comunismo; en qué medida a la falta de preparación de la población; y en qué medida a los errores de los comunistas y, sobre todo, a los del Gobierno soviético.
La cuestión del control obrero de la industria ocupará un lugar destacado en este contexto.
Desde el punto de vista de la eficacia como fuerza de lucha, es bien sabido que nunca se llevaron a cabo en este país huelgas tan rápidas, sólidas y exitosas como las del movimiento de los Shop Stewards’ durante la guerra. El coro de las bases quejándose de la ineficacia, la inactividad y la falta de solidaridad de clase mostradas por los líderes sindicales reaccionarios no deja de crecer y decaer. Durante el cierre patronal de Dublín de 1912, durante la huelga ferroviaria de 1919 y la huelga del carbón de 1921, se intensificó con indignación, pero sólo los trabajadores organizados en los comités de taller han emprendido acciones a gran escala, salvo a instancias de los dirigentes sindicales. Esto no es extraño: hasta que tanto los trabajadores individuales como los trabajadores de cada empresa en particular sientan que otros actuarán con ellos, se muestran reacios a emprender acciones que, si no cuentan con apoyo, les expondrán a represalias.
En resumen: los soviets, o consejos obreros de oficio, constituirán el aparato administrativo encargado de satisfacer las necesidades del pueblo en la sociedad comunista; además, llevarán a cabo la revolución tomando el control de todas las industrias y servicios de la comunidad.
Aunque en Rusia la revolución fue llevada a cabo por los soviets, que surgieron espontáneamente en algunos lugares, y por levantamientos populares desorganizados, esto sólo fue posible porque el Gobierno ruso se había desmoronado, el capitalismo era débil y de alcance limitado, y todo el país se encontraba sumido en un caos total.
Aquí, en Gran Bretaña, hay que preparar con antelación el aparato de los soviets. En todas las industrias y servicios, los trabajadores revolucionarios —que trabajan habitualmente allí y conocen bien el funcionamiento de las cosas— deben estar preparados para tomar y mantener el control.
Los sindicatos no proporcionan este aparato: no son competentes ni para tomar el control, ni para dirigir, ni para administrar la industria. No están estructurados para administrar la industria, ya que sus organizaciones no agrupan a todos los trabajadores de un sector concreto y no están coordinadas de manera eficaz. Sus secciones se organizan en función del distrito en el que reside el trabajador, y no del lugar donde trabaja.
Además, los sindicatos se oponen a la acción revolucionaria: su objetivo es conseguir mejoras en el sistema capitalista, no abolirlo.
La experiencia británica ha demostrado que el sistema de consejos de trabajadores resulta eficaz tanto como motor para la lucha contra el empresario como medio para gestionar la industria. La experiencia también ha demostrado que, en condiciones favorables, puede implantarse con notable rapidez.
La experiencia en aquellos países europeos donde los trabajadores y sus organizaciones se han puesto a prueba en la lucha revolucionaria ha demostrado que el consejo obrero es siempre el órgano de la lucha obrera. Los sindicatos, tras intentar sin éxito evitar el enfrentamiento, se han puesto en todos los casos del lado de la preservación del orden establecido y se han opuesto a todo esfuerzo de los trabajadores y sus consejos por vencer a la clase patronal.
Las declaraciones realizadas por J. H. Thomas en el juicio por difamación que entabló contra el Communist y sus responsables revela la actitud que adoptará en caso de que se produzcan luchas por el poder proletario en este país. No hay que considerar a J. H. Thomas como una excepción: todos los dirigentes sindicales británicos adoptarán la misma actitud. Algunos denunciarán a los trabajadores revolucionarios desde las tribunas, proclamando abiertamente su lealtad a la Corona, al Gobierno y a la clase patronal; otros se mantendrán simplemente al margen de los revolucionarios y, en las conferencias sindicales, votarán en contra de que los sindicatos se unan a los revolucionarios en la lucha. Si no aconsejan a los miembros de los sindicatos que presten ayuda efectiva al Gobierno para reprimir a los revolucionarios, al menos les aconsejarán que contribuyan a la causa del restablecimiento del orden capitalista perturbado permaneciendo tranquilamente en sus puestos de trabajo, como obedientes siervos del patrón capitalista o del Gobierno capitalista.
Este es el papel que han desempeñado los sindicatos y sus dirigentes en cada uno de los numerosos levantamientos proletarios recientes en otros países: este es el papel que desempeñarán aquí J. H. Thomas y sus compañeros. J. H. Thomas sólo se diferencia en grado de sus compañeros pertenecientes a la escuela reformista. El movimiento sindical británico y sus dirigentes pertenecen a la misma escuela que los sindicatos y los dirigentes sindicales de Europa y América.
Los sindicatos tienen una estructura demasiado difusa y descoordinada como para llevar a cabo la revolución; se oponen ideológicamente a ella; por lo tanto, lucharán contra ella.
Los consejos de trabajadores, coordinados a nivel industrial y nacional en función de las líneas de producción y distribución, son los órganos estructuralmente más adecuados para otorgar a los trabajadores el máximo poder en el control de la industria. Si ese poder se va a utilizar para derrocar el sistema actual, los consejos —que en conjunto formarán una «Gran Unión Única» (One Big Union) de comités de trabajadores en todos los sectores— deben constituirse, desde el principio, con el objetivo de asumir el control.
En Alemania, donde los métodos necesarios para librar la lucha proletaria se están forjando en el curso mismo de la lucha, la Unión Obrera Revolucionaria, la AAU, constituye una fuerza de combate con la que hay que contar. Su crecimiento se ha visto acelerado por el hecho de que los sindicatos reaccionarios han expulsado a sus miembros revolucionarios.
Séptima parte: Workers Dreadnought, 11 de marzo de 1922
La gran tarea de la revolución comunista es de carácter ideológico. El comunismo implica la creación de una actitud mental totalmente nueva hacia todas las relaciones sociales, así como el desarrollo de una gran cantidad de nuevos hábitos e impulsos. Al deshacernos de nuestro monedero y de nuestras preocupaciones y cálculos económicos, al eliminar la dependencia de los que carecen de propiedades respecto a los que las poseen, cambiaremos la configuración de la vida en su conjunto. El comunismo nos proporcionará una gran fraternidad, una gran confianza, fruto de una gran seguridad, y un entusiasmo abundante por el trabajo productivo, porque dicho trabajo beneficiará a todos y todos compartirán la responsabilidad del mismo.
El comunismo requiere la puesta en marcha de una gran iniciativa que anime a todo el pueblo.
Bajo el capitalismo, las masas son como un rebaño de ovejas conducido por sus dueños. Bajo el comunismo, por el contrario, serán cooperadores libres, que producirán, inventarán y estudiarán, no por la coacción de la ley, ni por la pobreza, ni por el incentivo del beneficio individual, sino por elección deliberada y con un entusiasmo ferviente por el logro. El comunismo proporcionará las condiciones materiales y espirituales que harán posible el trabajo cooperativo voluntario. Solo mediante el servicio voluntario y la iniciativa inteligente puede desarrollarse el verdadero comunismo.
El establecimiento de la vida comunista implica una ruptura total, tanto en la práctica como en las ideas, con el capitalismo y su maquinaria. El sistema parlamentario es la maquinaria característica del Estado capitalista; se ha desarrollado con gran similitud en todos los países que han construido su propio capitalismo. En los países donde un capitalismo extranjero domina a la población autóctona, el sistema parlamentario de los extranjeros dominantes extiende los tentáculos de su poder al país sometido. Envía a sus funcionarios al extranjero para gobernar a los autóctonos, descartando por completo su supuesta dependencia del consentimiento de los gobernados y su alardeado carácter representativo.
El Parlamento ha sido, en gran medida, la sociedad cooperativa de los terratenientes y los capitalistas, a través de la cual han controlado al proletariado en el país y han mantenido su poder en el extranjero.
Los grandes terratenientes recurrieron inicialmente a la fuerza y la violencia, al margen de la ley, para apoderarse de sus fincas. En la segunda mitad del siglo XV, en su calidad de señores feudales, expulsaron de sus tierras a los campesinos, que tenían el mismo derecho feudal sobre la tierra que ellos. Los señores feudales usurparon las tierras que se poseían y utilizaban en común. Todo ello lo hicieron al margen de la ley y las costumbres, y sin esperar a obtener el consentimiento o la ayuda del Parlamento.
Más adelante, sin embargo, a los señores feudales les resultó conveniente que el Parlamento ratificara el expolio que infligían a los campesinos y que promulgara leyes para completar su usurpación de la tierra. Desde sus escaños en el Parlamento, los señores procedieron a abolir su propio régimen de tenencia de la tierra, de carácter meramente feudal, y, al crear el derecho moderno a la propiedad privada de la tierra, se convirtieron en sus propietarios absolutos.
Antes de que se legalizara la expropiación de los campesinos, los señores del Parlamento promulgaron leyes para obligar a los campesinos a los que expulsaban de sus tierras a convertirse en sus esclavos asalariados. A partir del reinado de Enrique VII, se empezaron a promulgar leyes para coaccionar a los desposeídos. Todos sabemos que, por mendigar o vagar sin medios de subsistencia, a las personas sin tierras se les azotaba y marcaba, se les cortaban las orejas y, a la tercera detención, se les ejecutaba. Una ley de Eduardo VI condenaba al holgazán a ser esclavo de quien lo denunciara. Podía ser vendido, legado o contratado como esclavo. Cualquiera podía convertir a sus hijos en esclavos. Los vagabundos, como se llamaba a los desposeídos, podían ser convertidos en esclavos de la parroquia, condenados a trabajar para los habitantes. Sólo en el reinado de Ana, cuando se había desarrollado un proletariado industrial suficiente para las necesidades de los agricultores y fabricantes, se derogaron tales estatutos. Ya en 1349, el Parlamento, en el Estatuto de los Trabajadores (Statute of Labourers), fijó salarios máximos para impedir que el proletariado se impusiera en detrimento de las clases patronales. La legislación sobre salarios máximos se mantuvo a partir de entonces mientras cualquier tendencia grave a la escasez de mano de obra pudiera dar a los trabajadores una poderosa palanca para forzar el aumento de sus salarios.
El Parlamento ha seguido siendo la cooperativa de los empresarios para explotar a los trabajadores, a pesar de todas las ampliaciones del derecho al voto que se han producido. Cuando se produjo una grave escasez de mano de obra en nuestra época, durante la Gran Guerra de 1914-1919, el Parlamento promulgó la Ley de Municiones para impedir que los trabajadores se aprovecharan de la situación.
Ni en este actual período de gran desempleo, ni en ningún otro momento de la historia, ha fijado el Parlamento unos salarios máximos para proteger a los trabajadores cuando los empresarios se han aprovechado de un exceso de mano de obra para reducir los salarios de sus empleados por debajo del nivel de subsistencia. Los salarios fijados por las Juntas de Salarios Agrícolas durante la guerra fueron, en realidad, un método para alcanzar, por medios sutiles, el objetivo que la Ley de Municiones (Munitions Act) logró en otras industrias: a saber, un freno al poder de negociación de los trabajadores durante un período de escasez de mano de obra sin precedentes.
Desde las primeras leyes contra la organización industrial de los trabajadores (mantenidas mediante el poder coercitivo del Estado mientras las clases dominantes las consideraron necesarias) hasta nuestras modernas D.O.R.A. y E.P.A., pasando por la maquinaria de represión de huelgas empleada por el Gobierno en las últimas huelgas ferroviarias y mineras, el gobierno parlamentario nunca ha dejado de proteger las posesiones de los terratenientes y los capitalistas, y de emplear cualquier medida coercitiva que haya sido necesaria para proporcionarles trabajadores disciplinados.
El Parlamento y sus órganos auxiliares han sido creados por las clases dominantes para servir a sus intereses. Los tribunales de justicia son bastiones de la tradición y los privilegios, y el Gobierno lleva a cabo los nombramientos judiciales de forma opaca y arbitraria.
En caso de litigio, los jueces inamovibles nombrados por el Gobierno interpretan la ley promulgada por el Parlamento. El fiscal designado por el Gobierno —que puede incluso ser miembro del propio Gobierno— se alía con el juez nombrado por el Gobierno en contra del acusado. Toda la fuerza policial del Gobierno presta apoyo a la acusación. En los juicios políticos, las absoluciones son extremadamente raras. Los jueces, procedentes de la clase privilegiada, fallan casi siempre en contra de la causa popular.
Los órganos de gobierno locales carecen de facultad para legislar o presentar iniciativas: se limitan a administrar las leyes del Parlamento bajo la estricta supervisión de los ministerios, que elaboran normas para interpretar dichas leyes. Ya sea con o sin la aprobación del Parlamento, los ministerios determinan en qué deben gastar las autoridades locales, limitando su facultad para recaudar impuestos y contraer préstamos, y prohibiéndoles realizar actividades comerciales, salvo con permiso especial del Gobierno.
En cuanto al propio Parlamento, el Consejo de Ministros se ha apropiado de casi todas sus competencias.
El rey, que se supone que debe obedecer al Gobierno, decide cuándo se reunirá el Parlamento. El Gobierno decide qué asuntos debatirá el Parlamento y sobre qué legislará. El Gobierno redacta los proyectos de ley. Si una medida se modifica de una forma que no agrada al Gobierno, este la retira y, o bien la descarta por completo, o bien la vuelve a presentar en otra forma. El Parlamento no puede tramitar ninguna medida a menos que el Gobierno lo desee.
El presidente de la Cámara y el presidente de la comisión, nombrados por el Gobierno, dirigen el debate e interpretan el reglamento. La disciplina parlamentaria es extremadamente estricta. Nadie puede intervenir hasta que el presidente o el presidente de la comisión le conceda la palabra, y el presidente o el presidente de la comisión puede interrumpir cualquier intervención, e incluso impedir que se formule una pregunta, alegando que incumple el reglamento o que «no redunda en interés público» que se dé una respuesta. No cabe recurso contra la decisión de la presidencia, que es ejecutada por los funcionarios de la Cámara, quienes expulsan de inmediato a cualquier diputado que desobedezca a la presidencia.
El Gobierno debe contar con una mayoría en la Cámara de los Comunes; de lo contrario, no puede mantenerse en el poder. Esa mayoría está compuesta por miembros del partido sin ninguna posibilidad de ser reelegidos para el Parlamento, salvo con la ayuda de la maquinaria y los fondos del partido. No votarán en contra del Gobierno, porque hacerlo supondría incurrir en el ostracismo de los líderes del partido y, por consiguiente, del propio partido; tal ostracismo significaría inevitablemente la pérdida de sus escaños parlamentarios en las próximas elecciones. El miembro del partido que desobedezca a su partido debe retirarse de la política o convertirse en candidato del partido contrario (si este lo acepta, lo cual puede no ser el caso). Han pasado muchos años desde que un Gobierno fuera derrocado por un voto parlamentario hostil de sus propios partidarios. Incluso sus oponentes políticos tienden a rehuir derrotar a un Gobierno en una cuestión crítica, lo que significaría su dimisión, ya que en la mayoría de los casos ello conlleva unas elecciones generales. Las elecciones generales son, por encima de todo, lo que más detesta el diputado medio. Para él, suponen una campaña electoral de enorme esfuerzo, en la que se ve obligado a intervenir en un número extraordinario de mítines, además de hacer campaña entre los votantes y visitar a personas influyentes. Además, puede perder su escaño y, con ello, ver frustradas muchas de sus ambiciones, así como sufrir la pérdida de unos ingresos de cuatrocientas libras al año. Es extremadamente raro que un diputado esté dispuesto a adoptar una postura independiente de su partido sobre cualquier tema de importancia. Rápidamente es eliminado del Parlamento.
El primer ministro es elegido por el Soberano de entre los líderes más destacados del partido que obtiene la mayoría de los escaños parlamentarios en las elecciones generales. Por supuesto, personas de gran influencia interceden ante el Soberano, y tanto el caucus del partido como los principales dirigentes de los partidos rivales dan su opinión. El pueblo desconoce qué acuerdos y garantías privados se exigen. El Soberano nombra al resto del Gabinete siguiendo el consejo del primer ministro, quien, por supuesto, se ve influido por los personajes poderosos que financian el partido, controlan los periódicos del partido y tienen poder en los círculos bancarios y otros ámbitos capaces de sabotear las actividades del Gobierno. Las maniobras y las intrigas que rodean la formación de los Gabinetes sólo han sido reveladas parcialmente en las memorias de algunos de los pocos privilegiados que han estado entre bastidores.
Se supone que las políticas de los ministerios deben ser supervisadas, en líneas generales, por el Consejo de Ministros en su conjunto, y con mayor detalle por el ministro al frente de cada uno de ellos, nombrado por el primer ministro. Los ministerios son enormes y se ocupan de una labor ingente; el Consejo de Ministros, formado por lacayos del partido y aventureros políticos, sabe muy poco de los ministerios. El ministro responsable, que por lo general permanece en un ministerio concreto no más de uno o dos años como máximo, y a menudo no más de unos pocos meses, rara vez llega a conocer bien su trabajo; los funcionarios de carrera son los verdaderos dueños de los detalles administrativos, y su política es, en líneas generales, la de la opinión capitalista predominante en cada momento. La extravagancia desmesurada en el gasto de los departamentos y la parsimonia despiadada hacia el pueblo, las grandes masas no oficiales y desfavorecidas, a las que se trata como mendigos molestos, es la característica destacada de la administración de los departamentos gubernamentales.
Los diputados saben muy poco de las actividades de los ministerios. Los debates, que se celebran dos o tres veces al año, y las preguntas, a las que se dan respuestas superficiales y sobre las que no se permite el debate, son las únicas oportunidades que tienen los diputados para obtener información. Los ministros responsables de los ministerios informan una o dos veces al año sobre lo que ellos eligen de entre las actividades realizadas por sus ministerios.
Los diputados pueden presentar una moción para reducir la partida presupuestaria que el Parlamento debe aprobar para el ministerio en cuestión, ya sea como protesta por algo que les desagrada o por una cuestión de forma política. Estas mociones suelen ser rechazadas o retiradas. Sin embargo, si una moción de este tipo saliera adelante, el Gobierno podría dimitir, si la cuestión implicada es lo bastante importante. Por lo general, en estos casos excepcionales, el Gobierno vuelve a someter la votación a debate otro día y, tras movilizar a sus partidarios, derrota la moción. Quizás, como consecuencia del incidente, el ministro cuyo departamento ha sido criticado pase a ocupar otro departamento. Su antiguo puesto lo ocupa alguien cuya política difiere muy poco de la suya.
La Cámara de los Comunes no ejerce ningún control efectivo sobre las actividades del Gabinete: sabe muy poco de lo que realmente hace el Gabinete; la prensa recibe más información sobre asuntos de Estado que los diputados comunes.
La Cámara de los Lores, con sus miembros hereditarios, puede controlar y contrarrestar las acciones del Gobierno con mayor eficacia que la Cámara de los Comunes, aunque su poder está específicamente limitado. Sus miembros no dependen de la maquinaria del partido para asegurar su elección. Sus escaños parlamentarios son vitalicios: nadie puede desbancarlos. Los lores de más edad, al menos, probablemente ya no buscan el favor de los líderes de los partidos y de los miembros del Gobierno para favorecer su fortuna personal. Aunque quizá sean menos propensos a la corrupción personal que los ambiciosos políticos de la Cámara de los Comunes, los miembros de la Cámara de los Lores están, por supuesto, aún más firmemente alineados como un sólo hombre contra la emancipación del proletariado y en defensa del sistema actual.
En todo esto, los electores son meros espectadores ajenos al proceso. No tienen ninguna influencia sobre los diputados de la Cámara de los Comunes que se supone que deben representarlos. Deben decidir a qué candidato votar basándose en el programa general del partido que impulsa la candidatura, ya que, si sale elegido, el diputado no tendrá poder alguno salvo a través de su partido. Ningún punto del programa del partido es vinculante, y no se puede confiar en ninguna promesa hecha por el candidato o su partido. El programa se expone durante la campaña electoral en discursos y manifiestos redactados de forma imprecisa, cuyos puntos probablemente acabarán descartándose. El votante no tendrá otra oportunidad de juzgar las acciones del candidato que ganó el escaño en su circunscripción local, ni las del Gobierno en el poder, hasta las siguientes elecciones. El diputado, mientras tanto, probablemente no ha sido más que una figura decorativa en el Parlamento; el Gobierno no ha hecho nada que complazca al elector; pero el partido de la oposición, en la vaga mezcla de consignas que llama su programa, no ofrece nada que prometa satisfacción. La circunscripción es vasta: los electores no conocen personalmente a ninguno de los candidatos. La elección se decide por cuestiones tales como qué maquinaria del partido ha localizado más sistemáticamente a los votantes ausentes y ha tomado las mejores medidas para llevarlos a las urnas, qué partido cuenta con más automóviles prestados para llevar a los votantes gratis al colegio electoral, qué partido cuenta con el apoyo del periódico local de mayor tirada en el distrito.
Aunque fuera posible democratizar el funcionamiento del Parlamento, su carácter intrínsecamente anticomunista seguiría permaneciendo. El rey podría ser sustituido por un presidente, o podría abolirse por completo este cargo. La Cámara de los Lores podría desaparecer o transformarse en un Senado. El primer ministro podría ser elegido por mayoría parlamentaria o mediante referéndum popular. El Gabinete podría elegirse por referéndum o convertirse en un Comité Ejecutivo elegido por el Parlamento. Las actuaciones del Parlamento podrían someterse a referéndum.
No obstante, el Parlamento seguiría siendo una institución no comunista. Bajo el comunismo no existirá tal mecanismo legislativo y coercitivo. La función de los soviets consistirá en organizar la producción y el suministro de los servicios públicos; no pueden tener ninguna otra función duradera.
Sylvia Pankhurst