Las preguntas
I. ¿Logró la revolución bolchevique sus objetivos proletarios?
II. ¿Es compatible la dictadura del proletariado con la dictadura de partido?
III. ¿Puede surgir un Estado proletario sobre la base del sistema salarial, gestionado por un Estado-Partido? ¿En qué consiste la abolición del capitalismo?
IV. ¿Es válida la tesis de Lenin de que, en la época imperialista, sólo el proletariado puede liderar una revolución para llevar a cabo la «tarea burguesa», a la luz de la trayectoria seguida por Cárdenas en México, Kemal Pasha en Turquía, etc.?
V. En retrospectiva, ¿retrasó la toma del poder por parte de los bolcheviques la Revolución Proletaria Mundial?
I.
Rechazo la premisa de la primera pregunta de que la revolución bolchevique tuviera objetivos proletarios. El carácter proletario de la Revolución rusa es sólo aparente. Es cierto que los obreros revolucionarios luchaban por una especie de socialismo concebido de forma vaga, pero en todas las revoluciones burguesas en las que participaron los obreros, los objetivos proletarios eran evidentes.
Las ideas y consignas relacionadas con los objetivos proletarios, e incluso las luchas reales y las formas de organización propias del movimiento de clase proletario independiente, no bastan para dotar a la Revolución rusa de un carácter proletario. Es cierto que muchos obreros creían que la revolución bolchevique desembocaría en el socialismo; sin embargo, las ilusiones de los obreros no pueden sustituir a la acción necesaria para alcanzar los objetivos proletarios. El socialismo como consigna, como ideal, sigue encajando perfectamente en una revolución y una sociedad que, por lo demás, son burguesas. Los objetivos proletarios, ante todo, deben incluir la abolición de la clase proletaria mediante la abolición de todas las relaciones de clase.
La revolución bolchevique, sin embargo, aspiraba al desarrollo de la industria moderna y de un proletariado moderno, un hecho que queda claramente de manifiesto en el concepto bolchevique de «socialismo», que sigue incluyendo el trabajo asalariado y la producción capitalista, y que consolida esas relaciones mediante la división de la sociedad en gobernantes y gobernados. No se puede negar que la Revolución rusa fue, ante todo, una revolución campesina; es obvio que estos campesinos, que luchaban por la tierra y la propiedad, no tenían objetivos proletarios. En la medida en que la revolución bolchevique encontró apoyo entre los campesinos y, a su vez, los apoyó, no hubo objetivos proletarios de por medio. Por esta razón, los bolcheviques consideraron su política campesina inicial como una concesión inevitable al atraso de las condiciones rusas. La posterior campaña de colectivización de la agricultura ilustra hasta qué punto los bolcheviques coincidían con el socialismo occidental en que la distribución de la tierra entre los campesinos no es un objetivo socialista. Sin embargo, la colectivización de la agricultura y la transformación de los campesinos independientes en trabajadores asalariados siguen sin ser un objetivo proletario, sino un deseo burgués de larga data que tiene pocas posibilidades de hacerse realidad sin cambios radicales y arriesgados en el orden socioeconómico.
Hasta entonces, la creación de una clase de trabajadores asalariados siempre se había considerado una tarea del capitalismo; al hacer suya esta tarea, los bolcheviques cumplieron los objetivos capitalistas. Es cierto que, en el marco de toda la situación revolucionaria en Rusia, también hubo fuerzas que lucharon por objetivos abiertamente proletarios. Estos se lograron, aquí y allá, mediante la expropiación de fábricas y otras formas de propiedad por parte de los sóviets. Se perdieron de nuevo tan pronto como surgió el Estado bolchevique, que suplantó el poder de los sóviets por el del partido bolchevique.
A menudo se pregunta cómo es posible que el poder conquistado por los obreros mediante la revolución pueda perderse de nuevo sin que se produzca una contrarrevolución. Esta última se entiende aquí como un retorno de las antiguas autoridades, pero las acciones contrarrevolucionarias no se limitan a las antiguas autoridades; los nuevos dirigentes pueden llevarlas a cabo igual de bien, o incluso mejor. La contrarrevolución contra el carácter estatal-capitalista de la Revolución rusa fue derrotada por las masas rusas siguiendo las directrices de los bolcheviques. La contrarrevolución contra los objetivos proletarios expresados en el seno de esta revolución triunfó con el éxito del bolchevismo, que transformó la propiedad privada en propiedad estatal y continuó la explotación de los obreros en términos estatal-capitalistas.
No fue sin oposición ni lucha como los sóviets quedaron reducidos a un mero instrumento del dominio de los bolcheviques sobre el conjunto de la sociedad. Grupos de obreros, tanto en Europa Occidental como en Rusia, reconocieron desde muy pronto el verdadero carácter de la revolución bolchevique. Otros, surgidos en oposición a las maquinarias estalinistas, siguen creyendo incluso hoy en día que estas últimas constituyen una perversión del bolchevismo, y que el leninismo original pretendía algo distinto de lo que existe en Rusia. Esto, sin embargo, no es cierto. La Rusia actual representa las aspiraciones esenciales de los primeros bolcheviques, tanto antes como después de la Revolución de Octubre. El propio Lenin afirmó en numerosas ocasiones que los bolcheviques llevaron a cabo una revolución burguesa de la que la burguesía ya no era capaz. El hecho de que esta revolución, esencialmente burguesa en sus objetivos, utilizara una terminología marxista, dio lugar a la ilusión de que sus tendencias socialistas eran lo suficientemente fuertes como para alterar fundamentalmente su carácter original. Sin embargo, lo único que ocurrió fue que los bolcheviques no solo se vieron obligados o estuvieron dispuestos a cumplir las funciones de la burguesía, sino que, mediante este proceso, se convirtieron en la nueva clase dominante y explotadora.
II.
La dictadura del partido no puede ser compatible con la dictadura del proletariado. O bien el proletariado gobierna, o bien es gobernado. El partido no es más que un pequeño grupo dentro de la sociedad; no es el proletariado en su conjunto; gobierna como minoría y es una expresión de las condiciones de explotación. Las mismas condiciones que lo hacen necesario le obligan a gobernar en su propio interés —es decir, a reproducir continuamente las condiciones de la dictadura sobre el proletariado— hasta que el proletariado ponga fin definitivamente al dominio de todas las minorías destruyendo las bases de la explotación, que son el trabajo asalariado y el Estado.
III.
El Estado representa siempre e invariablemente la dominación sobre el proletariado. Es el distintivo inconfundible de la sociedad explotadora. Un «socialismo» llevado a cabo por el Estado siempre implica la persistencia de las relaciones de clase, las desigualdades de ingresos, las leyes del dinero y del mercado, y otras formas de explotación moderna. Al igual que cualquier otra contradicción en términos, un «Estado proletario» resulta totalmente inconcebible. Sin embargo, sí es posible concebir el ejercicio temporal y directo de las funciones estatales por parte del proletariado armado —la revolución propiamente dicha con el fin de garantizar el desarrollo del socialismo, es decir, la asociación de productores y consumidores libres e iguales.
IV.
La revolución bolchevique no fue liderada por el proletariado, sino por la clase media. La burguesía de aquel país era extremadamente débil, y la intelligentsia y todas las fuerzas «progresistas» que luchaban contra la reacción no podían obtener apoyo ni de ella ni de la ya reaccionaria burguesía de Europa occidental. Sólo en el movimiento obrero podía encontrar una ideología revolucionaria útil, y sólo con la ayuda de los obreros, junto con las necesidades revolucionarias del sector agrícola, podía la intelligentsia esperar convertir a Rusia en un Estado moderno.
En Turquía y México, asimismo, no es el proletariado quien lidera, sino la clase media, que se sirve del proletariado para sus propios fines. Importantes sectores de la clase media, incapaces ya de asegurar o mejorar su posición económica en el marco del capitalismo tradicional, intentan garantizar su supervivencia como no obreros por medios políticos, ascendiendo a puestos de poder para seguir participando en la explotación del trabajo —por supuesto, en «interés del trabajo».
El Estado siempre ha desempeñado un papel importante en el desarrollo del capitalismo. Su papel cobró mayor importancia con el relativo estancamiento de la expansión del capital. Fue necesaria toda una revolución para que Rusia lograra por medios políticos lo que ya no podía alcanzar mediante la guerra económica: la centralización completa de todo el poder posible en manos del Estado dictatorial, como requisito previo indispensable para un rápido desarrollo de la industria moderna en Rusia, para salvar al país de convertirse en una colonia de una o varias de las naciones imperialistas y para poner fin a la miseria derivada del atraso del país. La política bolchevique, que aspiraba a un sistema capitalista de Estado, era la más adecuada para salvar a Rusia de las condiciones semicoloniales y elevarla a la categoría de potencia entre las demás potencias mundiales. El imperialismo, como obstáculo para el desarrollo de los países atrasados, dio lugar a los movimientos nacionalistas modernos destinados a poner fin a la opresión imperialista.
Para construir hoy con éxito un Estado moderno capaz de mantener su independencia, el lento proceso de expansión de la propiedad privada resulta inútil; por el contrario, se necesita la máxima concentración de todos los recursos de capital, lo que exige un ataque radical contra aquellos intereses que defienden el estado de cosas retrógrado. Para dar frutos, la lucha por la liberación nacional tuvo que adoptar formas revolucionarias. Esta necesidad determina las tendencias de desarrollo en otros países como Turquía y México, así como en países que intentan resurgir como potencia imperialista, como Alemania.
Otros países no llegaron tan lejos como Rusia en este proceso de concentración mediante medios políticos, debido a condiciones internas y externas diferentes. Por ejemplo, a Rusia le resultó relativamente más fácil plantar cara a las naciones imperialistas que a Turquía o a México. Sin embargo, el capitalismo de Estado pone de manifiesto una debilidad económica en los países que lo aplican, así como una debilidad ya existente del capitalismo mundial, que pierde el control sobre los países atrasados, ya que dicho control ya no puede garantizarse económicamente. La guerra económica ya no basta; la guerra política, la matanza brutal y abierta, se convierte en la única posibilidad para hacer frente al estancamiento económico que estrangula al mundo capitalista. En tales condiciones, el poder del Estado aumenta continuamente. A los verdaderos gobernantes de la sociedad ya no se les reconoce por sus arcas privadas, sino por su posición dentro del aparato estatal.
El capitalismo de Estado ruso se ha convertido en un modelo a seguir para otras naciones, como lo demuestran el auge del fascismo y el aumento del control gubernamental en todos los países. Sin embargo, esta tendencia no es un signo de «progreso», como creen muchas personas. No corresponde a una «etapa superior» del capitalismo, sino que indica el declive del capitalismo mundial. La tendencia hacia la bolchevización y la fascización no es más que la expresión política del estancamiento y el declive del sistema capitalista; es barbarie.
V.
La propaganda revolucionaria mundial de los bolcheviques durante el primer año de la revolución se suele considerar una garantía del carácter proletario del bolchevismo. Sin embargo, este «internacionalismo» en ningún momento aspiró a nada más que a asegurar la revolución bolchevique y a ayudar al partido bolchevique a mantenerse en el poder.
En cuanto los bolcheviques reconocieron que el proletariado era demasiado débil para instaurar en otros países sistemas capitalistas de Estado favorables a Rusia, y también que la burguesía ya no estaba dispuesta a arriesgar nada en una lucha contra la Rusia capitalista de Estado —es decir, hacia 1920—, los bolcheviques dejaron de apoyar los movimientos revolucionarios en otros países y, en su lugar, se prepararon para una coexistencia pacífica con los demás sistemas capitalistas. Ni Lenin ni Trotsky estaban más interesados que el propio Stalin hoy en día en ayudar a la revolución mundial a alcanzar los objetivos proletarios. El declive del movimiento revolucionario en el mundo y la consolidación del poder del capital ahora también servían a los intereses de la Rusia bolchevique.
Aun así, no se puede afirmar que la revolución bolchevique retrasara la revolución mundial. Si los intentos de llevar a cabo esta última fracasaron, dicho fracaso fue totalmente independiente de las políticas bolcheviques —o de las de cualquier otro grupo minoritario, para el caso— y se debió únicamente al poder y la vitalidad, aún enormes, del capitalismo mundial. A los bolcheviques sólo se les puede culpar, en todo caso, de impedir que el proletariado extrajera las lecciones necesarias de su primera gran derrota tras la última guerra, y de destruir los primeros intentos de crear un auténtico movimiento obrero revolucionario acorde con las necesidades de hoy.
Paul Mattick
The Modern Quarterly, otoño de 1938, pp. 16-20