El llamamiento que publicamos en nuestra portada, procedente del Grupo Obrero de Rusia, pone de manifiesto la lucha que aún continúa allí entre los ideales opuestos del capitalismo y el comunismo. El capitalismo sigue en auge. En Rusia, la estrategia de sus protagonistas ya no consiste en alabar las virtudes de la empresa privada y el derecho de cada uno a disponer de lo suyo como le plazca. Ahora se presentan como profetas de la eficiencia centralizada, la «trustificación», el control estatal y la disciplina del proletariado en aras de una mayor producción.
Los defensores comunistas de la Nueva Política Económica (NEP), que supone una intensificación del capitalismo, justifican su alejamiento de los principios alegando que Rusia debe desarrollarse mediante el capitalismo antes de estar preparada para el comunismo. Esperan mantener los dientes y las garras del capitalismo dentro de unos límites razonables.
Los manipuladores no comunistas de la NEP actúan en un contexto que, por costumbre, les parece el único estado de cosas natural y posible. Su poder y su número no dejan de crecer, y se aferrarán con vehemencia a sus propios logros posrevolucionarios. Para la clase dominante siempre resulta más fácil mantener las cosas tal y como están y seguir con los métodos de siempre que forjar otros nuevos.
El resultado es que los obreros rusos siguen siendo esclavos salariales, y muy pobres, que trabajan no por voluntad propia, sino por la presión de las necesidades económicas, y se ven mantenidos en su posición de subordinación por una coacción estatal más acusada que en aquellos países en los que los obreros no han demostrado recientemente su capacidad para rebelarse con resultados efectivos.
Sin embargo, a pesar de la NEP y de los defensores de la capitalización estatal y la «trustificación», el impulso hacia un comunismo libre y pleno no ha desaparecido en Rusia, como lo demuestra la existencia del Grupo Obrero y de otras organismos de izquierda.
Los organismos de izquierda, tanto de forma consciente como, sin duda, también inconsciente hasta cierto punto, son fuerzas que trabajan por la desintegración del capitalismo y de todos sus métodos. Trabajan por la creación de un nuevo sistema en el que, en lugar de que la sociedad se mantenga bajo el control de una dirección centralizada que imponga su voluntad mediante la coacción económica y respaldada por la fuerza de las armas, las necesidades sociales sean satisfechas por unidades autónomas que cooperen con fines comunes.
Aquellos que, aunque profesan la fe comunista, no reconocen el papel que los organismos de izquierda están destinados a desempeñar en el proceso evolutivo, tienden a considerar con pesar la mera existencia de un movimiento de izquierda. En Rusia, estos observadores superficiales se quejan de que las actividades de izquierda despertarán el descontento con las condiciones actuales y, por lo tanto, tal vez obstaculicen el crecimiento de la producción y provoquen diversos problemas al alterar la aceptación disciplinada por parte de los trabajadores de las autoridades directivas.
Del mismo modo, los educadores que han tratado de fomentar la iniciativa propia de los alumnos e instaurar el autogobierno y la organización del plan de estudios por parte de los propios alumnos en las escuelas se han topado con objeciones según las cuales el orden ha sido sustituido por el caos y el nivel de conocimientos adquiridos por los alumnos se ha reducido considerablemente.
Los pioneros de la educación han perseverado a pesar de los contratiempos y han logrado crear centros en los que los alumnos son capaces de mantener un orden más fructífero y armonioso que el que las antiguas escuelas imponían desde arriba. Han podido demostrar, con resultados concretos, que los conocimientos que han animado a sus alumnos a adquirir por sí mismos se convierten en una adquisición permanente y en parte de su personalidad.
Lo mismo ocurrirá con los ideales de quienes luchan por la emancipación total de la raza frente a la subordinación económica y el autoritarismo que la acompaña.
Muchos comunistas fuera de Rusia se oponen a que sus compañeros comunistas dirijan el foco de la realidad hacia la Rusia soviética. Quieren que parezca que allí todo es perfecto. Consideran que es mala propaganda admitir con franqueza los fracasos y las deficiencias en la tierra de la revolución y criticar los métodos y recursos a los que han recurrido quienes se han hecho con el poder. Sus objeciones son miopes, pues, al fin y al cabo, lo que deseamos reivindicar y alcanzar es el comunismo en sí mismo y no la política o la postura de ningún partido.
Si fingimos que el régimen actual de Rusia es el comunismo, es decir, que es realmente el tipo de vida por el que luchamos, quienes observan sus deficiencias nos dirán, como es lógico, que nuestro ideal es muy defectuoso.
Sylvia Pankhurst
Workers' Dreadnought, vol. 11, n.º 11, 31 de mayo de 1924