Para reorganizar la Internacional se necesita algo más que una conferencia de delegados de los partidos socialistas de los países neutrales. Una conferencia de este tipo ni siquiera puede servir de instrumento para la paz, ya que, ahora que todas las grandilocuentes resoluciones de la socialdemocracia se han convertido en meras palabras vacías, nadie siente ya ningún respeto por su poder.
Aunque los dirigentes de todos los partidos socialistas se reunieran al terminar la guerra, se abrazaran efusivamente y se perdonaran mutuamente sus pecados nacionalistas, su «Internacional» no sería más que una Internacional de Dirigentes para la protección de intereses comunes. Una Internacional que se desintegra obedientemente en ejércitos nacionales opuestos cuando la burguesía exige la guerra para defender sus intereses no es una verdadera Internacional Obrera. La Internacional del Proletariado sólo es posible cuando se fundamenta en la oposición incesante y la lucha creciente contra las clases dominantes. La primera condición para una verdadera política internacional del Proletariado es la táctica de la lucha de clases, la negación enfática de todo oportunismo en la política interna.
Pero, más allá de eso, debemos emprender la lucha contra la guerra, no con resoluciones, sino haciendo todo lo que esté en nuestras manos para evitarla. Para evitar la guerra, la clase obrera necesita poder mental y poder material. Solo la creación de ese poder puede hacer posible una reorganización de la Internacional.
El poder mental es necesario. Mientras la clase dominante pueda influir de tal manera en sus mentes que los trabajadores tomen las armas contra otras naciones, será imposible evitar las guerras. Mientras las teorías y consignas burguesas puedan arrastrar a los trabajadores a la vorágine de la guerra y al entusiasmo bélico, las filas de la clase trabajadora seguirán viéndose desintegradas una y otra vez, y el socialismo seguirá siendo un sueño. Una de estas consignas burguesas es la de las «guerras de defensa».
La guerra de defensa
Varios socialistas estadounidenses han expresado la opinión de que los socialdemócratas alemanes son culpables de no haber impedido la guerra; por otra parte, sostienen que los compañeros franceses y belgas estaban plenamente justificados al defender su país cuando fue atacado.
Si este juicio, que se deriva fundamentalmente de una actitud ya preconcebida a favor de una nación y en contra de la otra, fuera correcto, entonces los compañeros alemanes quedarían exonerados, al igual que los de Francia y Bélgica. Y es que en Alemania todos los trabajadores y todos los socialdemócratas estaban absolutamente convencidos de que su nación corría peligro de ser invadida por el enemigo. Creían, con la misma firmeza que los socialistas franceses, que solo tomaban las armas en defensa propia.
¿Quién tenía razón? ¿Quién se equivocaba? Veamos primero el caso de Francia. Durante más de veinte años, Francia ha mantenido una firme alianza con Rusia. En 1902 se firmó el acuerdo con Inglaterra, la Entente, que zanjó todos los antiguos conflictos con Inglaterra, y Francia se alineó con Inglaterra en el creciente antagonismo entre Inglaterra y Alemania. Por Francia nos referimos aquí al Gobierno francés, la camarilla de políticos, controlada por las altas finanzas, que cumple las órdenes de los lobos del dinero y controla el Parlamento mediante una maquinaria partidista corrupta. El pueblo tiene tan poca influencia en Francia como en Alemania o en Inglaterra. De estos gobiernos hablamos cuando discutimos los conflictos y alianzas de Francia, Inglaterra, Alemania y Rusia. El objeto de sus conflictos son siempre territorios extranjeros que desean controlar como colonias o como «esferas de influencia», con el fin de obtener enormes beneficios para su propio capital. La Entente de 1902, por ejemplo, consistió simplemente en un acuerdo sobre Egipto y Marruecos: Francia renunció a sus pretensiones sobre Egipto y lo cedió a los ingleses, que lo ocupaban desde 1882; Inglaterra, por su parte, cedió Marruecos a los capitalistas franceses. Pero aquí surgió un nuevo aspirante.
Alemania exigió el derecho a ser escuchada. El autor inglés Brailsford, cuyo libro The War of Steel and Gold (publicado poco antes de la guerra) presenta en su primera parte una excelente exposición de los fundamentos económicos del imperialismo y la política moderna, afirma:
«La tesis alemana era muy sencilla y, en principio, defendible. Consistía en que Francia y Gran Bretaña no tenían derecho a decidir el destino de Marruecos mediante un acuerdo exclusivo sin consultar a las demás potencias. La respuesta de la prensa francesa y británica fue más plausible que convincente. Nuestra postura era que, dado que lo que llamamos el «comercio» de Marruecos está principalmente en manos francesas y británicas, Alemania no era, en realidad, una parte interesada. El «comercio» de Marruecos, si con esa palabra se entiende el intercambio de productos manufacturados europeos por las materias primas de su agricultura, es, en el mejor de los casos, insignificante. Nadie se arriesgaría a poner en peligro la vida de los soldados y el dinero de los contribuyentes por el mercado marroquí. Lo que importa en Marruecos es la riqueza de sus minas vírgenes. Se trataba de un terreno sin explotar, y en este ámbito Alemania tenía tantos derechos como cualquier otro. Una empresa alemana, Mannesmann Brothers, podía presumir de haber obtenido una concesión exclusiva para explotar todas las minas de Marruecos a cambio del dinero que había prestado a un sultán en apuros durante sus guerras civiles. Que este era el verdadero problema lo demuestran los términos que se discutieron en más de una ocasión entre París y Berlín para la resolución de la disputa. En 1910 se concluyó una distensión o acuerdo provisional de la disputa, que solo tenía una cláusula: que las finanzas alemanas compartirían con las francesas las diversas empresas y sociedades, cuyo objetivo era «abrir» Marruecos mediante puertos, ferrocarriles, minas y otras obras públicas. Este compromiso nunca se llevó a cabo, y la irritación alemana ante las demoras de la diplomacia y las finanzas francesas culminó con el envío de la cañonera Panther a Agadir como preludio de nuevas «conversaciones». Sabemos, por las investigaciones posteriores ante la comisión del Senado, cómo habrían terminado esas conversaciones si el Sr. Caillaux hubiera permanecido en el poder. Habrían supuesto no solo un ajuste de los intereses coloniales franceses y alemanes, sino un entendimiento general que habría abarcado todo el ámbito de las relaciones franco-alemanas. Los puntos sobre los que había comenzado a negociar eran todos de carácter económico, y el principal de ellos era una propuesta para poner fin al boicot de las finanzas francesas al ferrocarril de Bagdad y admitir la cotización de los valores alemanes en la bolsa de París».
Como dos bestias hambrientas que han fijado la mirada en la misma presa, estos gobiernos se vigilan y se siguen sigilosamente, gruñendo y amenazando, ora listos para atacar, ora retrocediendo; y entonces, cuando de repente toda la manada se abalanza, saltando unos sobre otros, estrangulándose y mordiéndose, ¿acaso vendrá el sacerdote a decidir: «el culpable es este de aquí, que fue el primero en abalanzarse; los demás solo se están defendiendo»? Entre los servidores del capital francés, fue Delcasse, por encima de todos, quien se esforzó, junto con el rey Eduardo, por aislar a Alemania, por estrechar más firmemente el cerco de sus oponentes, por aflojar los lazos que la unían a sus aliados. Alemania se sentía «acorralada», se veía obstaculizada por todos lados en sus esfuerzos de expansión frente a las potencias de la Entente. Así ocurrió en la época de la crisis de Agadir, cuando Lloyd George amenazó en su discurso de Mansion House con que Inglaterra estaba dispuesta a poner su fuerza armada a disposición de Francia, e instó a Alemania a retirarse. Merece especial atención el hecho de que esta amenaza, que podría haber precipitado la guerra en aquel momento, fuera acordada por solo tres personas: Asquith, Grey y Lloyd George; es decir, ¡el Gobierno parlamentario inglés! Esta actitud autocrática por parte de tres ministros ingleses es una de las causas de la guerra actual: pues dejó en la burguesía alemana la firme convicción de que sus enemigos, con el fin de impedir el crecimiento de Alemania, se habían preparado para rodearla con una fuerza cada vez mayor, hasta que llegara la hora en que estuvieran listos para abalanzarse sobre ella.
La causa inmediata de la guerra vino del Este. Francia se vio arrastrada como aliada de Rusia. Esta alianza la ató firmemente a Rusia; sólo podríamos hablar de una defensa francesa si Rusia también se hubiera visto obligada a defenderse de un ataque alemán. ¿Fue así? La primera en atacar fue Austria, cuando presentó su ultimátum a Serbia y declaró la guerra. Rusia apoyó a Serbia y amenazó a Austria; Alemania respaldó a Austria y lanzó un ultimátum a Rusia. Rusia podría haber evitado la guerra deteniendo su movilización, y Alemania podría haberla evitado ejerciendo presión sobre Austria. ¿Y si dijéramos: «La verdadera razón se remonta mucho más atrás; Rusia se movilizó porque Alemania la había humillado en 1909; no fue Austria, sino Serbia, la primera agresora, al instigar el asesinato del príncipe austriaco»? Esto no hace más que demostrar que un análisis minucioso de la cuestión de quién fue el agresor nos lleva a una intrincada maraña de disputas y antagonismos del pasado. Nos encontramos con una Austria que acosa a los serbios, que luchan por un gran Estado nacional y puertos de exportación; una Austria que aspira a extender su poder sobre los Balcanes; y conflictos imperialistas entre Rusia y Alemania en Armenia.
La guerra de 1914 no estalló porque una nación atacara a otra voluntariamente y con premeditación; estalló porque, llegado un cierto punto de tensión, tanto Rusia como Alemania se dijeron a sí mismas: «Si tiene que ser, ¡que sea ahora!». Aprovecharon la oportunidad. En los últimos días de julio se había realizado un fructífero intento de persuadir a Austria y Rusia para que llegaran a un acuerdo en la controversia serbia; lo que impidió la paz fue el ultimátum emitido por Alemania —según Inglaterra—; fue la movilización de Rusia —según Alemania—. En realidad, no hay forma de distinguir al agresor del defensor; cada uno ataca y se defiende del otro. En esta lucha por el poder mundial, cualquier distinción entre guerras «agresivas» y «defensivas» carece de sentido.
No obstante, esta distinción ha desempeñado un papel importante en el movimiento socialdemócrata. En repetidas ocasiones, los socialistas han declarado abiertamente que se oponían a toda guerra, pero que defenderían a sus países si fueran atacados. Destacados líderes del partido, como Bebel, defendían este punto de vista. Kautsky se opuso a él en el congreso de 1906 celebrado en Essen, llamando la atención sobre el hecho de que el gobierno siempre puede hacer creer que su nación está siendo atacada. La guerra de 1870, con el mensaje falsificado de Bismarck, así como la guerra actual, demuestran claramente lo cierto que es este punto de vista.
Pero esto no zanja del todo la cuestión. Este punto de vista se basa en la idea de que las guerras son provocadas a voluntad por la acción del propio gobierno o de un gobierno extranjero. La postura del proletariado debería ser entonces: ¡Abajo los perturbadores de la paz! Puede que eso fuera cierto en su momento, pero hoy en día ya no lo es. La guerra hoy es una guerra imperialista; el perturbador es el desarrollo capitalista, el capital ávido de poder mundial. Todos quieren poder, tierras, colonias. Se amenazan y se sienten amenazados unos por otros. Ninguno de ellos deseaba la guerra voluntariamente, a sabiendas, pero todos sabían que era inevitable y atacaron cuando las circunstancias les fueron favorables. Estas circunstancias hacen que la guerra parezca, para toda burguesía, para todo gobierno, una guerra de defensa. Fue más que meros intentos hipócritas de engañar al pueblo. Fue una guerra en defensa de su poder mundial, de sus objetivos mundiales frente a los de sus competidores. Así, cada uno se creía en lo cierto y se lanzó con toda la energía y convicción de que era capaz a allanar el camino hacia el futuro. Para la mayoría de la gente, la palabra «defensa» tiene un significado totalmente distinto. Los agricultores y los ciudadanos de a pie no saben nada de política internacional. Cuando se les dice: «Los rusos nos amenazan, los alemanes nos atacan», para ellos eso significa defender su paz y su sustento. El lema que tantos socialistas utilizan, «Participad solo en una guerra de defensa», es la traducción política del antiguo punto de vista burgués y de los pequeños agricultores: «Dejaré en paz a quien me deje en paz, pero a quien perturbe la paz de mi hogar le daré un golpe en la cabeza».
Por lo tanto, era tan natural como necesario que la clase dominante presentara la guerra como una guerra defensiva. Solo esta mentira podía lograr que las masas populares apoyaran la guerra. La clase media y los sectores agrarios se sumaron por iniciativa propia, mientras que el Partido Socialista respondió a la vieja fórmula que prevé la participación en guerras defensivas. En la actualidad, esta fórmula solo sirve para que los trabajadores estén dispuestos a ir a la guerra por el imperialismo. Si en el futuro se quieren evitar las guerras mediante la acción del proletariado, será necesario, en primer lugar, que este se libere mentalmente de la influencia burguesa y de las tradiciones de la clase media. Solo se puede construir una nueva Internacional sobre un único principio: «¡Abajo todas las guerras, abajo la guerra defensiva!».
Acción contra la guerra
No basta con que los trabajadores se opongan a la guerra, a cualquier guerra, y se nieguen a dejarse llevar por el grito de la defensa nacional. También deben tener el poder y los medios para impedir la guerra.
En el número de noviembre de la International Socialist Review, un autor condena con toda razón y sin tapujos a los socialistas europeos por haber incumplido su deber como socialistas. Desmonta uno a uno sus endebles argumentos sobre la «defensa», la «patria» y la «cultura». Pero cuando llega a la pregunta: «¿Podrían los socialistas haber actuado de otra manera? ¿Podrían haber evitado la guerra?», su respuesta es: «Un análisis minucioso de los hechos demuestra que sí podían. Estaba en sus manos. Solo había un camino que podían haber tomado. Era desesperado. Era sangriento, pero podría haber salvado millones de vidas. Era la única arma que podría haber derrotado el enfrentamiento asesino del militarismo. ¡Era la revolución!».
Esta respuesta no satisfará a una gran parte de los lectores. Además, servirá de excusa a los socialistas alemanes a los ojos de muchos otros. Porque no cabe la más mínima duda de que Alemania, por no hablar de los demás, no estaba preparada para una revolución proletaria. El número de quienes se oponen a los socialistas es allí tan elevado como el de quienes votan a los socialistas. Incluso entre estos últimos, solo una parte lucharía activamente por el socialismo. Detrás de los demás se encuentra todo el poder de la nación. Si la revolución fuera la única alternativa, tendríamos que admitir que los socialistas alemanes, al igual que los demás, no podrían haber actuado de otra manera, que se vieron obligados a someterse sin oposición a las órdenes de guerra de la burguesía.
Pero esta conclusión es errónea. Para dejarlo claro, examinemos primero el significado de la palabra «revolución». Lo que en el horizonte lejano parece una sola y fina franja de color se convierte, a medida que nos acercamos, en un amplio paisaje con colinas y valles, lleno de variaciones. Así, una revolución, que en la distancia se perfila como una meta final indivisible, como una única y resplandeciente hazaña, se convierte, a medida que nos acercamos, en todo un período histórico con características peculiares, lleno de altibajos, de ascensos y descensos, de grandes acontecimientos y de reveses desalentadores. Quien se encuentra lejos de la meta, en medio del primer período de propaganda y concentración de fuerzas, en el primer período del despertar de los trabajadores, tiene razón cuando señala a la revolución como algo en un futuro lejano, como la señal de todos los grandes cambios venideros. Allí se alza la montaña, con su cumbre resplandeciente, cuya visión nos infunde valor y paciencia mientras nos abrimos paso con dificultad entre matorrales y pantanos. Pero cuando las grandes masas se hayan organizado y se hayan imbuido del espíritu del socialismo, la revolución dejará de ser un ideal para convertirse en una cuestión práctica. El ideal lejano se convierte en una práctica concreta y difícil. ¿Cómo seguiremos adelante? Quien se encuentra al pie de la montaña aún tiene por delante el camino más difícil, el más cercano.
Ahora es cuando puede verlo con claridad. Esa era, más o menos, la situación del movimiento obrero alemán. A los compañeros de otros países les parecía tan grande, tan poderoso, tan fuerte, que se preguntaban: «¿Por qué los alemanes no hacen una revolución?». En realidad, no hacían más que encontrarse al pie de la montaña. En realidad, los alemanes veían con toda claridad lo difícil que era la lucha que aún les quedaba por delante, lo grande que era, y lo lejos que estaban aún la victoria y el socialismo.
Las revoluciones no se hacen; surgen de los hechos, los movimientos y las luchas, cuando las circunstancias han madurado. Esa madurez de las condiciones depende de la existencia de una clase revolucionaria tan fuerte en su interior y dotada de tal poder social, que cada lucha, cada acción, culmine en una victoria. La gran Revolución Francesa, por ejemplo, fue una larga cadena de rebeliones, de reuniones de órganos delegados, de legislaciones pacíficas y de guerras sangrientas.
Fue gracias a la fuerza y a la obstinada confianza en sí misma de la clase media que el inicio —la convocatoria del «Generalständer» para aliviar las dificultades financieras de sus gobiernos— culminó en la Revolución. Cada palabra valiente, cada acto audaz, cada encarnizada batalla contra el gobierno despertó la energía y el entusiasmo de miles de personas y las arrastró a la lucha. Su determinación obligó al gobierno a hacer concesiones, pero cada nueva concesión, cada nuevo intento de represión debilitaba la posición del gobierno. Los primeros representantes que se reunieron en 1789 tenían objetivos modestos; apenas conocían la fuerza de su propia clase. Solo durante la Revolución y a través de ella crecieron su fuerza y la de la clase media, y con su poder crecieron sus exigencias. En 1848 asistimos a acontecimientos similares. La causa inmediata fue un conflicto parlamentario entre la oposición de la clase media y el Gobierno. La prohibición de una manifestación pública provocó disturbios que, alimentados por la profunda insatisfacción de las masas y la pequeña burguesía, fueron creciendo hasta que todo el sistema gubernamental fue derrocado. Y si consideramos la Revolución en un sentido aún más amplio, como la conquista del poder por parte de la nueva clase burguesa, vemos un proceso que duró cientos de años, en el que las encarnizadas luchas de clases se alternaron con períodos de crecimiento silencioso del poder económico.
La revolución proletaria, que volverá a llevar al poder a una nueva clase, será también un largo proceso histórico, aunque pueda completarse en un tiempo comparativamente mucho más breve que el ascenso de la burguesía al poder, debido a la rapidez del desarrollo económico. Este proceso se divide naturalmente en una serie de acciones revolucionarias concretas, que se alternan con períodos de calma, de organización pacífica e incluso de colapso periódico.
Para una acción revolucionaria de este tipo no es necesario que la mayoría de los trabajadores piensen como socialistas, ni que estén dispuestos a sacrificarlo todo por la revolución socialista. Las minorías pueden emprender tales acciones cuando consideran que las masas, aunque sin conciencia política, simpatizarán con su objetivo y podrán dejarse llevar por la fuerza del movimiento. Por supuesto, el poderío del proletariado, su organización y su conciencia de clase deben haber alcanzado un cierto nivel para emprender esta acción revolucionaria. Y gracias a esta acción se refuerzan la esperanza, la energía y la conciencia de clase proletaria, la solidaridad de las masas; en definitiva, la fuerza del proletariado, de modo que sea capaz de emprender luchas aún más difíciles. El objetivo de tal acción no es la Revolución. Estas acciones se emprenden para alcanzar fines más insignificantes, que pueden denominarse reformas importantes. Pero el éxito de la lucha —o quizá la oposición, que necesariamente exige una actividad más enérgica— supondrá un aumento de la fuerza, el valor y la confianza en sí mismos. Los objetivos se harán más amplios y ambiciosos a medida que se amplíe el alcance de la lucha. Los «Estados Generales» de 1789 no pensaban ni en una república ni en un gobierno parlamentario; la oposición de 1848 solo deseaba ministros más liberales. Pero el desarrollo de un sentimiento de poder en el pueblo los llevó mucho más allá de ese objetivo original. Sin duda, en una tormenta así pueden conquistarse bastiones que están más allá de la fuerza que se ha ganado, y que luego pueden perderse en una contrarrevolución.
Los reformistas prometen a los trabajadores que pueden conseguir mejoras y reformas aliándose con los partidos capitalistas y renunciando a la lucha de clases, que esas reformas mejorarán la situación de los trabajadores, que obtendrán cada vez más derechos e influencia, de modo que el mundo acabará convirtiéndose en un lugar bastante atractivo para ellos. Muchos radicales hablan del objetivo final, la Revolución, para la cual debemos fortalecer nuestra organización, de modo que, cuando llegue la hora, podamos derrocar de repente el dominio del Capital mediante una rebelión gigantesca. Nosotros sostenemos, por el contrario, que el dominio capitalista no puede ser destruido de un solo golpe, que se necesitará una serie de luchas, cada una de las cuales, por sí misma, traerá una ganancia parcial en la medida en que las masas obliguen a las clases dominantes a ceder. Pero cada victoria parcial debe conquistarse mediante los conflictos revolucionarios. En 1893, el Parlamento belga, y en 1905 el zar, se vieron obligados a ceder ante una huelga general. En Rusia, en los últimos años, los trabajadores se vieron obligados a luchar por los derechos más fundamentales, por su organización y su prensa, mediante medidas moderadas como multas y encarcelamientos, y mediante medidas más contundentes como manifestaciones y huelgas. En Estados Unidos, los trabajadores lucharon por el derecho de organización y de reunión de manera revolucionaria, sacrificando sus propios intereses. No podían esperar conseguir estas reformas suplicando y contando con la buena voluntad de la burguesía. No dijeron: «¿Por qué luchar por medidas tan insignificantes? ¡Queremos la Revolución!». En Alemania, la lucha por el sufragio popular en Prusia se inició hace cinco años mediante el recurso revolucionario de las manifestaciones callejeras masivas, a pesar de la prohibición policial. Desde entonces, este movimiento se ha estancado porque los dirigentes temían que el Gobierno aplastara las organizaciones de los trabajadores. Cada una de estas acciones fortaleció el poder, el valor y la organización de los trabajadores. Su interrupción marcó el inicio del declive y fue el precursor de la actual caída.
En la época de las revoluciones burguesas, las acciones decisivas fueron la guerra civil, como en Inglaterra en 1646; las rebeliones armadas, como en París en 1790; y las batallas callejeras y las barricadas, como en 1848. En el movimiento proletario, el método del conflicto armado solo desempeñó un papel en el período más temprano, cuando el ejército aún era reducido, la técnica primitiva, las ciudades pequeñas y el pueblo de carácter burgués. Hoy en día nos encontramos en una época de ejércitos gigantescos y servicio militar obligatorio, gobiernos centralizados, ciudades gigantescas con millones de trabajadores; y prevalecen otros métodos. La presión que las masas son ahora capaces de ejercer manifestándose en las calles y expresando sus deseos a pesar de las porras de la policía es una advertencia para el gobierno; la disposición al sacrificio es la medida de su determinación. Aún más eficaz es la huelga de masas, cuando el proletariado utiliza su poder sobre la producción para paralizar toda la vida industrial de la nación; ningún gobierno puede gobernar durante mucho tiempo frente a la resistencia decidida de las masas.
Estas acciones de masas constituyen el método revolucionario del proletariado moderno. Solo son posibles cuando el número de participantes, la disposición a la lucha, la solidaridad y la conciencia del proletariado han alcanzado un alto nivel. Pero, por otra parte, despiertan estas cualidades en gran medida, atraen a nuevos luchadores que se habían mantenido al margen y aumentan su valor, sus conocimientos y su solidaridad.
En lugar de una única revolución, nos encontramos ante una serie de acciones revolucionarias que se extienden a lo largo de todo el período histórico en el que el proletariado lucha por la supremacía. Cada una de estas acciones tiene un objetivo concreto, que no es la Revolución en su conjunto y que, por consiguiente, la clase dominante puede conceder si se ve obligada a ello por la necesidad. Cada una de estas luchas, cada una de estas acciones, aumenta la fuerza del proletariado. Cada una contribuye a sentar las bases de su supremacía y socava un poco el poder de la clase dominante. Cuando, por fin, el poder del proletariado se haya consolidado por completo, cuando su organización, su poder y su solidaridad, su conciencia de clase y su comprensión social hayan alcanzado su punto álgido, y cuando, al mismo tiempo, la autoridad moral, el prestigio, la solidez y la fuerza física del gobierno se hayan desmoronado, entonces el dominio de clase del capitalismo se derrumbará como un cascarón vacío. La Revolución se habrá consumado.
Si nos preguntamos de nuevo: ¿podría haber hecho algo el proletariado alemán contra la guerra —dado que era el más fuerte en cuanto a organización y conocimiento?—, la respuesta es sí. No habría podido hacer una revolución, pero sí habría podido recurrir a la acción revolucionaria. Podría haber ejercido una presión extraordinaria sobre el Gobierno convocando manifestaciones y huelgas masivas en la semana previa al estallido de la guerra, si hubiera estado decidido a combatir la guerra con todas sus fuerzas.
Sabemos que las condiciones no eran propicias para una lucha de ese tipo. Había grandes masas socialistas y organizaciones sólidas —como las que serán necesarias también en otros países—, pero no sabían cómo actuar por iniciativa propia, y los dirigentes temían que una lucha supusiera la destrucción de la organización. El movimiento no estaba preparado para el uso de tácticas revolucionarias ni para la acción de masas. Pero esta guerra no será la última. Dentro de unas décadas podríamos encontrarnos ante una nueva y mayor guerra mundial. Entonces, el proletariado de Europa y América se enfrentará de nuevo a la pregunta: ¿cómo podemos evitar esta guerra? Entonces no debemos eludir la cuestión como hicimos en Basilea en 1912. Entonces, la Internacional Obrera debe saber que debe oponerse al espíritu belicista de las clases dominantes de todas las naciones con la acción revolucionaria de masas de las organizaciones y de la clase obrera socialista, para no verse de nuevo desgarrada y aplastada en la vorágine.
¡La determinación de adoptar una táctica revolucionaria contra la guerra debe ser el fundamento de la nueva Internacional!
Anton Pannekoek
The New Review, Vol. III (1915), Nº 2, febrero de 1915, p. 61-70