Nota del editor: Éste es el cuarto y último de los artículos escritos por Walter Auerbach sobre la situación en Palestina. En ésta ocasión fue escrito junto a Paul Mattick. Los otros artículos son La tierra prometida: Informe desde Palestina, El levantamiento árabe en Palestina y Los camisas pardas del sionismo. Ésta traducción al español es obra de Aníbal del foro Inter-Rev (https://inter-rev.foroactivo.com/t14990-un-enfoque-marxiano-de-la-cuestion-judia-paul-mattick-y-walter-auerbach-living-marxism-vol-iv-n-5-noviembre-de-1938-pp-153-156), con alguna que otra corrección.
Los partidarios del sionismo, es decir, del nacionalismo judío, al igual que los partidarios de todas las demás ideologías nacionalistas, se dirigen a los trabajadores de diversas maneras. Recientemente, el Poale Zion of America ha reeditado algunos escritos de Ber Borochov (1), quien, hace unos treinta años, intentó dar al sionismo un carácter socialista.
Borochov procedía de la intelectualidad judía rusa. En la época de su actividad, los trabajadores judíos de Rusia habían constituido una organización (el Bund), que era una organización sindical socialdemócrata y antisionista. Estaba compuesta por obreros de la industria que habían formado su organización siguiendo el modelo del sindicalismo de Europa occidental. Habían dejado de ocuparse mucho de los problemas nacionales y opinaban que la revolución socialista resolvería también la cuestión judía. Borochov, sin embargo, pensaba que «quien no tiene dignidad nacional no puede tener dignidad de clase». Intentó demostrar que el sionismo no solo era la única solución para el pueblo judío, sino también la solución marxista. Observó «el lento paso de las masas judías de ocupaciones improductivas a ocupaciones productivas» y estaba convencido de que solo en Palestina esta tendencia podría encontrar su plena realización. Consideraba que los judíos no podían ni esperar el «progreso de la humanidad», ni confiar en la asimilación, sino que su liberación de la persecución y la discriminación dependía, en primer lugar, de la autoayuda nacional de las masas judías. «El instinto nacional de autoconservación latente en la clase obrera socialista», escribió, «es un nacionalismo sano». Aunque al principio consideraba que los intereses de clase de los trabajadores judíos eran los mismos que los de los demás trabajadores y que el socialismo era el objetivo final, la necesidad inmediata era el sionismo, y la lucha de clases debía hacer realidad ambos.
En el proceso productivo surgen diversas relaciones de producción. Pero la producción misma, sostenía Borochov, depende de determinadas condiciones que varían según los lugares. Estas «condiciones de producción», que varían por razones geográficas, antropológicas e históricas, constituyen la base de su idea de que, para los trabajadores judíos, sionismo y socialismo son idénticos. El nacionalismo de las nacionalidades oprimidas, decía, es peculiar, y el sistema de producción de las nacionalidades oprimidas está siempre sujeto a condiciones anómalas. «Las condiciones de producción son anómalas cuando una nación se ve privada de su propio territorio y de sus propios órganos de conservación nacional. Tales condiciones anómalas tienden a armonizar los intereses de todos los miembros de una nación. «Esta presión externa no solo debilita y disipa la influencia de las condiciones de producción, sino que también obstaculiza el desarrollo de las relaciones de producción y de la lucha de clases, ya que se impide el desarrollo normal del modo de producción. Sin embargo, en el curso de la lucha por la emancipación nacional, la estructura de clase y la psicología de clase se manifiestan». Y así sostenía que un «auténtico nacionalismo no oscurece en modo alguno la conciencia de clase», que la construcción de Palestina proporcionaría más bien una base real para el desarrollo de la lucha de clases de los judíos orientada hacia una sociedad socialista.
En Palestina, que no era en absoluto un país desierto ni un «hotel internacional» como Borochov y sus contemporáneos intentaban hacer creer, los judíos encontraron una sociedad agrícola árabe de tipo feudal, con un capital mercantil concentrado en las ciudades y los puertos. Los inmigrantes judíos eran artesanos de tipo centroeuropeo, comerciantes de Europa occidental y representantes de financieros de Londres, Wall Street y Sudamérica. Y además de estos había un proletariado de nueva formación compuesto por estudiantes, profesionales e intelectuales que, con gran entusiasmo nacional, se pusieron a trabajar en condiciones muy primitivas para el Estado judío.
A Palestina afluían mano de obra y capitales, pero a pequeña escala. Sin embargo, las condiciones de producción cada vez más «normales» no condujeron a un desarrollo acorde con los sueños de los sionistas de izquierda. El nacionalismo no alimentó la lucha de clases; al contrario, esta última fue sacrificada a las exigencias de la nación. La conciencia de clase no aumentó, sino que tendió a desaparecer, y el interés «común» contra los árabes creó una armonía casi ideal. El sionismo, en la práctica, solo fue capaz de vincular a los trabajadores judíos a los intereses de sus explotadores y, además, a los planes imperialistas de Inglaterra, que alimentaba las aspiraciones judías para sus propias necesidades imperialistas y estratégicas.
Es cierto que, con el crecimiento del capitalismo palestino, también se amplió la clase obrera. La escasez de mano de obra en el sector de la construcción y en sectores afines determinó salarios relativamente elevados para algunos trabajadores (2). Otros trabajadores fundaron cooperativas que operaban como empresas de construcción y de transporte. Estas condiciones, sin embargo, no favorecieron la lucha de clases por el socialismo, sino que inculcaron en un gran número de trabajadores la ideología capitalista y condujeron al desarrollo de una burocracia sindical que participaba en la explotación de los trabajadores. Los trabajadores judíos no solo se reencontraron con sus antiguos explotadores en Tierra Santa, sino que añadieron otros nuevos a cambio de las promesas vacías del reformismo.
La «contribución al marxismo» de Borochov, es decir, el reconocimiento de la importancia de las «condiciones de producción» para el desarrollo de la lucha de clases, hasta ahora solo ha servido a los intereses capitalistas e imperialistas. Señalando a Palestina, los sionistas han impedido a los trabajadores judíos participar en la lucha de clases; en Palestina ahora señalan más allá de la frontera. La solución sionista de la cuestión judía reside únicamente en la lucha contra los árabes. En las condiciones de Palestina, el sionismo solo puede surgir bajo la apariencia del capitalismo. Los judíos se ven obligados a ser capitalistas para poder ser nacionalistas, y deben ser nacionalistas para poder ser sionistas. Se ven obligados no solo a ser capitalistas, sino capitalistas en una forma extremadamente reaccionaria. Al ser una minoría, no pueden ser demócratas sin perjudicar sus propios intereses; y al estar sedientos de tierra, deben luchar contra la reforma agraria, aliándose con los feudatarios árabes contra los fellahin. No solo son ellos mismos reaccionarios, sino que dan fuerza a la reacción árabe.
Los últimos veinte años de práctica sionista han demostrado suficientemente que el nacionalismo judío, al igual que cualquier otro nacionalismo, ha obstaculizado el desarrollo de la lucha de clases. Mantener el nivel de vida de los trabajadores judíos en un nivel semicivilizado solo ha sido posible a costa de los trabajadores árabes. La discriminación hacia la mano de obra árabe practicada por los sindicatos judíos y los patronos judíos no ha creado solidaridad, sino odio nacionalista entre los trabajadores. Todas las frases grandilocuentes sobre la solidaridad con los trabajadores árabes se desvanecieron cuando se pusieron a prueba en las huelgas de 1936; por el contrario, la burocracia sindical sionista logró que los trabajadores judíos defendieran la propiedad de sus patronos. La burocracia sindical y las peculiaridades nacionales impidieron a los desempleados luchar por obtener ayudas, ya que, de lo contrario, los ingleses podrían haber bloqueado la inmigración. La escasez de la agricultura en Palestina llevó a la creación de cooperativas de pioneros hambrientos, las llamadas «comunas» (Kvutsot); fue mérito de los borochovistas denominar a estas cooperativas el «sector socialista» de la economía palestina y aclamarlas como «puestos avanzados del socialismo». Pero también en este caso los sionistas ocultan tras eslóganes atractivos la naturaleza capitalista y el carácter explotador de estas instituciones.
El sionismo solo puede servir al capitalismo. El propio Borochov, inicialmente interesado en el movimiento sionista solo para promover la lucha de clases, olvidó posteriormente sus intenciones originales y se pronunció a favor de la colaboración de clases. Ya no se dirigía al proletariado, sino a «toda la población judía», la cual no debía «ceder a la idea de que los judíos desaparecieran entre las naciones y las culturas extranjeras». A pesar de que incluso un «internacionalista» como León Trotsky afirme hoy «que el problema judío debe resolverse mediante la concentración territorial», el nacionalismo hoy en día no puede sino ser chovinista, no puede sino conducir al fascismo judío que apoya abiertamente la lucha contra los árabes. Y los no fascistas aceptan esta lucha guardando silencio o pronunciando frases hipócritas. Y es solo la conciencia de su posición de debilidad lo que les impide encontrar un lugar entre las «naciones agresoras» y les obliga a actuar como siervos del imperialismo inglés. Hoy existe un informe de una comisión real que recomienda la partición de Palestina y la creación de un Estado judío autónomo. Independientemente de que esta propuesta se lleve a cabo o no, lo cierto es que los propios judíos no pueden satisfacer los deseos sionistas, sino que se ven obligados a seguir siendo aliados del imperialismo inglés.
Es cierto que el avance del capitalismo en Palestina, impulsado por el sionismo, y el agudizamiento de los antagonismos capitalistas tienen un efecto «revolucionario», pero solo en la medida en que el capitalismo en su conjunto está sufriendo una revolución; esto no afecta a la clase obrera. El agudizamiento de las contradicciones capitalistas sirve sin duda a los intereses revolucionarios de la clase obrera; sin embargo, dado que el proletariado debe llevar a cabo una revolución internacional, no puede apoyar cuestiones nacionalistas, no puede favorecer ni a los árabes ni a los judíos. Debe permanecer inmune a toda contaminación nacionalista y concentrarse en el conflicto entre el capital y el trabajo determinado por las relaciones de producción. No existe una solución nacional para los trabajadores judíos, ya que no hay ninguna posibilidad de encontrar jamás la paz dentro de los demás países. La cuestión judía es irresoluble en el marco de la actual barbarie capitalista. No tiene sentido cerrar los ojos ante la realidad; por muy difícil que sea, sí, por mucho que en muchos casos sea imposible impedir las atrocidades concretas contra la población judía, Palestina no es una solución. El capitalismo significa la prolongación de esta situación bárbara. La tarea de los trabajadores judíos, como la de todos los trabajadores, es poner fin al sistema internacional de explotación capitalista.
Walter Auerbach y Paul Mattick
Living Marxism, Vol. IV, n.º 5, noviembre de 1938, pp. 153-156.
Notas
(1) Nationalism and the Class Struggle. A Marxian Approach to the Jewish Problem. Por Ber Borochov. Poale Zion-Zeire of America. Nueva York, 205 págs., 1,50 $.
(2) Los salarios semanales de nueve categorías de trabajadores urbanos en octubre de 1937, ajustados al índice del coste de la vida, llevan a la conclusión de que los salarios reales de los trabajadores judíos de Tel Aviv eran el 68 % de los salarios de los trabajadores de Londres, y que los salarios de los árabes eran aproximadamente un 10 % inferiores a los de los trabajadores judíos. Sin embargo, estas nueve categorías de trabajadores urbanos, responsables del índice salarial mencionado, pertenecen todas al sector de la construcción y no son, como a menudo se supone, representativas de los salarios de la clase trabajadora en su conjunto. El índice, tan a menudo esgrimido con orgullo, tampoco es veraz en la medida en que excluye del coste de la vida el factor del alquiler, que, debido a la grave escasez de viviendas, es muy elevado en Palestina.